La más famosa bruja de Colombia es ahora un apóstol de Dios

La hechicera es hoy una mujer de fe que advierte el peligro de la brujería. ¿Cómo una mujer que se hizo célebre por su maldad es ahora una predicadora de la fe?

Publicado en EL TIEMPO el 16 de marzo del 2014.



La bruja, la más famosa y poderosa bruja que ha tenido el país, es ahora una mujer de Dios. Atrás quedaron los riegos, conjuros y maleficios, los entierros y brebajes que la convirtieron en la bruja de cabecera de políticos e importantes personalidades colombianas en las décadas de los 70 y 80.
Su testimonio apareció publicado en un polémico libro que escandalizó al país hace más de 20 años –en el que también se hablaba sobre política y narcotráfico– y fue recreado en una telenovela. No da la cara ni permite revelar su nombre por preservar su tranquilidad.

A simple vista, la bruja conversa es una mujer sin muchas pretensiones, una abuelita bonachona. Pero realmente es un tren desbocado. 
Su día comienza con el rezo del rosario, va a trabajar y a hacer negocios, es madre de familia, lidera un grupo de oración, va a misa, visita amigos y cuando puede sale de parranda; pertenece a un grupo provida que lucha contra el aborto –con el que sale a hacer marchas, convence y ayuda a jóvenes para que no aborten– y recorre el país dando conferencias sobre los peligros de la brujería.
Es bajita. Lleva la cara sin maquillaje. Cuando habla, su boca es una metralleta que dispara palabras, refranes, plegarias. Se enfada y se desenfada. Se ríe a carcajadas que contagian. Habla, alza las manos y abre los ojos, un par de lámparas que miran profundamente e intimidan. Quienes la conocen la describen así: inteligente, recia, escandalosa, desparpajada, entusiasta, generosa, apasionada y dueña de una fe a prueba de todo.
“Ni a toda hora orando ni a toda hora parrandeando. Cuando le entregas todo a Cristo y le pides que haga lo que quiera contigo, ríete: el Señor es maravilloso, misericordioso. Yo me la paso pecando, pero Dios le va quitando a uno todo, hasta que lo pule”, dice.
Antes de dar esta entrevista, advierte que para que se entienda su historia hay que conocer a la madre Alicia. Ella fue quien la rescató del mundo de tinieblas, “cuando era una bruja miedosa y cotizada”, para convertirla en una guerrera de Dios. Más tarde, la hermana Alicia dirá que la entonces bruja es ahora un apóstol que ha traído a los caminos de Dios a casi todos a quienes les hizo brujería.
La exbruja habla sobre la monja que la salvó “a través de Cristo” y hace un resumen de su vida:
“Cuando conocí a la madre Alicia tenía una faldita azul oscura y una blusita gris. No sabía quién era. Fue en una iglesia. Yo era dizque católica, iba a misa –pero a misas cortas, porque las largas me daban sueño– pero hacía brujería. Lo único que hice fue cogerla, abrazarla y decirle: ‘Hermana, sálveme, yo hago brujería’. Empezó a orar y me invitó a su convento. Me pidió que rezara el rosario para que Dios nos dejara ver cosas al día siguiente. Estoy segura de que esa noche los cuadros de la casa se cambiaron de lugar. Le dije a mi marido: ‘Ve, los cuadros se están cambiando. Y me dijo: ‘Claro, son los brujos que vinieron por vos’. La noche la pasé muy intranquila. Cuando nos vimos, la madre oró y yo boté gusanos chiquitos por la boca. Eso me aterró. Era una mujer exitosa, amiga de políticos. Creía tener el mundo a mis pies pero me faltaba lo más importante: Dios.
“La madre me llevó a donde un monseñor. Hice una confesión de toda mi vida, pero cuando llegué a la casa me llamaron a que hiciera un trabajito y dije: ¿Cuál es la bobada mía de irme a rezar en vez de ganar plata? Volví a caer. Después de hacer mucha brujería y de visitar a tantos brujos, cualquier día acompaño a unas personas a hacer brujería y me empieza a picar el cuerpo, como si me clavaran alfileres; empiezo a sentir desasosiego, a no poder dormir. Busqué a un psiquiatra para ver si estaba loca. Y empiezo a perder muchísimo peso. Después supe que me habían hecho un maleficio. No era capaz de tragar y casi ni de hablar. Escuchaba una voz que decía: ‘Mátate’.
“La madre Alicia y monseñor me hacían oraciones de liberación, hasta que un sacerdote me hizo un exorcismo. Fui con mi marido y con varias personas, entre ellas una amiga mía que era más bruja que yo y que de un momento a otro levantó el comedor con una sola mano, que era pesadísimo, lo elevó y se lo lanzó al sacerdote y lo tumbó. Y de la boca de ella salía puro humo. A otra amiga se le chamuscó el pelo. En el exorcismo vuelvo a vomitar gusanos, cae tierra del techo y escupo alfileres. Sí, alfileres. El sacerdote oraba. Yo empecé a botar esas cosas cuando escuché una voz que decía que matara al cura, que era muy alto y robusto, y no sé qué fuerza tuve y le tiré a la garganta y le clavé las uñas; él siguió orando, me puso la hostia consagrada, caigo al suelo, le pido perdón, le digo que ese ataque no había salido de mí y nos postramos ante el Santísimo. Desde ese momento quedo liberada del maligno y puedo retomar mi vida de la mano de Dios”.
¿Cómo llegó a la brujería?
Cuando era muy joven conocí a una persona que adivinaba la suerte y a la que muchos visitábamos por pasatiempo. Esa persona me enseñó. Empecé con las cartas y el cigarrillo y me convertí en una experta. Fui llevando a otras personas a que creyeran en lo mismo en lo que yo estaba creyendo.
Y ahora es predicadora católica...
Es un caminar hacia Dios. Y para caminar hacia Dios hay que enseñarles a los otros a elegir el camino. Mis charlas parten de una vivencia y lo único que busco es que la gente no caiga en el error en que yo caí y que no cambien al único Dios que existe por una cantidad de dioses que pululan. Cuando hablo de esto me refiero a que no tenemos la confianza plena en el Señor ni la esperanza en Él. No sabemos pedirle y no lo tenemos como padre. Y creemos que una planta, un brebaje o una herradura tienen más poder qué Él.
¿Y cuáles son esos peligros?
Pregunto: ¿Quiénes se han hecho leer las cartas o han usado una pulsera para atraer buena suerte? Y la respuesta, casi siempre, es sí; casi todo el mundo lo ha hecho, por curiosidad. ¿Y qué pasa? Abrimos nuestro cuerpo y nuestro corazón para que entren espíritus del mal. Y aclaro: como existe Dios, existen la brujería y el poder del maligno. Pero la gente piensa que no hay nada malo en que le adivinen la suerte. Y pasamos la vida sin darnos cuenta de que permitimos que el mal entrara en nosotros. Por eso muchas veces no se encuentra vida laboral, la vida económica y el amor son un desastre, y esto puede trascender hasta la tercera o cuarta generación. Lo dice el Evangelio. Es una catástrofe espiritual.
¿Qué recomienda entonces?
Quienes se han metido en estas cosas, acudan a un sacerdote que los oriente y les haga una oración de liberación, o hagan una confesión de todo corazón para que los perdonen de ese atentado contra la fe de Dios. Si el caso es muy grave, tal vez requiera exorcismo. Pero debe ser con un sacerdote autorizado, no con cualquiera.
Usted les hizo mucho mal a muchas personas ¿Qué pasó con ellas?
Lo primero que hice fue llevar a esas personas a Dios. Y tuve la gran oportunidad de llevarlas a casi todas. En ese aspecto estoy muy tranquila porque les pedí perdón y traté de sacarlas de todo eso.
¿Y las personas que le hicieron brujería?
Cuando el padre me hizo el exorcismo les preguntó a los espíritus que me tenían poseída quiénes eran, que dijeran sus nombres, y eran dos compañeras de la universidad que no tenían por qué quererme ni por qué odiarme. Yo no voy a entrar a juzgarlas. Pudieron haber estado tan equivocadas como yo. ¿Qué las movió? Mi soberbia, porque yo me creía muy poderosa. Me las he encontrado. Una no me habla, pero con la otra sí he charlado. Están perdonadas.
En su época abundaban las brujas en Colombia. ¿Hoy es igual?
En todas las épocas hay personas que adivinan la suerte y hacen brujería. Mire la televisión y sus mensajes, que promueven a personas a las que se puede acudir cuando el marido se va o el novio se desenamora. ¿O no hay avisos que dicen: ‘venga y le hablo sobre el futuro’? ¡Claro! En la calle entregan papelitos que dicen: ‘atamos a su ser querido y si no llega, le devolvemos el dinero’. La brujería es un negocio del maligno donde la persona algunas veces cree que está charlando y en otras sí sabe que con eso se hace el mal.
¿Se ha sentido tentada a volver a hacer brujería?
No, nunca más. No lo volvería a hacer. Me privo de muchas cosas, de tener objetos que yo sé que inducen al mal. Soy enemiga del I-Ching, de la nueva era, del feng shui, porque todo esto desplaza a Dios y yo quiero llevar a Dios en mi corazón. Hay que pedir fortaleza para no volver a caer. Cuando la gente dice ‘a mí no me entra ningún mal’, yo me río porque para que no te entre nada tienes que estar confesado, comulgado, rezar el rosario. Esas son las armas.
¿Puede decir, entonces, que todo quedó atrás y vive tranquila?
En este momento no odio a nadie, no tengo rencores, no estoy herida por nadie. No sé si tenga enemigos gratuitos o alguien que me odie. Seguramente. A uno lo quieren o lo odian. Pero en este momento estoy en paz.

JOSÉ ALBERTO MOJICA PATIÑO
Redactor de EL TIEMPO

Eduardo Verástegui, el galán convertido

El famoso actor mexicano abandonó el cine comercial, el dinero y el sexo por su amor a Dios. Hoy lucha contra el aborto. 

Foto: Rodrigo Sepúlveda, EL TIEMPO

Un metro con 85 cm de estatura, ojos verdes, cuerpo esculpido en el gimnasio, dinero, mucho dinero; mujeres, muchas mujeres; fama, mucha fama; era el galán de galanes de las telenovelas hispanas, había grabado varios discos, aparecía casi desnudo en las portadas de las revistas y daba los primeros pasos de una carrera que prometía éxito en Hollywood.
Todo eso era el cantante, actor y modelo mexicano Eduardo Verástegui. Era.
De su pasado conserva, eso sí, la disciplina con el deporte, la comida sana y el buen gusto para vestirse. Luce impecable: traje de paño gris ceñido, bufanda de hilo del mismo tono y pañuelo de seda que sobresale del bolsillo de la chaqueta.
Renunció a ser un galán, pero sigue pareciendo un galán...
“Antes, mi imagen era lo único que me preocupaba. Ahora me importa: ¡Claro! Sigo en la industria del cine, no puedo andar despeinado ni mal vestido. Pero cuando usas tus talentos para ayudar a los demás, sobre todo a los más necesitados, es ahí donde está la belleza de una persona, que dura para siempre”.
Hoy viaja por el mundo, apoyando las organizaciones que luchan contra el aborto, solo utiliza su talento –y su imagen– en producciones artísticas que promuevan la vida y la fe católica, seguro de que el arte tiene el potencial de sanar, de elevar la dignidad del ser humano, de entretener e inspirar a la gente.
Y completa 11 años de varias promesas que le hizo a Dios, una de ellas –la más contundente–: no tener intimidad con ninguna mujer hasta cuando conozca a la que será su esposa, la madre de sus hijos. Sí, once años de castidad. Ya conoció en Dios –afirma convencido– lo que es la felicidad verdadera.
¿Cómo darle un cambio tan radical a la vida?
Él lo explica así: “Tras muchos años de querer lograr todo lo que la sociedad te exige para ser feliz –fama, éxito, placeres–, a los 28 años –ya tengo 39– me di cuenta de que lo tenía todo, pero realmente no tenía nada. Algo me faltaba, pero no sabía qué”.
Corría el 2002 cuando, en Los Ángeles (California, Estados Unidos) conoció a una profesora de idiomas, Jasmine O’Donnell, que –dice– no solo le enseñó inglés sino que le salvó la vida. Lo empezó a confrontar mientras le enseñaba a perder su acento mexicano y a pulir el idioma para su primera película en Hollywood, junto con la colombiana Sofía Vergara, Chasing Papi, en la que representaba a un latin lover que tenía tres novias a la vez.
“Me hacía muchas preguntas, sin juzgarme: ‘¿cuál es el propósito de tu vida?’, ‘¿qué te motiva a levantarte todos los días?’, ‘¿por quién vives y por quién mueres?’, ‘¿qué representa Dios en tu vida?’. Eso me ayudó a entender que estaba lleno de contradicciones”.
Comprendió que era un católico, de puro nombre, porque en la práctica su fe no trascendía de dar gracias a Dios por todo, de ir a misa una vez al año y asegurar que no era un santo pero tampoco un criminal porque no le hacía daño a nadie. “Mi fe no era el centro de mi vida, no porque no quisiera sino porque no la conocía”.
Se leyó el Nuevo Testamento y, además de la ayuda de su maestra de inglés, empezó a buscar la asesoría espiritual de un sacerdote. Y llegaron las promesas a Dios: la primera: nunca volvería a trabajar en un proyecto que ofendiera su fe, su familia y su comunidad latina.
Se quedó sin trabajo cuatro años, y llegó a no tener con qué pagar el alquiler del apartamento donde vivía, en Los Ángeles. Todo lo que le ofrecían eran papeles del típico cliché latino: el inmigrante, el bandido, el narcotraficante, el mujeriego, el borracho.
“Nació una confianza absoluta y ciega en la Iglesia católica, que no sabría cómo explicar, en medio de los escándalos que la tenían tan desprestigiada. Sin entender de teologías ni de nada, solo corrí a la Iglesia y me acobijé en ella”.
Entonces, supo que hay asuntos sobre la fe que no tienen explicación, que solo existen y son porque sí, porque así lo ordenan Dios y la Iglesia, y aceptó que ya no manejaría su vida. “Me monté en el puesto del copiloto para que el Señor condujera mi vida”.
La segunda promesa fue la de vivir en castidad, porque así también lo establece la Iglesia.
Eso de renunciar a la sexualidad es difícil de creer...
“Muchas personas piensan que el sexo es una necesidad física, y eso no es cierto. ¡Necesidad física es respirar, comer! Si no respiras o no comes, te mueres. Hasta ahora no he escuchado que alguna persona haya muerto por abstinencia”.
Cree firmemente que, más que una necesidad física, el sexo es un deseo muy fuerte del ser humano que se puede controlar con la razón y que nadie debería vivir de acuerdo con los instintos y las pasiones. “No es que el sexo sea malo: es sagrado, grandioso, y precisamente por eso uno lo cuida y lo protege, para compartirlo con esa persona que debe ser la más importante de tu vida. El amor, si no es para siempre, no sirve”.
Por eso asegura que se guarda para esa mujer especial, que, si Dios lo tiene planeado –afirma–, llegará algún día, para decirle: “Te estaba siendo fiel desde muchos años antes de conocerte”.
¿Cómo logra mantenerse casto?
“La castidad es imposible, para ti y para mí. Pero entendí que no era yo haciendo una promesa. La única manera por la que puedes lograr cosas buenas es por la gracia de Dios, y no por mérito propio”.
Eso lo asumió después de una confesión con un sacerdote que duró una semana. Pero vivir en castidad no significa que ya no le gusten las mujeres. Todos los días, dice, tiene que luchar contra tentaciones y provocaciones, y más en la industria del cine, en una ciudad como Los Ángeles y viajando por todo el mundo.
Estas son sus armas para conservar su promesa de castidad, que al comienzo quebrantó porque no sabía que necesitaba fuerzas sobrenaturales para lograrlo: va a misa todos los días, reza el rosario –también todos los días– y lleva una vida de entrega a los sacramentos. Intenta cumplir a cabalidad los Diez Mandamientos –sí, intenta, porque reconoce que sigue siendo un pecador como cualquier otro–, y se resguarda en la oración, la contemplación, la reflexión y el servicio a los demás, de la mano de la Virgen María.
Trabaja muy duro para limpiar esa estela de humo negro que –cuenta– dejó en ese pasado en el que les rompió el corazón a tantas mujeres; en ese pasado de tantos pecados y placeres de los que no habla, pero de los que se arrepiente.
Siguiendo la promesa de sólo participar en producciones que no ofendieran su fe y que, al contrario, ayuden a construir un mundo cada vez mejor, protagonizó la película Bella, en el 2007. Personificó a un hombre que conoce a una mujer que piensa abortar, le propone que tenga el bebé y se lo dé en adopción.
La cinta ganó varios premios, entre esos el del Festival de Cine de Toronto, uno de los más importantes del mundo. Pero, más que de los galardones, Verástegui –hermano mayor de tres hermanas e hijo de unos padres de clase media de Xicontécatl, un pueblito mexicano del estado de Tamaulipas– se siente orgulloso de las vidas que se han salvado. Más de mil bebés, según los testimonios que ha recibido.
Cuando se preparaba para esa película, recuerda que fue a una clínica donde practican abortos en Los Ángeles y una joven, decidida a abortar, le pidió un autógrafo. Y empezaron a hablar, la muchacha perdió la cita y él la convenció de cambiar su decisión. Tenía cuatro meses de embarazo. Cinco meses después lo llamó a decirle que su bebé acababa de nacer y que le había puesto su nombre: Eduardo. Le pidió que fuera su padrino de bautismo y él aceptó.
“Tener en mis brazos a Eduardito es una de las cosas más bellas que he me han pasado en la vida”, sigue el hombre, quien, después de ese episodio, montó una fundación de clínicas –bajo el nombre de El Manto de Guadalupe– que les da orientación y atención médica especializada y gratuita a mujeres embarazadas para que desistan de abortar.
En el 2012 coprotagonizó, junto con Eva Longoria y Andi García, la película Cristiada, basada en la persecución del gobierno mexicano a la Iglesia católica en 1920. Representó a Anacleto González, un hombre que prefirió que lo fusilaran antes que renunciar a su fe, hoy mártir del catolicismo y en proceso de canonización.
Hace pocos días vino a Colombia, invitado por el despacho de promoción y defensa de la vida del Episcopado, a dar una conferencia en contra del aborto, tema del que es activista y, sí, fundamentalista. Levanta la voz al denunciar que el vientre de la madre, que debería ser el lugar más seguro del mundo, es el sitio más peligroso de todo el planeta. Allí, insiste, ocurren más crímenes que en cualquier otro escenario. Al año, grita indignado ante un auditorio que lo ovaciona –un auditorio eminentemente católico–, hay 45 millones de abortos.
“Para entender la cultura de la muerte que está intoxicando al mundo entero hay que ir a la raíz: ¿Cuándo comienza la vida? ¿Qué es la vida y cuándo termina? La vida comienza en el momento de la concepción, no es un accidente, es sagrada. No hay una vida que valga más que otra”, sigue.
¿Y qué decirle a una mujer que quedó embarazada tras una violación?
Primero, que metan en la cárcel al violador. Nadie habla del violador, el bebé es el que debe pagar los platos rotos. El hecho de que aborte no significa que olvide: va a recordar la violación y va a recordar que mató a su hijo. Va a sumar una nueva memoria de dolor. A esa mujer hay que orientarla, acogerla, pero el aborto nunca debería ser una opción.
También presentó el cortometraje que acaba de producir, Crescendo, que cuenta la historia de la madre de Ludwig van Beethoven, quien, según una biografía del artista, reconoció que pensó en abortarlo porque no soportaba los maltratos de un marido borracho y mujeriego. Su coproductora es la canadiense Pattie Mallete, madre del mundialmente famoso artista adolescente Justin Bieber y quien también ha reconocido que contempló la idea del aborto.
Crescendo pretende dejar una lección intencionalmente obvia: si la madre de Beethoven hubiera abortado esa criatura –un feto más, un aborto más–, el mundo no hubiera conocido a un genio como Beethoven.
Sus planes para el próximo año son una película sobre el matoneo escolar (Little Boy) y una más sobre Cristo (El Hijo de Dios) de la mano de Marck Burnett, productor del exitoso concurso de televisión The Voice (La voz) y de La Biblia, uno de los programas más vistos en Estados Unidos.
Casarse, tener hijos... Tal vez. Él quiere, pero no sabe si son los planes de Dios. Tal vez termine en un convento de clausura o convertido en sacerdote, dos cosas que también ha querido pero que no se le han dado. Ya ha dicho que no es el dueño de su vida. “Es muy difícil, es morir a ti mismo y eso duele. Pero ahí está la paz, en la cruz; que te claven clavitos duele, pero es la verdad. Hay que saber abrir las manos y decir: ‘aquí estoy’ ”, dice, y extiende los brazos, como si lo fueran a crucificar.
JOSÉ ALBERTO MOJICA PATIÑO
REDACTOR DE EL TIEMPO

Los colombianos que viven como en el Antiguo Testamento

En el Cauca, los miembros de la congregación religiosa de los israelitas visten a la usanza del pueblo bíblico. Ellos están esperando la segunda venida de Cristo y creen que la humanidad ya vive el fin de los días.

Publicado en EL TIEMPO el 14 de octubre del 2013.



La guardiana está vestida con una túnica celeste de satín y lleva alrededor de su cabeza un velo vino tinto que se desliza hasta debajo de su cintura. Agarra un radioteléfono y acerca su boca al aparato. Pregunta si puede abrir el portón de ocho metros de alto que separa, por temporadas, a los israelitas colombianos del resto de los mortales.
La puerta del Campo Real de la autodenominada Congregación Israelita del Nuevo Pacto Universal, en la vereda Vilachí de Santander de Quilichao (Cauca), a hora y media de Cali, se abre produciendo un fuerte chirrido metálico. Y lo que se ve al otro lado parece el escenario de una película bíblica o un viaje a los tiempos del Antiguo Testamento. Adentro caminan cientos de mujeres con la estampa de la Virgen María y de hombres que lucen como Jesús, Moisés o los apóstoles: con largas melenas, barbas de chivo y vestidos con sandalias y túnicas cruzadas. (Vea imágenes de la congregración)
Se visten a la usanza del pueblo bíblico de Israel dentro y fuera del Campo Real. Creen firmemente en que la segunda venida de Cristo a la Tierra está cerca y que las catástrofes naturales, las guerras y el calentamiento climático son muestras claras de que el fin del mundo está llegando. Pero ellos esperan ser salvos, como lo fue Israel, el pueblo escogido de Dios (eso sí, aclaran que no tienen nada que ver con el pueblo judío).
Esta comunidad religiosa llegó al país en 1989. Eulalio Ponce es su líder. Peruano de 60 años, fue delegado hace 24 por su compatriota Ezequiel Ataucusi, profeta y fundador de esta congregación, para que evangelizara en tierras colombianas. Llegó a Cali con su hijo de 10 años, sin nada en los bolsillos. De ahí cogió camino para Santander de Quilichao y empezó a buscar almas para su redil. Al principio le gritaban que era un loco y un pordiosero, y le tiraban las puertas en la cara, pero con el tiempo empezó a ganar adeptos. Hoy, afirma, son cerca de 3.000 los israelitas que hay en todo el país, principalmente en Valle, Cauca y Nariño.
No hay un dato oficial de cuántos israelitas –de este credo– hay en el mundo, pero solo en Perú se calculan 600.000. En Lima hay más de 300 iglesias. La comunidad ya está en toda América Latina y hay colonias en EE. UU., España, Italia y Japón. “Cada vez somos más porque promulgamos la verdad y nos regimos por las Sagradas Escrituras”, dice Ponce, que al igual que la mayoría de israelitas colombianos se gana la vida cultivando la tierra.
Con su acento peruano intacto, explica las máximas de su congregación: creen en el Padre Jehová, en el Hijo y el Espíritu Santo, y siguen los dos testamentos de la Biblia. Descansan los sábados para honrar a Dios y se visten de esa manera porque así lo ordena la Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Se rigen por los Diez Mandamientos, que no son iguales a los católicos. “Son los mismos que dejó Dios en la mano de Moisés; lo que pasa es que fueron adulterados por el Imperio Romano”. En su versión, por ejemplo, el primero no es “Amarás a Dios sobre todas las cosas”, sino “Amarás a Dios de corazón, alma y mente”.
Tampoco cobran diezmo, dice. “En Colombia el ciento por ciento de las iglesias lo exige, y por eso hay tantas sectas. Además, aquí todos tienen que trabajar gratis”, enfatiza Ponce sobre la filosofía de los israelitas, una de las 2.000 iglesias no católicas inscritas en el Ministerio del Interior de Colombia.
“Los movimientos milenaristas surgen como respuesta al desconcierto producido por un cambio de época, al relativismo moral actual y a una desilusión frente de las religiones tradicionales, que pierden, para ellos, capacidad de respuesta frente al temor producido por las señales de destrucción, la creciente soledad y la pérdida de sentido”, explica el teólogo Fabián Salazar Guerrero, investigador del Instituto Colombiano para el estudio de las Religiones.
Su lugar de encuentro
Campo Real, el santuario de los israelitas, es una finca de 8 hectáreas rodeada de cultivos de café, plátano y yuca. La compraron con aportes de los fieles. Su centro es un templo grande y sin paredes para que el viento circule fresco. Hay una panadería, una papelería, un comedor gigante y puestos de ventas de frituras.
Al fondo, al descolgarse por una cuesta empedrada, quedan las viviendas, que fueron levantadas con ladrillo y madera –algunas apenas armadas con palos–. Sobre los pisos de tierra tienden sus colchones. Hay familias con casa propia; otras las comparten. Parece un barrio humilde, pero en realidad es un sitio de retiros espirituales a donde todos –no importa dónde estén– deben acudir tres veces al año a celebrar las fiestas bíblicas establecidas en el Deuteronomio: Pascua, en abril; Pentecostés, en mayo, y las Cabañas, en octubre. El resto del tiempo el pueblo queda desolado, pero custodiado. Cada fiesta dura, en promedio, unos 13 días.
Un becerro, amarrado a un árbol de naranjo, evidentemente bien alimentado, no para de bramar. En pocas horas será sacrificado “en honor agradable al Señor Jehová”. Lo degollarán, le sacarán hasta la última gota de sangre, le quitarán la piel, le lavarán la panza, le arrancarán las tripas y lo adobarán con aceite de oliva, sal e incienso. Lo ensartarán en una varilla de acero sobre una fogata armada con leña tostada y arderá hasta quedar en cenizas, en medio de alabanzas. Es la ofrenda del holocausto descrita en el Antiguo Testamento. Ellos le dan a este episodio, al igual que a toda la Biblia, una lectura literal. Sin interpretaciones ni adaptaciones.
A las 6:30 de la tarde suenan las campanas y todos acuden al templo, que está decorado con racimos de plátano, mandarinas, aguacates y flores. Las mujeres se ubican a la derecha. Los hombres, a la izquierda. Para reverenciarlas, ellas deben estar separadas durante la ceremonia.
Un grupo de jóvenes, con guitarras y bajos eléctricos, toca alabanzas al ritmo de la música folclórica peruana, como un homenaje al país donde nació esta confesión. Parece un grupo de rock inspirado en la Biblia. Uno de los fieles se acerca al altar y empieza a danzar, a dar brincos con los ojos cerrados. Poco a poco se van sumando otros, hasta formar un baile colectivo de movimientos involuntarios. Aletean. Se arrodillan. Algunos se mueven como posesos.
“Esto es un derramamiento del Espíritu Santo sobre los que obedecen los Mandamientos –explica John Campo, de 35 años y futuro abogado–. Todo esto se puede ver raro, pero es en lo que creemos.
Nelson Ortega es pastor de la iglesia del barrio Siloé, en Cali, donde se gana el sustento como comerciante informal. Ortega, de 44 años, dice que en su comunidad se demuestra lo que se promulga. Se refiere, por ejemplo, al calentamiento global. “Y la luz de la Luna será como la luz del Sol; y la luz del Sol, siete veces mayor, como la luz de siete días”, recita a Isaías 30-26. “Pero la salvación hay que guerrearla. No porque nos vistamos así vamos a ser salvos”. La que habla es Martha Cecilia Aldana, líder de esta comunidad en La Tebaida (Quindío), donde fue concejal. “Dios dice que habrá una diferencia entre el que guarda los Mandamientos y el que no. Dentro del caos que se avecina, tal vez sea más manejable para el primero”, dice la mujer, de 49 años.
Señalados y burlados
Los israelitas colombianos son una comunidad a la que pertenecen personas de todo tipo. Aunque la mayoría son pequeños agricultores o comerciantes informales, también hay profesionales. Es el caso de Salena Manjarrez, bióloga de 28 años con una maestría, que llegó a este credo gracias a su novio matemático, hoy su esposo, en sus épocas de estudiante. “Es difícil creer cuando perteneces al mundo científico. Pero todo aquí es bíblico, y a la Biblia no le puedes dar interpretaciones científicas. Todo esto es cuestión de fe, de creer o no creer, y yo creo firmemente”, dice.
Por vestirse como se visten, los israelitas son señalados y burlados. A Omar Mina, un negro de Buenaventura de 49 años, le han gritado: “¡Loco!”, “¡Fanático!”, “¡Cristo negro!” en las plazas de mercado y en los parques de pueblo donde llega a vender frutas y a predicar. “Jesús dijo: ‘Bienaventurados los que padecen persecución y menosprecio, porque de ellos será el reino de los cielos’ ”, dice Mina, de pelo crespo en forma de piña y vestido con una túnica verde brillante. El valluno se queda mirando un cultivo de café maduro que bordea el santuario y habla sobre una máxima de su comunidad: cultivar la tierra. “Se aproximan siete años de hambre, el tercer castigo de Dios va a ser el hambre. Eso nos lo recordaba nuestro patriarca, Ezequiel Ataucusi”.
El patriarca peruano fue un hombre polémico. Según el antropólogo peruano Juan Ossio, quien lo entrevistó, se creía un mesías y aseguraba que el Espíritu Santo se había encarnado en Moisés, luego en Cristo y por último en él. Ataucusi fue tres veces candidato presidencial y llegó a competir con Alberto Fujimori, pero en las votaciones llegaba solo al 2 por ciento. Afirmaba que en el año 2000 ocurriría un cataclismo, pero tranquilizaba a sus fieles aclarando que él iba a salvarlos. Y el mundo solo se le acabó a él, que murió enfermo ese año. Su hijo, que lleva su nombre, fue el llamado a seguir con la obra, que se ha visto opacada por escándalos con las autoridades que no han pasado a mayores.
En Colombia, sin embargo, han sido una comunidad tranquila, que hace lo suyo, a su modo. A Ponce le agradecen haber recuperado la agricultura en parte de la zona rural de Santander de Quilichao, donde en otras épocas abundaban los cultivos de coca.
Entre los israelitas también hay niños, convencidos y conocedores de sus creencias. Yesid Adrián Rialpe tiene 10 años e ingresó a la comunidad gracias a un tío. Sus padres, católicos, se opusieron al principio pero cedieron al comprender que, pese a su corta edad, era capaz de defender su fe. En el colegio los compañeros le gritan “¡peluca vieja!, ¡mechas!”, pero él no se achanta. Una vez, una profesora le exigió que se cortara el pelo –negro, liso y largo hasta la mitad de la espalda– y él le respondió: “En Levíticos 19:27 dice: ‘No cortaréis en forma circular los extremos de vuestra cabellera, ni dañaréis los bordes de vuestra barba’. Y la dejé callada”
JOSÉ ALBERTO MOJICA PATIÑO
Enviado especial de EL TIEMPO
SANTANDER DE QUILICHAO (CAUCA).

La felicidad de un hombre que nació sin brazos ni piernas

El australiano Nick Vujicic se ha convertido en una inspiración para millones de personas en el mundo. ¿Cómo ser feliz con apenas medio cuerpo? 
Publicado en EL TIEMPO el 4 de octubre del 2013.

El hombre se asoma por el cristal del ascensor que comunica al primero con el segundo piso en el aeropuerto internacional El Dorado, en Bogotá. Acaba de aterrizar tras un vuelo de casi nueve horas desde Dallas (Texas, Estados Unidos), con escala en la Ciudad de México. Se abre la puerta y Nick Vujicic, un joven sin brazos ni piernas, sale montado en una moderna silla de ruedas de 70 kilos de peso que maneja con destreza, con el muñón –que apenas tiene dos dedos– que nace del lado derecho de su cintura y al que él llama “mi hueso de pollo”.
Saluda y deja ver unos dientes blancos que contrastan con sus helados ojos azules. Me lo presentan y yo, sin pensarlo, estiro la mano derecha para saludarlo. Sí: le doy la mano a un hombre que no tiene manos. Ni piernas. Por eso, por no tener sus extremidades, se ha convertido en un testimonio de superación admirado en todo el mundo.
Fueron dos segundos, con la mano congelada, en los que me convencí de que sería imposible enmendar semejante imprudencia. Como si no supiera que nació sin brazos ni piernas hace 30 años en Melbourne (Australia) y que ha visitado 59 países, llenando estadios e inspirando a multitudes con su ejemplo de vida; como si no supiera que ha publicado dos libros (Una vida sin límites y Un espíritu invencible) que son best sellers mundiales y que sus conferencias, videos y fotografías arrasan en Internet.
Aún sin asimilar la vergüenza, pensaba en su reacción: un insulto (merecidísimo), un gesto de desaprobación o simplemente su negativa a darme la entrevista. Pero él, con un español que apenas mastica, sonrió y dijo: “Abrazo”. Me agacho, junto mi pecho con el suyo, y él descarga su cabeza sobre la mía, inclinando su hombro izquierdo.
Pudo ser despiste, mi subconsciente que se dejó llevar por la emoción de conocer a un hombre tan lleno de fe y coraje, o el simple reflejo de saludar con la mano. Pero no le importó. Cosas así –y otras peores, como cuando de niño le gritaban “fenómeno”– le han pasado muchas veces.
Es su tercera visita a Colombia, pero esta será la más larga. Irá a Barrancabermeja, Yopal, Ibagué y otras ciudades, para contar cómo un día dejó de preguntarse por qué había nacido con medio cuerpo y, en cambio, se preguntó: ¿para qué? Para salvar vidas, tal vez.
Al nacer, los médicos le dieron pocos meses de vida. Si el pequeño Nick sobrevivía, jamás podría caminar y su único destino sería una cama o una silla de ruedas. Pero él hace mucho más que caminar: nada, cabalga, se monta en una tabla de surf y se desliza entre las olas, juega fútbol y golf; fue a la universidad y se graduó en comercio y finanzas; escribe libros, es predicador cristiano y motivador, viaja por todo el mundo, se casó y tiene un hijo... Vive feliz y agradecido con lo que tiene. Ya no reniega por lo que le hace falta.
No siempre fue así. A los diez años intentó suicidarse. No soportaba más el acoso, las burlas y el rechazo de sus compañeros de colegio. No se mató porque no quiso causarles ese dolor a sus padres, a quienes les agradece el amor y que le hayan enseñado que existe un Dios que lo ama y que tiene un plan para él.
“Dios dice que fui hecho de una manera maravillosa, que soy su hijo, que hay ángeles a mi alrededor, que tengo la fuerza porque Él me ama. No es la fuerza de Nick, es el amor de Dios”, dice.
Un ‘fenómeno’ de circo
A Nick también lo conocen por ser el protagonista del cortometraje El circo de la mariposa, en el que representa a un “fenómeno” que se revela tras abrir unas cortinas y al que presentan como “una perversión de la naturaleza, un hombre al que hasta Dios le dio la espalda”, al lado de una mujer barbuda y unas siamesas.
Este video supera los siete millones de vistas y retrata claramente lo que es hoy: un testimonio de superación humana fuera de todo parámetro.
En el clóset de su cuarto, en Los Ángeles (California) –donde está radicado con su esposa y su hijo–, tiene un par de zapatos, símbolo del milagro que esperó durante mucho tiempo: tener piernas y brazos para ser feliz. Hasta que comprendió que su felicidad no podía estar relacionada con esas extremidades ausentes.
“Hay personas a las que no les falta nada en su cuerpo y no tienen felicidad. Lo que busco y necesito es la paz, la fuerza, el gozo, la fe, y esas cosas no vienen por tener brazos o piernas”.
También cree que mucha gente vive en la infelicidad por sus ansias de dinero, poder y reconocimiento.
“Siempre puedes tener mucho más o mucho menos, pero las cosas más grandes en la vida no son las cosas: son Dios, el amor, la familia, y después lo demás”, continúa, y confiesa que lo que más lo sorprende en la vida es conocer a gente que, en medio de su soberbia, cree que no necesita a Dios para vivir.
Nick entra a uno de los auditorios del Club El Nogal, en Bogotá, custodiado por su equipo de trabajo, que incluye fotógrafos, camarógrafos y traductores, y también a su asistente personal –que lo viste, lo afeita, le ayuda a asearse–, como la gran celebridad que es.
La gente le pide tomarse fotos. Dice ‘no’. Él no siempre está dispuesto a tomarse fotos con la gente. Es muy radical con su agenda de trabajo, y trabajo es lo que le sobra. Luce impecable: un short de lino gris y una camisa rosada, obviamente, sin mangas. Pide que les bajen la intensidad a las luces –eso le irrita los ojos– y sus asistentes exigen no usar el flash de las cámaras.
‘La fuerza es de Dios’
Después de un breve resumen de su testimonio, cuenta que no siempre se levanta con una sonrisa en el rostro; que, como todo ser humano, tiene sus altibajos. Que también se deprime y se equivoca. Que no es un superhéroe.
“Pero Dios es grande y uno siempre aprende mucho más de los días difíciles que de los buenos días. La fuerza que tengo en el día de hoy es por el dolor que tuve en el día de ayer”.
Él no cree que sea un milagro, como muchos le dicen. “Todos podemos ser un milagro para otros”. Cuenta cómo muchas personas han desistido de querer suicidarse cuando lo conocen, cuando leen sus libros o miran sus videos en YouTube. Narra también que mucha gente que se sentía derrotada y fracasada ha encontrado una luz cuando sabe que él es capaz de hacer tantas cosas con su cuerpo.
Asegura que Dios no da sufrimiento, que ese lo da el diablo, y habla de la necesidad de perdonar y amar a los enemigos. Eso, por difícil que parezca –afirma– regala paz y rompe cadenas.
El próximo año publicará su tercer libro, esta vez sobre una epidemia mundial que sufren millones de niños y jóvenes y que él padeció: el matoneo. Quiere seguir impulsando su fundación para personas con discapacidad y continuar con su misión de regar semillas de fe y esperanza a la humanidad.
Pero, más que eso, su mayor añoranza es ser un buen esposo de Kanae, la bella mexicanojaponesa que conoció hace dos años y medio –dejó a un novio (con brazos y piernas) para irse con él–, y ser el mejor padre para Kiyoshi, su hijo de siete meses. “Es un bebé sano, hermoso y muy amado”. Quiere otros tres hijos.
Se despide del público y agradece a Colombia por su acogida, no sin antes dejar una reflexión: el gran problema de este país, y del mundo en general, no es la violencia sino la ausencia de fe.
“Cuando tienes una nación que está pasando por tanta turbulencia, nos necesitamos unos a otros, pero necesitamos más a Dios”.
Nick quería cumplir una nueva hazaña: lanzarse por el cable de canopy, en Tobia (Cundinamarca), a 200 metros de altura. Pero decidió cancelar. 
Nick está cansado.

La modelo y el atleta que se levantaron del barro

Cuando eran niños, Sayuri Usuriaga y Sebastián Rodas conocieron el hambre, el peligro de las calles, las drogas y el delito, y estuvieron privados de la libertad. Ahora abrazan sus sueños.

Publicado en EL TIEMPO el 28 de septiembre del 2013.
Cuando la pequeña Sayuri vendía jugos de naranja con su padre, en una esquina del centro de Cali, la gente le decía: “Niña, usted es muy linda, debería ser modelo”. A los 11 años deambulaba por las noches entre jíbaros, ladrones, travestis y prostitutas, y todos ellos –que eran sus amigos– le decían: “Sayuri, usted es muy bonita, podría ser modelo”.
Al cumplir 14, convertida en una temida atracadora –dueña de una estampa de diosa africana–, la gente le decía: “Usted es linda, podría ser una gran modelo”.
Sebastián era inalcanzable mientras jugaba con sus amigos del barrio Manrique, en la comuna 6 de Medellín, y todos le decían: “Parce, usted corre mucho, debería ser atleta”. Lo mismo le gritaban cuando lo veían escabullirse de la policía o atracaba a algún desprevenido y salía disparado sin que nadie pudiera atraparlo, o cuando lo mandaban a entregar algún pedido de marihuana o cocaína: “usted corre mucho, parece atleta”.
Sayuri Usuriaga y Sebastián Rodas no se conocen, pero tienen muchas cosas en común, comenzando por el color de la piel: ambos son negros, sufrieron maltrato en el hogar, desde pequeños aprendieron a guerrearse la vida en las calles, a pasar días enteros sin probar bocado, a robar para poder comer, a traficar con drogas, a dormir en cualquier rincón.
A ambos –a ella en Cali y a él en Medellín– los detuvieron siendo adolescentes y los encerraron en centros de reclusión para menores infractores del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), donde también les dijeron: “Sayuri, usted puede ser modelo; Sebastián, usted puede ser atleta”.
Hoy este par de jóvenes –ella de 19 años y él de 20–, que creyeron en todos esos augurios de la gente, recorren los centros de reclusión del ICBF de todo el país –donde hay más de 3.000 adolescentes infractores de la ley–, para demostrar que, pese al pasado y al dolor, es posible superarse, ser mejores seres humanos y hacer realidad los sueños. Sí. Sayuri es una gran modelo y Sebastián es un gran atleta.
¿Quién será ese tal Haider Ackermann?
Sayuri viajó en bus desde Cali hasta Medellín, diez horas, con 200.000 pesos en el bolsillo y la firme intención de darse a conocer como modelo en Colombiamoda, en julio pasado.
Pedro Tobón, su amigo y director de la agencia de modelos de Cali a la que entró en el 2012, cuando cumplió 18 años –12 meses después de recobrar la libertad–, la conectó con una agencia de Medellín que la logró clasificar en el selecto y exigente casting de Ackermann.
Cientos de modelos de todo el país, entre ellas las más famosas, soñaban que el diseñador colombofrancés las escogiera para su pasarela. Sayuri, sin saber que era un personaje tan importante, se vistió con uno de sus trajes –un pantalón azul satinado, una blusa verde y larga sin botones– y, muerta de miedo, salió a desfilar.
“Le encanté a Ackermann. El traje que me pusieron tenía un boceto con una negra igualita a mí. Salí a pasarela y quedó: ¡wow!”, dice Sayuri con ese dejo en la voz de los caleños. Pero surgió un problema: su pasarela era muy latina, mucho contoneo de cadera.
“Me dijeron que querían algo más fresco, más internacional, que pensara que era una millonaria que camina despreocupada por la calle. ¿Me entendés?”, sigue.
Saltó de nuevo a la pasarela, caminó con tranquilidad, sin moverse mucho, y Ackermann le dijo: “Sí”.
Llegó la hora del desfile. Su primer desfile. Sus piernas no paraban de temblar. Pero encontró calma en una voz en la mente que le susurraba: “Usted puede, este es su sueño, el pasado quedó atrás, el futuro es ahora”.
Apenas salió acaparó las cámaras con sus labios gruesos, los ojos rasgados, la cabeza rapada, las piernas larguísimas y torneadas que nunca han pisado un gimnasio.
La crítica la ovacionó, la revista Cromos la nominó como modelo revelación de Colombiamoda y otros dos diseñadores la contrataron. Pero tenía que aparecer una bruja en su cuento de hadas: otra modelo con la que tuvo que compartir habitación y que le repetía que era una ilusa, que Haider Ackermann nunca se iba a fijar en una modelo principiante –y negra– como ella. Incluso le escondió la cédula para que no pudiera ir al desfile cuando supo que la habían elegido mientras que a ella la rechazaron. “Esa niña se portó muy mal, pero le deseo lo mejor”. Ya no siente rencor.
Sebastián, el campeón
Un resumen de los logros deportivos de Sebastián dirá que, aunque no le gustaba hacer deporte, participó y ganó una carrera de atletismo en el centro de reclusión al que llegó a los 13 años en Medellín, solo con el fin de obtener un permiso para salir a visitar a su mamá.
Luego ganó las olimpiadas internas, llegó a un intercolegiado en Medellín donde lo discriminaron por ser el representante de la ‘cárcel de menores’ –dice–, y también ganó. Luego fue a una competencia departamental, hasta que Indeportes Antioquia llamó a la Institución Educativa de Trabajo San José, donde estaba privado de la libertad, a preguntar por ese muchachito que corría de esa manera; al poco tiempo ya era una de las fichas claves de la Liga de Atletismo de su departamento.
Y así empezó a colgarse medallas –ya suma 200–, que tiene pegadas en la pared del cuarto donde vive, en el barrio Caicedo, en la comuna 8 de Medellín.
Quedó de subcampeón, con la selección Colombia de Atletismo, en los Juegos Centroamericanos realizados en Puebla (México), en el 2009, en relevo 4 x 4; y en Río de Janeiro, en el 2012, quedó tercero, en 800 metros.
“Cuando no tenía nada, el deporte fue mi salvación”, dice Sebastián, quien a los 17 años, después de cuatro años de reclusión, con el apoyo del ICBF, empezó a estudiar tecnología en formación deportiva y hoy es profesor de otros niños y jóvenes que, como él, terminaron en la calle convertidos en delincuentes. Su ‘cárcel’ es ahora su lugar de trabajo, y allí es un ídolo.
El pasado ya no duele
Cuando tenía 6 años, Sayuri iba a visitar a su padre, que vivía en hoteles e inquilinatos del centro de Cali.
Y en uno de esos sitios conoció a unas niñas, hijas de una madre que se prostituía para darles de comer, que se convirtieron en sus amigas. Y aunque su padre se cambió de residencia, ella se inventaba cualquier excusa para ir a visitarlas, hasta que un día decidió quedarse a vivir con ellas.
Al cumplir siete años, el ICBF la envió a un hogar sustituto, donde estuvo un año y siete meses, pues se comprobó que en su familia no estaba protegida. Pero al salir volvió a buscar a sus amigas y empezó a probar todas las drogas que le ofrecían. Y al cumplir los 10 años ingresó a la banda de ‘las Langostas’, integrada por niñas y travestis adolescentes, que eran el terror de Cali.
La detuvieron varias veces con drogas o cosas robadas, pero como era menor de 14 años, cuenta, no la podían judicializar. Pero a los 15 la cogieron de nuevo, acusada de hurto, y entró al Sistema de Responsabilidad Penal para Adolescentes en la modalidad de libertad asistida, con vigilancia, cumpliendo labores comunitarias y de rehabilitación. Recuerda que en esa época dejó de consumir drogas y empezó a ajuiciarse, hasta que mataron a su hermana, un año mayor que ella, de un disparo en la cabeza. Por la depresión, asegura, recayó. Regresó a ‘las Langostas’ y meses más tarde la volvieron a detener y la encerraron en el centro de reclusión Valle de Lili, donde estuvo un año.
“Yo llegué muy desubicada de la vida, perdida, solo sabía de dolor, de drogas, de robar. Pero en el Valle de Lili me dieron las herramientas para que volviera a soñar, porque yo siempre soñé ser modelo”, relata.
También aprendió que querer es poder; a ser útil, a ser una guerrera –dice–, y comprendió que su pasado no la podía seguir lastimando y que nadie tenía derecho a juzgarla. “Me perdoné por todas las cosas malas que hice, le pedí perdón a Dios, a la gente a la que le hice daño, y empecé de cero”, dice Sayuri, y cuenta emocionada que después de desfilar con Haider Ackermann la gente la reconoce en la calle, se toman fotos con ella, la felicitan, y se le han abierto más puertas para realizar su sueño de modelo. En la feria de moda de su ciudad, el Cali Exposhow, del 22 al 22 de octubre, será una de las estrellas.
Sebastián asegura que nunca consumió drogas porque le daba miedo terminar como sus amigos, “así, todos jodidos”. Pero sí se la enredaba en su pelo crespo, se la pegaba a las axilas, a las plantas de los pies; así la camuflaba, para venderla.
Este negro de músculos de acero y 1,69 m de estatura cuenta que a su papá lo mataron cuando era muy pequeño –no lo conoció– y que desde siempre supo que su mamá estaba en la cárcel. Creció con su abuelo paterno en un inquilinato, con otros 16 parientes, con poco afecto y sin que nadie le explicara lo que estaba bien y lo que estaba mal.
A los 9 años lo mandaron a visitar a su mamá, a Cali, y al regresar a Medellín hizo de las calles su nuevo hogar. Y se convirtió en atracador, en expendedor de drogas, hasta que, a los 13 años, lo atraparon con un cargamento –95 papeletas de bazuco, 45 baretos, 250 bolsas de perico– y lo encerraron. “Me encerraron para salvarme”, afirma agradecido.
Sayuri y Sebastián no miran atrás. Ella tiene claro que quiere ser una de las mejores modelos del país, quiere estudiar diseño de modas y aprender idiomas porque está dispuesta a conquistar las pasarelas de París y Milán. Y él sueña con llegar a unos Juegos Olímpicos y traerse una medalla de oro para su país. También quieren seguir inspirando a otros jóvenes que, como ellos –por el maltrato en la familia o por las malas amistades–, terminaron convertidos en unos ‘pillos’.
Seguro lo lograrán. Ellos ya saben que pueden.
JOSÉ ALBERTO MOJICA PATIÑO
REDACCIÓN EL TIEMPO