El arte y la devocion de dos embalsamadores de muertos


Para Víctor y Jorge, embalsamadores de oficio, trabajar con los muertos es cuestión de devoción y respeto. Dicen que lo más gratificante es saber que los dolientes reciben a su difunto como si estuviera durmiendo.

JOSÉ ALBERTO MOJICA P.
REDACTOR DE EL TIEMPO


Publicado en el periódico EL TIEMPO el 14 de septiembre de 2008.

El cuerpo llegó en posición fetal. Era una mujer mayor, de unos 70 años. Está de lado, con las piernas dobladas, una sobre la otra. Tiene las manos entrelazadas y aferradas al pecho.
En su rostro, rígido ya como el resto de su anatomía, hay un gesto de dolor. Se estima que murió hace seis horas.
Es la 1:30 de la tarde, y casualmente los cuatro cadáveres que han llevado al laboratorio de la funeraria Los Olivos en el sur de Bogotá, hasta ese momento, han sido de mujeres. Todas señoras mayores. Todas murieron por causas naturales.
Víctor Julio Cuspoca, de 43 años y uno de los 10 embalsamadores del lugar, empieza su turno con ella. Se persigna, y empieza a hablarle.
“Voy a bañarla muy bien para que quede bien bonita. Voy a peinarla y a maquillarla para que parezca que está descansando. Pórtese bien juiciosa. No me vaya a pesar mucho”.
Y comienza su rutina. Le quita la ropa, que más tarde será cremada, y la baña con agua fría. Le echa champú en el pelo y jabón en el cuerpo.
Con un bisturí le abre un orificio a la altura del cuello por donde inserta una manguera que cumple la función de evacuar los fluidos y de llenar el cuerpo de unos químicos especiales (no dicen de qué tipo son). Como por arte de magia, el cuerpo empieza a recuperar su flexibilidad y naturalidad.
Así, la señora, de estar casi enroscada y dura como una piedra, quedó tendida horizontalmente en una de las seis camillas del laboratorio, muy cerca de una imagen de yeso de Cristo Resucitado.
Luego la aspira, por dentro y por fuera; le inyecta formol en las vísceras y las cavidades para frenar la descomposición del cuerpo; le sutura el hueco que le abrió en el cuello y tapona todos los orificios del cuerpo con varias tiras de algodón.
“Esto hay que hacerlo con mucho respeto, amor y devoción. Es un cuerpo indefenso. Hay que tratarlo como si fuera un ser querido. Los vivos tienen cómo defenderse, los muertos no”, dice Víctor Julio y sigue con su trabajo.
El ruido de un secador de pelo hace interferencia con la música que sale de un radio con el que los embalsamadores, o tanatólogos como ellos se hacen llamar, se entretienen mientras embellecen difuntos.
Está sintonizada en una emisora tropical, en la que en ese momento suena uno de los éxitos del fallecido Héctor Lavoe. Muy propicio para la ocasión.
/Todo tiene su final, nada dura para siempre, tenemos que recordar que no existe eternidad/.

Ritual de belleza
Ya el pelo está seco, y con cepillo en mano peina una cabellera larga y canosa. La viste con ropas que sus familiares le entregaron a la funeraria: una blusa azul claro y un pantalón del mismo color dos tallas más grande. Y le enreda un rosario de pepas transparentes en las manos, que quedan cruzadas a la altura del pecho.
Ahora la maquilla. Víctor no solo aprendió a descuajar cadáveres en el Instituto de Medicina Legal, sino que tuvo que hacer un curso de maquillaje con una famosa firma de cosméticos.
Le masajea el rostro y empieza a acicalarla con su equipo de pinceles y brochas, labiales, bases y polvos compactos. También tiene máquinas de afeitar y hasta depiladores de cejas. Tanto mujeres como hombres pasan por este ritual de belleza. Y cuando hay orificios, producidos por heridas, los rellenan con una cera especial para mejorar la apariencia.
La señora ya está lista. Víctor la mira y sonríe. “Quedó bien bonita”. La levanta con fuerza –pesa unos 80 kilos y según él sí es cierto que un muerto pesa más que cuando estaba vivo- y la lleva hasta el ataúd asignado.
Es café, mide dos metros y aún conserva su aroma a roble recién cortado. Ya vienen por ella a llevarla a una sala de velación donde sus deudos, que la esperan, podrán pensar que no sufrió al morir.
El hombre, oriundo de Duitama (Boyacá), casado y padre de tres hijos, empezó como vigilante en la misma funeraria hace 11 años. Luego pasó a conductor, y hace siete años está en el laboratorio.
Con su primer muerto sufrió mucho, pues pese a tener el dictamen médico, se le ocurría la posibilidad de que estuviera vivo. Pensaba que podía tener catalepsia. Pero eso ya pasó, y hoy disfruta su oficio, en el que al día, llega a arreglar entre 10 y 15 cadáveres. Eso depende de la época. Hay mas muertos en quincenas y en temporadas como las vacaciones, dice.
“Hay mucha gente que repudia esta profesión, que siente asco y miedo, pero para mí ha sido una bendición”, asiente el sujeto, de estatura mediana y bigote despeinado.

‘Los muertos lo acompañan a uno’

-¿Qué es lo mejor de su trabajo?
-Sentir el agradecimiento de los familiares que, en medio de dolor, sienten un alivio gracias al trabajo que uno hizo con ellos. Es que los dejamos como si no hubieran sentido dolor, como si estuvieran dormidos.
-¿Y lo peor?
-Cuando tuvimos que arreglar a los niños del accidente del colegio Agustiniano Norte (fueron 21 los menores que fallecieron aplastados por una grúa). Al ver esos niños como quedaron, uno se imagina que pueden ser los hijos. Fue terrible.
-¿Es cierto que los muertos asustan?
-No, ellos lo acompañan a uno. A veces se siente como si lo estuvieran mirando o vigilando, se escuchan ruidos y se ven sombras. Yo sí creo que los espíritus de las personas recorren los pasos. Al principio me daba miedo, pero ya no.

‘Yo quiero que usted me arregle’
Hace frío en el laboratorio. A pocos metros de Víctor, uno de sus compañeros, Jorge Huérfano, trabaja en el cuerpo de otra señora. Precisamente a él, Víctor ya le hizo una recomendación especial. “Cuando me muera, quiero que usted me arregle”.
Ese tipo de sugerencias le traen malos recuerdos a Jorge, quien ya lleva 10 años en el oficio. Hace seis meses visitó a una tía enferma, y ella le pidió lo mismo. “Si le toca arreglarme, me hace pasito para que no duela mucho”, recuerda que le dijo de manera jocosa.
Una semana más tarde, apenas comenzaba su turno en la mañana con un primer cadáver, levantó la sábana que lo cubría y se dio cuenta de que era ella. No sabía que había muerto. Y pese al asombro y a la tristeza, tuvo que hacer su trabajo.
Algo similar hizo con su suegro. Sin embargo, el caso que más le ha dolido es el de un hermano al que él, por decisión propia, decidió embalsamar.
Jorge le tenía pánico a los muertos, aunque ya se había ganado la vida a costillas de la muerte.
Cuando trabajaba sacrificando cerdos en un criadero del sector de Fontibón, en Bogotá, se encontró con varios difuntos abandonados en los alrededores que se habían ido a la ‘otra vida’ de manera violenta. Eso le quitaba el sueño por semanas.
“Nunca me imaginé que terminaría en esto”, dice Jorge, pero aclara que no se arrepiente. “Adoro mi trabajo”.
-¿Qué ha sido lo más difícil de su oficio?
-Arreglar los muertos que llegan de Medicina Legal. Los que mueren en accidentes de tránsito, suicidio u homicidio, son muy complicados. Llegan destrozados y mejorar su apariencia es una gran tarea.
-¿Un caso que lo haya impresionado?
Una vez me tocó coser, parte por parte, desde los pies hasta la cabeza, a un hombre que descuartizaron.
Desde que está en el oficio, dice que valora mucho más su vida y la de su familia. Reconoce que era borrachín y pelionero, pero que al ver tantos muertos, a causa del alcohol y la pelea, hace rato no prueba trago.
-Si pudiera cambiar de trabajo, lo haría?
No. Con esto me he ganado la vida. Compré mi casita. Creo que esta es la misión que me puso Dios. Aquí han venido muchos a entrenarse en este trabajo, pero somos pocos los que aguantamos. Uno vive feliz, pero siempre anda de luto.

Ser bipolar: de la manía a la depresión, de la dicha al llanto


Sandra Liliana Montoya es médica de profesión. Y también padece una enfermedad indescifrable y traicionera: la bipolaridad. Este es su testimonio.

JOSÉ ALBERTO MOJICA P.
REDACTOR DE EL TIEMPO


Publicado en El Tiempo el 7 de octubre de 2007.

Cinco crucifijos la acompañan en señal de protección. Los dos más vistosos cuelgan de cadenas de plata, uno más se desprende de un rosario de murano color azul claro, y los dos restantes salen de sus orejas en un par de aretes.
Cree fervorosamente en Dios, en Cristo y en la virgen María. La oración la rescató, y ahora, la libra de todo mal.
Bueno, de casi todo. Hay cosas con las que, después de mucho tiempo, comprendió que no puede luchar por más que quiera. Así es la naturaleza, y así es la enfermedad de Sandra Liliana Montoya.
Hace 12 años, cuando tenía 24, supo que padecía del trastorno bipolar, que no permite dominar las emociones, los niveles de afecto y los comportamientos. De la manía a la depresión. De la dicha al llanto.
Hasta ese momento era una joven común y corriente que le gustaba rumbear, y que se había casado recientemente. Su primera hija, María Camila, tenía un año de nacida.
En esa época, además, era una de las más destacadas estudiantes de medicina de la Universidad del Valle, en Cali. Cursaba el quinto año.
Su bipolaridad se manifestó por primera vez la noche del 24 de marzo de 1995, que pasó sin pegar los ojos. Sentía que flotaba, que todo se movía. Su esposo, de quien se separó hace poco, no estaba en ese momento.
Al amanecer, salió de casa con su hija en brazos rumbo al apartamento de un amigo. Le iban a hacer una fiesta con Guns & Roses, su grupo favorito. Sentía que el mundo se le quedaba pequeño, que era superior a los demás. Finalmente, la banda de rock nunca llegó. Regresó a casa, ahora convertida en Gaviota, la protagonista de la telenovela Café.
Se vistió con un traje fucsia pegado a sus carnes, y volvió a salir, esta vez acompañada de su marido. A los pocos minutos se despertó en un hospital psiquiátrico. Ya tenía 92 años, y se estaba muriendo.
“Sentía que eso realmente me estaba sucediendo. Viví todo eso. Es cierto que los cables se tuercen, que la mente mama gallo. Uno se desconecta de la realidad”.
Como su enfermedad es una especie de montaña rusa, pasó de la euforia a la tristeza absoluta, estando hospitalizada. “¿Sabe que se siente en depresión?.... que uno está muerto en vida. Nada importa”.



Aprendiendo a conocerse de nuevo
Los cuatro años posteriores fueron los más duros. Los pasaba interna en el hospital de su universidad, y estando a punto de terminar su carrera, se tardó cuatro años más para graduarse. Actualmente sus crisis son más llevaderas, gracias a que ingresó a la Asociación Nacional de Bipolares, de la que es coordinadora científica. Allí ha aprendido a automonitorearse para determinar cuándo va entrar en manía o en depresión, y a frenar el proceso.
Para entender lo que le pasaba, empezó preguntando si lo que veía y sentía era verdad o mentira. Casi siempre, primaba lo segundo. Ahora, eso lo regula con litio y anticonvulsionantes, medicamentos que se negaba a tomar en un principio. Saber lo que le ocurría, siendo médica, era una contraindicación.
Hoy, cada vez que siente que la crisis es inminente, prefiere hospitalizarse. Confiesa que la última vez fue hace un mes, mientras saca de su cartera el libro que lee por estos días: Nunca renuncies a tus sueños, del psiquiatra Augusto Cury.
“Muchos bipolares caen en adicciones como el alcohol o las drogas. Somos muy vulnerables. Mi adicción ha sido comprar libros”, cuenta Sandra al explicar que ha sido una lectora compulsiva, y que ha llegado a gastarse hasta la mitad de su sueldo en las librerías, en obras de autoayuda.
Cuando está en manía ha leído cinco o seis libros simultáneamente, y todos los entiende. En ese estado los bipolares tienen una agilidad mental tremenda. Pero eso cambió. Ahora no empieza un libro sin terminar el anterior.
“Ya no me pregunto por qué soy bipolar, sino para qué”, rompe el diálogo. Y añade que después de todo esto concluyó que su enfermedad es un don. No una maldición.
“En eutimia (estado de equilibrio) se vive más intensamente. Se dispara la creatividad, y la intuición termina en asertividad”, dice al agregar que los bipolares son más sensibles y desmedidos, y que tienen la capacidad de ponerse en los zapatos de los demás.
Tal vez por eso ahora trabaja, como médica, en el área administrativa y no en consulta. Cuando lo hizo, gastaba su sueldo en los pacientes que no tenían para los remedios.
Como bipolar y como médica, se aterra por las cifras que maneja su asociación: solo el 16 por ciento de los bipolares del país saben que padecen la enfermedad. Y se indigna al contar que el sistema de salud pública no cuenta con tratamientos efectivos, y menos con buenos medicamentos para contrarrestar este mal.
“Es muy duro aceptarlo. Esta es una enfermedad crónica, recurrente, incurable y traicionera, pero con tratamiento se puede vivir normalmente”, narra al lamentar que muchos bipolares viven aislados, no consiguen empleo, arruinan a sus familias en sus crisis maniacas o terminan suicidándose.
“Lo primero que deben entender los bipolares es que no se están inventando nada, que es una enfermedad como cualquier otra, que está en el cromosoma 21”.
Ahora, se jura una mujer feliz, que ha aprendido a sacarle el jugo a su enfermedad. Es una profesional exitosa, ayuda a otros bipolares a comprender que lo suyo no es un infierno, y termina un posgrado. Su vida es normal.
El amor, y la oración han sido para ella la mejor medicina. Por eso cuando siente que su cabeza empieza a dar vueltas, recuerda que tiene dos hijas que son su motor de vida, y de la Luna vuelve a la Tierra. También aprieta con devoción los cinco crucifijos que lleva siempre consigo.
[*]Asociación Colombiana de Bipolares. Tel: 6493845 - 6275352. - volviendoanacer@gmail.com

La bipolaridad en Colombia
No se puede decir que este mal va en aumento en Colombia. “Lo que ha
subido es el diagnóstico. Hemos sensibilizado sobre el tema, y las cifras han cambiado, porque muchos que no sabían que eran bipolares, ahora tienen diagnóstico”, dice
Elizabeth Galvis, presidenta de la Asociación Nacional de Bipolares, y explica que hace dos años tenían 300 pacientes en su organización, y actualmente son 500.
Solo el 16 por ciento de los bipolares del país sabe que padece esta enfermedad, que afecta del 3al 5 por ciento de la población en todas las edades, siendo más frecuente en las mujeres.
Ciertas exigencias desencadenan episodios de bipolaridad. Según Carlos López Jaramillo, Presidente de la Asociación Colombiana de Psiquiatría, los niveles altos de estrés por situaciones laborales y familiares, la alta competitividad del mundo moderno y la inestabilidad social son factores de riesgo que disparan el mal en los afectados.

José Sierra, un zapatero bígamo que vive con dos esposas y 15 hijos

La historia de José de Jesús Sierra, un humilde zapatero, llama poderosamente la atención porque, además de convivir con dos esposas bajo un mismo techo, es el bogotano con el mayor número de hijos. Tiene 15.

Publicado en El Tiempo el 24 de mayo de 2009.

JOSÉ ALBERTO MOJICA P.
REDACTOR DE EL TIEMPO

Las dos mujeres de José de Jesús Sierra están sentadas en uno de los cuatro viejos pupitres de escuela que conforman el irrisorio mobiliario de su
vivienda, ubicada en el noroccidente de Bogotá.
Luz Dary Torres y Esther García les ayudan a sus hijos con las tareas.
Mientras la primera recorta figuras de frutas de una revista, la segunda les
unta el pegante y las estampa en un cuaderno.
Así como comparten el marido, estas dos mujeres, de 36 y 26 años respectivamente, se ayudan con la crianza de los 15 hijos que suman entre ambas.
Sin celos ni rivalidades, Luz Dary y Esther han aprendido a sobrellevar lo
que les deparó el destino, o mejor, con lo único que les ha podido ofrecer
el hombre de sus amores: una casa de apenas 12 metros de largo por seis de
ancho, donde conviven apretujadas 19 personas.
También un gato regordete de frondoso pelaje gris claro que responde al nombre de Tomy, que se escabulle por entre la multitud de juguetones infantes que
parecieran reproducirse por donde uno quiera que mire.
Además de este triángulo amoroso y de las 15 criaturas, que van de los seis
meses a los 17 años, la suegra de las mujeres, Librada Valbuena, se fue a
vivir con ellos hace un mes.
En la casa, que Sierra levantó ladrillo a ladrillo en un lote baldío del que se apropió hace más de 15 años y que podría perder porque le apareció un supuesto dueño, hay tres cuartos con ocho camas; la sala con los pupitres de escuela y un patio con cuatro cuerdas repletas de ropa.
La cocina limita con la perrera Distrital, y por eso deben mantener
encendido el fogón de leña donde preparan la comida, para que el humo ahuyente los malos olores, los zancudos y hasta las pulgas de los molestos vecinos.
Al lado hay un mesón de madera con lo único que tienen de
reserva para comer: tres gajos de cebolla larga y cinco ramitas de cilantro de un verde desleído.
“Acá nunca hay mercado”, cuenta José , de 46 años, y quien se gana la vida en
una remontadora de calzado que funciona en una caseta de un metro cuadrado.
Los 25 mil pesos diarios que obtiene cosiendo zapatos apenas le alcanzan
para los gastos del día.
La historia Sierra, de figura desgarbada y bigote despeinado, no solo llama la atención por tener dos mujeres bajo un mismo techo. Es el bogotano con el mayor número de hijos, según la lista del Sisbén que maneja el Distrito.

No pudo con sus dos hogares
Hace 20 años que se conocieron José y Luz Dary; se enamoraron y se fueron a
vivir a la caseta, en medio de zapatos ajenos para remendar.
Luego vinieron los primeros de sus nueve hijos, todos de tez blanca y ojos claros.
Pero hace 11 años conoció a Esther en una fiesta y desde entonces empezaron un
romance.
Cuando Esther quedó embarazada del primero de sus seis hijos, –todos de tez
morena y ojos oscuros– José decidió asumir su sostenimiento. Luego vinieron
los demás niños, hasta que su lamentable economía no dio para más.
“No podía abandonar a ninguna de las dos y menos a los niños”, cuenta el
hombre, quien en medio de semejante angustia tuvo que confesarles a sus dos
mujeres que su corazón y sus obligaciones las compartía con otro hogar.
Luz Dary recibió la noticia con resignación y sorpresa, y aceptó a la amante
de su esposo y a sus hijos en sus dominios. “No tuve otra opción que venirme
con mis hijos para esta casa”, comenta Esther, quien reconoce que al
principio sintió celos.
Pero hoy las dos se consideran, más que amigas, casi hermanas. “Ya somos una
sola familia”, narra Luz Dary, quien después de su más reciente parto, hace
seis meses se mandó a operar para no volver a quedar embarazada.
Ninguna de las dos se arrepiente de haber tenido tantos hijos, pero no
quieren que ellos repitan la historia. “Quiero que vayan a la universidad y
no pasen necesidades”, dice Luz Dary. Tanto ella como José y Esther,
apenas estudiaron la primaria.
Esther, por su parte, afirma que no se ha mandado a operar porque,
según ella, tiene problemas con la tensión. Está planificando.
El hombre más prolífico de Bogotá duerme solo en la sala y asegura que los
asuntos íntimos ya casi no le interesan. Y cuenta que para esos momentos
siempre busca, en medio de todo, algo de privacidad.
En lo mismo coinciden sus dos mujeres, para quienes la prioridad es la
crianza de los 15 niños. “Ya no me importa lo que haga o deje de hacer con
Luz Dary”, sostiene Esther, y afirma que las llamas de la pasión se le
extinguieron hace mucho rato.
José nunca buscó publicidad, antes de que los medios de lo abordaran.
Sin embargo, quiere que las autoridades y la comunidad lo ayuden
para poder darle una vida más digna a su numerosa familia.
“Tenemos la comidita, pero nos falta de todo”, asiente el hombre, quien no
duerme tranquilo desde que le dijeron que podría perder la casa.
“Si me sacan de acá... ¿qué hago con toda esta gente”, se pregunta él.
También le preocupa la situación de Esteban, el mayor de los hijos que tuvo
con Esther. El niño, de 10 años, tiene un retraso mental leve y requiere una
operación urgente de labio leporino.
“Hay gente que nos mira con malicia, y se sorprende al ver que tengo dos
esposas y 15 hijos, pero nosotros somos una familia normal y pobre, como la
mayoría de colombianos”, concluye José.

Adiós al clóset


Los gays y lesbianas de esta generación están enfrentando su sexualidad de una manera más abierta y temprana. Sin ningún asomo de traumas ni complejos, dicen que no quieren perdese ni un solo minuto de su juventud.

JOSÉ ALBERTO MOJICA P.
REDACCIÓN VIDA DE HOY

Publicado en El Tiempo el 22 de febrero del 2009

Acaba de cumplir 61 años, y asegura, parece de 40. “Soy de baja estatura, y vaca chiquita siempre será ternera”, dice Luis Eduardo Uribe mientras revisa su colección de fotos, cuadros y libros de la gran diva de su inspiración: Marilyn Monroe.
Luis Eduardo es abiertamente homosexual, y no tiene líos con eso. Pero no siempre ha sido así. En su juventud tuvo que lidiar con el rechazo de los vecinos y los amigos de su familia que lo señalaban porque, -según él-, se le notaba la ‘maricada’.
Con gallardía superó la discriminación de sus compañeros y superiores de las Fuerzas Armadas, donde pagó servicio militar durante dos años.
“Por allá en las décadas de los 60 y 70 ser marica era todo un delito”, asiente. Por todo eso se armó de una coraza ante el rechazo y edificó un carácter fuerte, resistente a burlas y desplantes.
Durante 30 años vivió a punta de su comunidad: montó varios bares, los más conocidos, la Tasca Santamaría y Amigos.
En todo ese tiempo ha sido testigo de cómo ha evolucionado la comunidad homosexual en el país. Para él, el indicador más sobresaliente, es que ahora no se les llama ‘maricones’ o ‘locas’. Se les dice gays.
“A estas generaciones les ha tocado divino, y ni decir de las venideras”, afirma Luis Eduardo, quien ahora vive de su pensión. Su pareja, con quien convivió más de tres décadas, murió hace siete años tras sufrir un coma diabético.
Y tiene razón. De un tiempo para acá (unos ocho años, se estima) las nuevas generaciones de gays y lesbianas del país se han encontrado con un escenario menos hostil.
Salieron del llamado clóset a una edad más temprana y sin tanto trauma, como sí les tocó a sus antecesores. O se encontraron con un armario de puertas abiertas, o con los candados a medio cerrar. Claro está, sin decir que ese camino esté totalmente libre de trabas.
Con esa tesis está de acuerdo Marcela Sánchez, directora de la ONG Colombia Diversa, al explicar que todo este cambio cultural obedece a distintas estrategias derivadas de la Constitución Política de 1991, además de la lucha batallada con el Estado para que éste les reconociera sus derechos a las parejas del mismo sexo.
Hoy, Colombia no solo está a la vanguardia en Latinoamérica en cuanto a
legislación se refiere, sino al mismo nivel de países como Alemania, Suiza y
Dinamarca.
Las parejas homosexuales, en el país, tienen los mismos derechos que las
heterosexuales que viven en unión libre, y lo único que les falta es que les
autoricen el matrimonio y la adopción.
Sin embargo, Sánchez aclara que aunque Colombia es hoy un país más tolerante con la comunidad Lgbt (Lesbianas, gays, bisexuales y transgeneristas), sigue existiendo exclusión.
Y advierte que tampoco se puede generalizar que todos los jóvenes con identidad sexual diversa estén en las mismas condiciones, y que para todos salir del clóset sea igual.
“Esta es una tendencia urbana. No ocurre lo mismo en las grandes ciudades que en la provincia. Cada caso es único, depende del contexto sociocultural”, afirma.

Quieren aprovechar sus mejores años
Alejandro Gamboa salió del clóset a los 14 años. Lo hizo porque, según él, comprendió que no era pecador ni anormal, y sobre todo porque no quería perderse ni un solo minuto de su juventud.
Hoy, afirma, los muchachos como él piensan lo mismo: no quieren que sus mejores años pasen mientras se hacen viejos dentro de un armario, oliendo a naftalina.
Cuando hizo su confesión ya tenía su primera pareja. Era un adolescente de su edad. “Todo era muy bonito, muy inocente”, dice.
A los nueve meses de relación le contó a su mamá que era gay. “¿Y eso qué es?”, le respondió ella. “Pues que me gustan los hombres”, le refutó él.
“Ah…. Desde que eras pequeño lo intuía”, le dijo Omaira Hoyos, y le dio un fuerte abrazo.
Cuando estudiaba gerontología, en Medellín, Omaira sospechó que su hijo sería homosexual y le pidió orientación a un profesor.
Él le recomendó que tenía que aceptarlo, y la mandó a ver una película que abordaba esa temática.
En la cinta mostraban cómo, por el maltrato y el rechazo de sus familias, muchos jóvenes en la misma condición de su hijo terminaban prostituyéndose, en las drogas o como travestis, mientras que otros se suicidaban.
“Me hubiera defraudado de él si supiera que es delincuente, o un vago. Pero lo que haga con su intimidad es solo un asunto de él. Es mi hijo, y me siento orgullosa de él, de sus valores”, cuenta la mujer.
Alejandro ya tiene 21 años y estudia ciencia política en la universidad de Antioquia. Así como salió del clóset con su familia, lo hizo en el colegio y después en la universidad. No lo anda pregonando, pero tampoco lo oculta cuando alguien se lo pregunta o se lo insinúa.
Tiene una pareja desde el año pasado, que se la lleva muy bien con su familia. Y como está peleado con él, dijo que esta entrevista se la dedica con todo su amor.
Volviendo al testimonio de Luis Eduardo Uribe, él recuerda que para conocer gente (amigos, pareja o amantes), los homosexuales de hace dos y tres décadas tenían que ir a los teatros del centro de Bogotá, o al parque Nacional.
En esos años los bares gays ya habían salido a la luz en la capital, aunque funcionaban en las tinieblas. Eran clandestinos.
“Operaban a puerta cerrada. Uno timbraba, y como por un ojo mágico se daban cuenta de que uno estaba ahí, y le abrían”, cuenta.
Y cuando llegaba la policía, relata, se encendía una luz tenue que transmitía un código de alarma.
Después de esa señal, hombres y mujeres que bailaban con sus parejas, se separaban para evitar que los maltrataran o se los llevaran detenidos en un camión como si fueran vacas.
Hoy, analiza Luis Eduardo, las nuevas generaciones de homosexuales cuentan con una privilegiada herramienta que les ha abierto las puertas del armario, permitiéndoles socializar libremente: Internet.

Internet: llave del armario
Solo al escribir las palabras ‘gays y Colombia’ aparecen 8.7300.000 links con información relacionada. Contactos, entretenimiento, productos y servicios para esta comunidad abundan en la red.
En Bogotá, el Distrito tiene un despacho encargado de implementar políticas públicas para la población Lgtb, que trabaja de la mano con cerca de 80 organizaciones sin ánimo de lucro que propenden el bienestar de los suyos.
Y ni decir de la rumba. Solo en Chapinero, en Bogotá, hay más de 100 bares y discotecas. En el sector, conocido entre esta comunidad como ‘Chapigay’, ya es cotidiano ver a una pareja de jóvenes hombres o de mujeres caminando de la mano o dándose un beso en plena vía pública.
Todo eso, sin mencionar los almacenes de ropa y accesorios, de un hotel y varias agencias de viajes especializadas en el tema.
Otros jóvenes no solo enfrentaron su sexualidad hace rato, sin mayores problemas, sino que decidieron trabajar por los suyos. Y esperan relevar a aquellos que durante años han luchado por los derechos de la comunidad Lgbt.
Diana Elizabeth Castellanos tiene 25 años, es licenciada en ciencias sociales, estudia Derecho en el Externado y coordina desde hace cuatro años la organización ‘Mujeres Enredadas’, que busca brindarle a su comunidad alternativas que no se limiten a la rumba.
Aunque tiene una pareja mujer desde hace varios años, no se declara categóricamente lesbiana. “Más que la sexualidad de las personas, me gustan las personas”, afirma.
Organiza canelazos literarios, caminatas ecológicas y grupos de estudios. Y con el aval de una ONG estadounidense similar desarrollará este año una campaña en colegios de Usme y Ciudad Bolívar. Se llama ‘Profe, venga le cuento’, y busca que tanto los profesores sepan cómo ayudar a sus alumnos a enfrentar su sexualidad.
Javier Niño, de 25 años, se gradúa este año de ingeniero telemático de la universidad Distrital, y Rodrigo Reyes, de 24, obtuvo el año pasado su título de arquitecto de la universidad de Los Andes.
Ellos hacen parte de la Red interuniversitaria por la diversidad de identidades sexuales – Redes, que busca acabar con la discriminación en las universidades, y abrir espacios académicos y de bienestar para su comunidad dentro de las aulas de clases.
Precisamente por el trabajo que se adelanta en muchas instituciones de educación superior, ellos creen que muchos jóvenes se han atrevido a vivir su sexualidad de una forma más liberadora.
Aunque su labor se enfoca en la academia, lo que ellos quieren es generar una verdadera trasformación social.
“Somos ciudadanos como los demás, pagamos impuestos como los demás. No podemos exigir nuestros derechos sino ponemos la cara”, advierte Rodrigo.
Javier añade que este año la organización que lidera realizará foros de integración sexual universitaria en todo el país, inaugurará un museo en honor a la diversidad sexual y entregará un certificado a las universidades que se destaquen por su inclusión a la comunidad Lgtb.
Sin banderas en la mano –respeta los activistas, pero no es uno de ellos-
a sus 25 años Iván Daniel Peña aporta su granito de arena en la construcción de un país más tolerante con los homosexuales.
O mejor, enciende los micrófonos de su emisora en internet (http://www.planetagradio.com/), en la que transmite en vivo programas dirigidos a su comunidad desde su natal Medellín, con corresponsales en Bogotá, Cali y Barranquilla. Ya hay cuatro emisoras similares en el país. A él ya lo conocen sus radioescuchas como Danny.
Él ratificó que era gay cuando tenía 15 años, mientras tenía una que otra novia. Pero eso cambió a los 17, pues no quería engañarse más ni engañar a nadie.
La tesis que le permitirá graduarse como psicólogo, este año, aborda los imaginarios de la homosexualidad masculina.
En su investigación, ha corroborado que muchos no salen del clóset no solo por los prejuicios morales que aún existen, sino por los prejuicios. Se refiere a aquellos que siguen en la sombra porque dependen de sus padres.
También ha identificado que, hoy en día, ser gay está de moda. Y al contrario de muchos, advierte, el no se siente orgulloso de ser homosexual. “La otra cosa es que no me avergüence de lo que soy. Salir del clóset es mucho más que pararse en un parque con una bandera y gritar: yo soy marica”.

El dolor la inspiró para escribir la carta más bella


La misiva que le escribió Mariluz Uribe de Holguín a Dios, en quien no cree porque "le arrebató a su hijo", fue elegida como la mejor entre casi 1.500. Historia de un duelo que no cesa.

JOSÉ ALBERTO MOJICA P.
REDACTOR DE EL TIEMPO

Publicada en El Tiempo el 23 de enero de 2008

“Cada vez que alguien que uno quiere se muere, uno también se muere un poco. Ya son 20 años sin él. Pero como dice el tango: 20 años no son nada”.
Cuando su hijo Jorge falleció, hace ya dos décadas, Mariluz Uribe de Holguín encontró en la escritura el único refugio para no desquiciarse en el duelo. Un duelo que no cesa. “Como el de cualquier madre que pierde a un hijo”.
Y desde entonces su pluma, desbocada, no ha parado de escribir. Ya tiene un libro completo en el que narra cómo fueron los primeros años de infinita ausencia sin su hijo, al igual que fragmentos del diario que él mismo escribió durante una agonía en la que la vida que se le extinguía lentamente. Su cuerpo se fue paralizando músculo a músculo. Espera que alguna editorial se lo publique.
“Tenía 33 años cuando llegó con Pafi, su osito de felpa, a barrer las nubes y a poner las estrellas en su sitio. La edad de Cristo”, recuerda la mujer, nacida en Medellín e hija del designado a la segunda presidencia de Alberto Lleras (figura de vicepresidente de la época), el jurista Ricardo Uribe Escobar.
“Uno no olvida, lo que pasa es que piensa menos”, dice Mariluz, autora del texto ganador dentro de la segunda edición del concurso ‘La más bella carta de amor’, convocado por la floristería don Don Eloy, Aviatur y Montblanc, y en el que se inscribieron cerca de 1.500 colombianos.
Más que de amor, su carta fue de dolor. Por eso pensó que tenía pocas opciones de ganar.

Letras para Dios
Su destinatario fue Dios, a quien en medio de sus versos le reclamó por haberle arrebatado a su hijo: un brillante joven matemático, cuentista, bailarín, dibujante y teatrero. Cuando falleció estaba en Copenhague (Dinamarca), donde tenía una compañía de teatro. Hasta allá llegó Mariluz con su otra hija a acompañarlo en su lecho de muerte.
Antes de continuar con la entrevista, Mariluz advierte que hay cosas que en su familia no se pueden preguntar: la edad, la política y la religión. Y aclara, además, que el único libro al que no tuvo acceso en casa fue a la Biblia. Por eso confiesa que no cree en Dios.
-Y si no cree en Dios, ¿por qué le escribió a él?
-Porque dicen que él es el que se lleva a la gente que se muere.
“Te hacía falta quién te llenara el cielo de cuadros coloridos, quién te escribiera cuentos y te los leyera (…) “Dios tiene una deuda pendiente conmigo”. Así termina la misiva.
Mariluz explica que con esa frase dejó claro que espera una respuesta contundente y razonable.
-¿Y Dios cómo va a hacer para responderle la carta?
-No sé. ¿Acaso él no es todopoderoso?
Mariluz, formada en filología (para entender la palabra), psicología (para entenderse a sí misma) y teología (para buscar a un Dios que no encontró), afirma que no conoce la palabra perdón.
“Hay tantos viejitos que se quieren morir –o nos queremos morir-, y tanta gente mala que debería morirse, y preciso se muere mi Jorge en el mejor momento de su vida”.
Por tanto, es tajante al insistir en que no perdona al Dios al que no venera por habérselo llevado a “sacudir la lluvia, a formar copos de nieve”.
-¿Qué va a hacer con los regalos del premio?
-El lapicero de Montblanc ya se lo regalé a mi amado preferido. El viaje, aún no sé, de pronto resultará como el de Ulises: largo. Aunque a él lo esperaban, a mí no.
-¿Y con las rosas? (le enviarán rosas cada 15 días)
Las llevaré al cementerio, y dejaré algunas para los hospitales y las cárceles. O las deshojaré por los caminos que recorra.

Modelo, presentadora y columnista
Escribir ha sido el motor de Mariluz, quien se casó con Jorge Holguín Pombo, nieto del presidente Jorge Holguín Mallarino. Tiene una columna desde hace varios años en el periódico antioqueño El Mundo, en la que aborda temas de actualidad con el tono crítico e irreverente que la caracteriza.
También fue modelo de pasarela y fotografía, y presentadora de varios programas de televisión. En la década del 60 fue elegida dos veces por EL TIEMPO como una de las mujeres más elegantes de Bogotá.
Por estos días estudia alemán y va a clases de tango, y promueve la página de Internet que creó en honor a su hijo, y en la que aparecen sus escritos, sus dibujos y el libro que escribió en su memoria: http://www.jorgeholguinuribe.com/



Carta a Dios
Te llevaste a mi niño,
nuestro niño, el hijo de mi
marido y mío, el hermano
de su hermana, el amigo de
sus amigos, el compañero de
su amiga, el cuñado, el
nieto, el tío, el sobrino.
El profesor, el bailarín, el
teatrero, el escritor, el
dibujante...
Te hacía falta quién te
llenara el cielo de cuadros
coloridos, quién te
escribiera cuentos y te los
leyera, quién bailara y
actuara para ti.
Quién te divirtiera con su
ingenio, con su risa.
Quién te ordenara y
decorara el cielo, quién
hiciera las fiestas de
bienvenida para todos los
nuevos inquilinos.
Quién se encargara de los
libros, las velas, la música,
los postres, y de mover la
luna.
Quién diseñara lo que
aún no se había inventado.
Quién llenara ese vacío de
santa monotonía, y acaso de
falta de novedad que a lo
mejor respira por allá.
Jorge llegó con Pafi, su
osito de felpa, a barrer las
nubes y a poner las estrellas
en su sitio.
A sacudir la lluvia, a
formar copos de nieve.
Y a hacer que el sol
brillara más claro por su
propia transparencia.
Jorge llegó con su verdad,
según tu voluntad. A
conversar contigo.
A oírte...y a que lo oyeras.
Una vez él había escrito
una ‘Oración a Diosesito’,
tú debes conocerla...
Él te llamaba así,
‘Diosesito’, y escribió en su
diario: “Yo sabía que tenía
que darle el regalo de mis
danzas a la gente y a
Diosesito”.
He oído que mucha gente
te da las gracias a ti, Dios,
por una cosa, otra y la de
más allá.
Pero esta vez toca que Tú,
Dios, me las des a mí o
nuestra cuenta sigue
pendiente.

Formal saludo.
Mariluz Uribe de
Holguín

Los hijos de nadie
Los protagonistas de esta historia entraron de niños al sistema de protección del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, por abandono o maltrato, y allí se hicieron adultos. Muchos son discapacitados. Así es vivir para siempre en hogares ajenos.

Publicado en EL TIEMPO el 18 de diciembre de 2008.

JOSÉ ALBERTO MOJICA P.
REDACTOR DE EL TIEMPO

Luz Ameida está muy feliz. Escucha su nombre por los parlantes y apura sus pasos, que se ven vacilantes porque la parálisis que tiene en el cerebro le atrofió su pierna derecha.
De la mano de Luzvi Molano, coordinadora de proyectos de la fundación Granahorrar –que trabaja con población discapacitada-, recibe un diploma. El primero que obtiene en sus 27 años de vida.
Luz Ameida participó en un curso en el que aprendió a elaborar joyas, a hacer empaques (bolsas de regalo y cajas) y escobas.
Por eso, ahora que ya se graduó, asegura estar preparada para enfrentarse de una vez por todas a la vida, y sueña con un empleo como empacadora de supermercado.
“Me gusta mucho la fundación (Renacer), pero es que llevo ya mucho tiempo”, cuenta Luz Ameida, ahora, no tan feliz.
Se acomoda el capul que geométricamente tapa su frente, y recuerda que cuando tenía ocho años entró al sistema de protección del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (Icbf). Y desde entonces se la ha pasado de fundación en fundación, y seguirá viviendo en estas quién sabe hasta cuándo.
Ella no lo sabe con precisión, pero cree que su familia la abandonó. Sin embargo, así como anhela un trabajo que le permita independizarse, sueña reencontrarse con sus padres, hermanos, primos y tíos.
Pero reconoce que esas dos cosas con casi imposibles. “A las personas discapacitadas no nos dan empleo como a las normales, y si mi familia no me buscó hace tiempo, no lo hará ahora”.
Como Luz Ameida, 2.678 personas que llegaron al Icbf por maltrato o abandono de sus padres siendo niños, hoy, en la adultez, siguen dependiendo de la entidad. De estos, 1.074 tiene algún tipo de discapacidad y hay algunos que superan los 40 años de edad.
“Son hijos del Estado”, sostiene la directora del Icbf, Elvira Forero, y añade que están haciendo un acto de contrición con todos esos niños a los que dejaron crecer sin conseguirles un nuevo hogar.
Forero aclara que no los sacarán a la calle solo por el hecho de ser mayores de edad. “Eso sería improbable, inhumano. No tienen a nadie más”.
Los discapacitados como Luz Ameida, aunque se preparan en oficios varios, seguirán de por vida por cuenta del Estado. Y los que no lo son, están estudiando para enfrentarse al mundo por sus propios medios.

El anhelo de tener un hogar
Alexander Acosta también quiere un trabajo, pero que no le implique dejar la fundación en la que vive desde los 13 años. Hoy, tiene 27.
“La fundación me ha dado lo que mi familia no quiso, o no pudo darme. Es lo único que tengo”, narra Alexander con una voz que sale apretada y a veces enredada, producto de la parálisis cerebral espástica que padece, y que le impide mover sus piernas.
Malkis Reales, barranquillero de 24 años, también se hizo adulto en el Icbf, a donde llegó cuando tenía apenas dos años de nacido.
Pero su caso es distinto, básicamente porque no tiene ninguna discapacidad.
Siempre fue buen estudiante, y el Icbf decidió apoyarlo para que fuera a la universidad, como lo está haciendo con otras 170 personas en la misma situación.
Anualmente esa entidad, con el apoyo de empresas y universidades, invierte cerca de 300 millones de pesos en la educación superior de estos muchachos. Malkis se graduará de médico el próximo 15 de diciembre.
Cuando tenía ocho años tuvo la posibilidad de ser adoptado, pero no quiso porque tenía la ilusión de encontrar a su familia. En 1999 supo de ella, pero no logró estrechar vínculos.
Apenas se gradúe, dice, quiere casarse con su novia, tener varios hijos y formar un hogar como el que nunca tuvo.
Por su parte, José Luis acaba de cumplir 18 años y hace apenas dos meses, antes de llegar a la mayoría de edad, fue llevado a un hogar del Icbf porque su madre lo maltrataba físicamente. También tiene una parálisis cerebral que solo lo deja caminar apoyado en sus muletas.
Como lleva tan poco tiempo, no sabe qué va a suceder con su caso: si lo devuelven a su hogar, o si seguirá en la fundación donde vive, y en la que ha aprendido jardinería.
Si lo ponen a escoger, y lo apoyan, trabajaría como jardinero y viviría solo. Teme volver a los maltratos que recibía en casa.
Yeisson también tiene 18 años recién cumplidos, y el sueño de volver a ver a su madre se le hizo realidad hace poco. Le perdió el rastro desde hace 10 años, cuando ella lo dejó en un hogar del Icbf argumentando que no tenía cómo mantenerlo. Su caso también está por definir, pero él quiere volver al seno de su hogar.
Diana cursa cuarto semestre de derecho, también gracias al Icbf. Ella entró a la institución a los 12 años. Fue abandonada.
“A uno lo puede rechazar la pareja, un amigo o un extraño. Pero no la familia”, dice Diana, quien hoy comparte un pequeño apartamento con una amiga que conoció en una fundación -abandonada igual que ella-, y trabaja en la oficina de gestión humana del Icbf.
Hace poco volvió a saber de su madre y sus hermanos. Pero ella, aunque no juzga a nadie, reconoce que prefiere seguir viviendo sola. “Vivir sin hogar es muy duro, pero ya me acostumbré, y así vivo bien”.

Iván es un niño feliz de 32 años
Tiene una limitación cognitiva y piensa como un pequeño de 12 años. Estudió hasta quinto de primaria y trabaja como vendedor. Está enamorado y quiere casarse. Una de las tantas historias de los jóvenes especiales que compitieron en Fides.

Publicada en El Tiempo el 9 de junio de 2009


Solo al ver sus pasos apurados y a veces indecisos, y al escuchar el ritmo
desenfrenado de sus palabras, se comprende que algo extraño sucede en su
anatomía.
A simple vista, Iván Alfredo Barrios González es un muchacho común y
corriente. Mide 1,62 de estatura y pesa 74 kilos. Su pelo es arisco, de
mechones parados, y su piel es blanca, blanquísima. Habla con fluidez de lo
que sucede a su alrededor y tiene una memoria privilegiada.
Sin embargo, no resulta ser tan común y corriente. Es uno de los 2 millones
560 mil colombianos que, según el Dane, padecen algún tipo de discapacidad.
La suya es cognitiva. Es un retardo mental leve que lo hace pensar como un
niño de 12 años, aunque ya tiene 32. Su caso es de disritmia cerebral (ver
recuadro).
Con una sonrisa dibujada en los labios, Iván recorre la sede social de
Compensar en Bogotá. Con la mano derecha ondea orgulloso una bandera de
Colombia, y con la izquierda exhibe la medalla de plata que minutos antes se
colgó en el cuello al ganar el segundo lugar en una de las competencias de
natación realizadas en las II Olimpiadas Iberoamericanas de la Fundación
Para el Desarrollo de la Educación Especial (Fides), que terminaron el
viernes.
“Mire bien, belleza, me gané una medalla de plata. Soy un campeón”, le dice
a una de las jóvenes que se encuentra en el camino. A todas las niñas
bonitas que se topa, así no las conozca, las saluda con galantería y las
llama de esa manera: “¡belleza!”.
“El primer puesto lo ganó un sanandresano. Ese man nada mucho”, narra Iván,
quien pese a no lograr el primer lugar en una carrera de 25 metros no se
siente perdedor.
Sus enormes ojos verdes se ven más brillantes, ahora, con el sabor de su
triunfo a medias. Con pleno convencimiento, afirma que entrenará duro para
ganarse una presea de oro el próximo año.
“¿Sabe cuándo nació mi papá?... El 13 de noviembre de 1947”, indica haciendo
gala de su buena memoria. No en vano en el centro Enlaces de Compensar,
donde aprende manualidades, lo conocen con el mote de ‘grabadora humana’. No
solo porque habla todo el tiempo, sino por su carisma y espontaneidad.
“Miedo, quién dijo miedo. El único miedo que tenía era a los perros, pero ya
lo superé”.
Sin rubor en las mejillas, Iván reconoce que es un niño atrapado en el
cuerpo de un hombre. Tiene 32 años, pero piensa y siente como un chiquillo
de 12. “32 años no, 32 años y medio”, corrige. Cumplirá 33 el 6 de
noviembre.

De niño a adulto: su lucha
Desde hace algún tiempo, Iván está viviendo una situación que por más que
quiera eludir, sabe que debe enfrentar con fortaleza: el mundo de los
grandes. Pero no quiere. Prefiere seguir por ahora en su pequeño y elemental
universo. “Yo sé que tengo que comportarme como un adulto, pero me sigue
gustando ser un niño”.
Son las 4:30 de la tarde y luego de la competencia en las Olimpiadas de
Fides, en las que participaron dos mil personas con discapacidad cognitiva
de toda Colombia y de cinco países, Iván regresa a casa.
Sale a la avenida 68 a la altura de la calle 26 y toma la ruta
Germania-Centro, que lo deja a pocas cuadras de su vivienda, en el conjunto
residencial Gonzalo Jiménez de Quesada. Allí vive con sus padres. Su única
hermana, menor que él, vive en Londres.
Sí, a pesar del mal que padece, él se mueve por toda la ciudad con plena
seguridad. Hace rato que sus papás dejaron de sobreprotegerlo. Al llegar a
casa su madre, Martha, lo recibe con un fuerte abrazo y le pasa un paquete
con su golosina favorita: las hormigas culonas santandereanas. Él las
deleita, una a una, hasta terminarlas.
Vive en un octavo piso en un apartamento de tres cuartos. Su habitación es
grande, está pintada de blanco, tiene un televisor en el que ve desde
noticias hasta telenovelas y programas infantiles, y una grabadora en la que
escucha a su artista favorito: Camilo Sesto. Aunque también tiene música de
Shakira, Juanes y Carlos Vives.
Al lado de su cama hay una imagen de la Virgen María (de la que es devoto),
un cuadro que le pintó su mamá y un botiquín donde guarda las pastas de
Ferbín (ácido valpróico) que se toma apenas se quita las cobijas de encima,
para que no le den convulsiones.
Si las cosas le salen bien, en unos cinco años piensa casarse con la novia
que tiene hace 10, una bella mujer dos años mayor que él, que es una persona
tan especial como él. Con ella quiere tener cuatro hijos (dos varones y dos
mujeres). Y como sabe que ese día llegará y que tendrá un hogar que
sostener, ahorra el dinero que recibe como vendedor de productos de aloe
vera, que distribuye entre amigos, vecinos del barrio y familiares. Sueña
con ser un exitoso vendedor.
Mientras eso sucede, en las noches se sumerge en los cuentos de Rafael Pombo
–su favorito es el Renacuajo paseador– y sueña con la Cajita Feliz de
McDonald’s que tanto le gusta.

Una lesión cerebral ‘congeló’ en el tiempo a Iván
La enfermedad que padece Iván es un compromiso en el cerebro que entre otras manifestaciones presenta alteraciones en el ritmo eléctrico de las neuronas, caracterizada por descargas excesivas y anormales. Se sabe que las células deben funcionar como una orquesta logrando una armonía funcional. Cuando eso no ocurre puede haber manifestaciones en el movimiento, en la sensibilidad, en el comportamiento y las funciones cognitivas, cuya severidad depende de la extensión y de área en la cual las neuronas están comprometidas. Las convulsiones generalizadas o parciales son evidencia de la disritmia cerebral que en este caso se denomina epilepsia. Puede tener varias causas, desde alteraciones en el embarazo, durante o después del parto, incluyendo infecciones, compromisos metabólicos, vasculares o hereditarios, hasta traumatismos que afectan el tejido cerebral. El tratamiento se orienta a
evitar las convulsiones a través de estabilizadores del ritmo eléctrico
(anticonvulsivantes). En el caso de Iván, se cree que sufrió un golpe cuando
nació, alterando el desarrollo cerebral. En sus 32 años, Iván ha sufrido 10
convulsiones que lo dejan sin sentido durante varios minutos. La última fue
hace cuatro años.

QUIERE FORMAR SU PROPIO HOGAR

‘‘Quiero casarme y tener cuatro hijos, dos varones y dos mujeres. Por eso hay
que trabajar, hay que ahorrar para mantener el hogar. Quiero ser un gran
vendedor para poder darle una buena vida a mi familia”.
Iván Barrios al hablar sobre su sueño de ser padre.