El Evangelio, según un niño predicador


Josué David predica, convoca, conmueve y convierte a cientos de personas. También dicen que hace milagros. Tiene solo 13 años y una fama creciente. Algunos dudan, otros lo siguen ciegamente. ¿Puede un adolescente convertirse en un fenómeno religioso?


JOSÉ ALBERTO MOJICA PATIÑO. Publicado en la revista Carrusel, de El Tiempo, el 26 de marzo de 2010.

“Le pondrás de nombre Josué David, porque nunca se apartará de mi tabernáculo”, escuchó que le susurraron al oído. Era Dios, anunciándole el nombre que llevaría su sexto hijo. Eso lo asegura Luis Alberto Parra, un barranquillero gordo y bonachón que con una voz rasposa y enredada narra que nada es casualidad en la vida de su pequeño varón.
Josué David apenas tiene 13 años, ha recorrido casi toda Colombia y varios países predicando el evangelio ante miles de personas. Ante públicos que quedan como congelados cuando lo ven allí, en el púlpito, con sus 1,50 metros de estatura, escupiendo profecías y repartiendo milagros. No es un niño común y corriente, está claro.
Es un niño predicador con un privilegiado don de la palabra, que recita capítulos de la Biblia como si fueran fábulas infantiles y se mueve en los altares con la destreza y el histrionismo de un curtido roquero; mientras revoluciona iglesias evangélicas y gana devotos con sus profecías, en las que garantiza la salvación de almas para el reino de Cristo y la sanación de toda suerte de enfermos.
Luis Alberto Parra está convencido de que su hijo es un profeta, y su hijo también lo cree. Muchos de los que lo ven piensan lo mismo. “La vida de Josué David es algo sobrenatural, es como cuando María fue escogida para ser la madre del Salvador; a mi esposa le han dicho ‘bienaventurado su vientre’ y, a mí, ‘bienaventurado usted que ha engendrado a ese niño’”, cuenta el hombre, que sin proponérselo deja ver un tatuaje azulado y añejo en forma de escorpión -acompañado de la palabra escorpión-, sobre el lomo de su brazo izquierdo. Una figura forjada punto a punto en tinta china, herencia de un pasado que no parece muy cómodo comentando. De un pasado de cinco años tras las rejas.
-Los que llegamos al Señor tenemos testimonio de la vida que llevamos antes. Ese tatuaje me lo hice cuando no conocía al Señor, cuando llevaba una vida licenciosa- dice.
-¿Y cómo era esa vida?
-Era una vida sin el Señor, propensa al diablo. Una vida de drogas y delincuencia- recuerda y no da más detalles. Luego se apresura a aclarar que un día conoció a Dios y su vida fue restaurada. Cuenta que hace 28 años él y su esposa Reina Isabel –sí, se llama Reina Isabel- (con la que lleva casado 32 años), se hicieron pastores de una iglesia evangélica en Barranquilla, su tierra natal. Ya tenían tres hijos y vinieron cuatro más después de que conocieron a Dios.
Todos, asegura convencido, tienen grandes habilidades para la alabanza y la oración, pero nada comparado con el don sobresaliente de Josué David: la más grande de las bendiciones por dejar tan oscuro pasado y por consagrarse a la vida cristiana.
El sermón de un niño evangelista
Ha transcurrido una hora y media y hasta el momento sólo he conversado con el padre. Mientras tanto, el niño permanece callado, jugando con un lapicero desechable que se pasa por entre los dedos de la mano derecha y leyendo, por minutos, las delgadas y amarillentas páginas de una de las dos biblias que reposan en la mesa donde trascurre nuestro encuentro.
Estamos en la plazoleta de comidas de un almacén de cadena de Bogotá. Josué David es flaco, de piel morena y por los rasgos de su rostro se podría confundir con un niño de la India. Pero es costeño y eso queda clarísimo en su acento chillón de adolescente.
Él vive con su familia en el populoso barrio Soledad 2.000, de Soledad (Atlántico), pegado a Barranquilla, pero hoy está de gira por la capital. Sus ojos son negros, negrísimos. Tiene estrabismo, lo que explica por qué su mirada es esquiva.
No lo recuerda muy bien, pero su inicio como pastor evangelista fue en casa. Tenía tres años. Acomodaba los zapatos y las muñecas de sus hermanas y decía, aún sin hablar con claridad, que esa era su iglesia. “¡Cristo te ama, arrepiéntete, el Señor ya viene, el Señor murió por ti y quiere darte vida eterna!”, trepado en una cama, le repetía el niño a su inanimado redil.
“Eso es de Dios”, interviene el pastor Antonio Duncan, a quien me presentan como el ‘coordinador nacional -e internacional- del ministerio pastoral del niño predicador Josué David Parra’, dejando en claro que la misión del pequeño tiene pretensiones globales. Duncan está atento, sigiloso mejor, a cada pregunta y respuesta de esta entrevista; habla en voz baja y mira por encima de sus lentes color café. Es más, en un momento me pide que le deje ver qué había escrito en mis apuntes.
Hoy Josué David aborda asuntos más complejos: “El tema de la evolución es muy tremendo. El hombre fue el que se la inventó, para desconocer la Creación de Dios. Yo no vengo del mono, yo vengo de Cristo y tengo su ADN”, dice el chico.
Esto lo comparte con el famoso niño predicador peruano Nezareth Casti Rey (hoy de 17 años), tal vez el pionero de los niños evangelistas, quien se convirtió en todo un fenómeno en YouTube (con cientos de miles de reproducciones de su video) y a quien conoció hace tres años en Barranquilla. Josué dice que le profesa una gran admiración.
Pero los temas polémicos tienen una amplia gama y el niño predicador colombiano también se va lanza en ristre contra los homosexuales. Afirma que son como son porque tienen un demonio por dentro, que con oración se podría expulsar.
“La palabra nos habla de que Dios creó al hombre y a la mujer. Ni los homosexuales ni los afeminados entrarán al reino de los cielos”. Cree, además, que el reciente terremoto de Haití es muestra de que pronto vendrá un juicio divino contra la humanidad.
-¿El fin del mundo, acaso?
-En sí, el mundo no se va a acabar, porque Dios lo volverá a crear. Dios limpiará la Tierra del pecado. A Haití le pasó el terremoto porque es un país que siempre le ha dicho no a Dios, un país que siempre anda en el vudú y la hechicería. Su debut fue en el resguardo indígena en Guaimaro (Sucre), a los cuatro años y su fama empezó a correr por la Costa Atlántica colombiana y luego por todo el país.
Ya ha visitado unos 20 departamentos y, en el 2008, traspasó las fronteras nacionales. Ha ido dos veces a Venezuela, también predicó en Ecuador y en la isla de Curazao. Actualmente están en conversaciones con iglesias de Chile, Argentina, República Dominicana, Costa Rica, Perú y con la mismísima China, a donde podría ir este año. -La gente me dice que yo no predico como un niño normal, la palabra que me da Dios es una palabra profética, una palabra madura, una palabra que estremece. La mía no es una palabra repetida-, explica el niño sobre el don que, según él, lo convirtió en predicador y, aún más, en profeta.
-¿Y como es eso de ser profeta?
-Yo soy un profeta, eso se siente. Estoy predicando y siento que en el público hay alguien con cáncer o una mujer que no puede tener hijos. Las llamo y las invito a recibir la sanación y se sanan.
-¿Acaso puedes sanar a la gente, hacer milagros?
-Yo, directamente, no. Dios me utiliza como instrumento. Una señora con cáncer en un brazo se le quitó una masa enorme, hay paralíticos que se han parado de sus sillas de ruedas y gente que se ha curado de sida.
-¿Y por qué entonces no te has sanado de tu problema en los ojos?
-No olvides que el apóstol Pablo tenía un problema tremendo en la vista –contesta el chico sin titubeos. Creo que Dios nos hace con defectos a algunos predicadores, para que no nos enaltezcamos-, añade.
Sin embargo, está seguro de que Dios le decretará la sanidad a sus ojos esquivos. Le pregunto a su padre si puede darme los datos de algunas de las personas que, según me dicen, han sido sanadas con el favor de Josué David. No tienen contacto alguno, no se han ocupado de registrar el inventario de favores que, supuestamente, ha hecho el niño.
La ceremonia: el niño predicador en acción
Al día siguiente Josué David se presentará en una iglesia del sur de Bogotá. “Mañana va a llover oro”, me dice. Tres días atrás, asegura, también llovió oro en el templo bogotano donde se presentó ante tres mil personas. “La gente cogió el oro entre sus manos, era oro de verdad, en polvo”, testifica el padre.
El niño predicador interrumpe la entrevista y pide permiso para levantarse de la mesa. Se acaba de tomar una Coca-Cola y quiere ir al baño. Cinco minutos más tarde regresa caminando despacio; se sienta, se rasca los ojos y se lleva las manos a la cabeza. “Me dio como un dolorcito”. -Qué te pasó, le pregunto.
-Seguramente fue un ataque del diablo, que no quiere que salga tu reportaje. Él (el diablo) no quiere que el mundo me conozca-, me advierte con pleno convencimiento. Son las 7 de la noche y poco a poco la Iglesia de Dios Pentecostal se empieza a llenar de personas ansiosas -como yo- por ver en escena al niño predicador.
El templo, de 15 metros de largo y 8 de ancho, de paredes blancas y sillas plásticas blancas, está ubicado en las empinadas cuestas del suroriente bogotano, en un barrio marginado que tiene un nombre que parece premonitorio para el evento: La Resurrección.
Está vestido con un impecable traje blanco hueso que le trajeron de la India, que se asemeja al atuendo de un cantante de música llanera. En el cuello redondo de la chaqueta lleva incrustaciones de fantasía y Josué David lamenta que varias pepitas se cayeron cuando la mandaron a la lavandería.
“El día que voy a predicar, oro mucho. En el altar soy yo, normal, pero las palabras no las tengo yo, Dios me las suelta, Dios me revela el mensaje y me conduce”, me dice e insiste en que todo lo que sucederá será obra y gracia del Espíritu Santo.
Sin embargo, enfatiza en que es muy disciplinado y que le dedica hasta cuatro horas del día al estudio del evangelio. “Cuando yo leo la Biblia, no sé, me da sueño. Prefiero escucharla, así siento que las revelaciones de Dios son más fuertes”, dice al confesar que sigue las Sagradas Escrituras a través de audiolibros. Lo dice sin reparo alguno, pues en el libro de Romanos está escrito que la fe entra por el oído.
La predicación: un tapete de gente convulsionando
El pastor de la iglesia da inicio a la ceremonia. Se llama Jairo Ramírez, es flaco y calvo, y luce un traje negro con una corbata plateada de satín. Sin mayores preámbulos y con emoción de maestro de ceremonias, anuncia que un pequeño gran profeta está presente entre el público y lo invita a subir al altar.
Josué David aprieta la Biblia contra el pecho y ora con los ojos cerrados. Su padre le habla al oído y le da una palmada de aliento en el hombro izquierdo. “Saluda a la persona que tienes a tu lado y dile: ‘te ves hermoso en la casa de Dios’”, son sus primeras palabras, que pronuncia con una voz suavecita. Y luego, de un solo grito y con una voz aguda pregunta: “¡¿Cuántos de los que están aquí viven en el reino de Dios?!”. Se escucha un coreado ‘amén’.
Invita a abrir la Biblia en Jeremías capítulo uno versículo 10, y anuncia que esa palabra hará que todos los presentes se muevan entre sus propios milagros. “El Espíritu me dice: Josué, voy a derramar algo poderoso, hoy van a abrirse los cielos. Hoy milagros van a pasar y quiero que toda la gente que sienta que algo especial va a pasar se acerque hasta aquí”.
Los presentes se levantan de sus sillas de plástico, oran con los ojos cerrados repitiendo las palabras del niño predicador con las manos abiertas apuntando hacia el cielo. “Oro está cayendo del cielo”, sentencia Josué David e impone su mano derecha sobre las frentes de los que alcanzaron a ubicarse en la privilegiada primera fila.
Todo aquel al que toca empieza a temblar como poseído, se desploma como un castillo de naipes y lo que sigue de ahí en adelante es un ejército de fieles desmoronado ante la presencia del niño predicador.
Su padre y su coordinador nacional -e internacional- lo ayudan -me explicarían más adelante-, a transmitirle el Espíritu Santo a los presentes a través de una palmada en la frente. El equipo de logística de la iglesia, muchachos con chalecos amarillos estampados con una espada cruzando el fuego y con el mensaje ‘Escuadrones del Dios viviente’, se encargan de evitar que los fieles se vayan de bruces o de espaldas. Detienen la caída y los descargan en el suelo, que se convierte en un tapete de gente convulsionando, llorando, gritando, como si estuvieran en trance.
Luego empiezan a levantarse. El niño predicador se mueve rápidamente por el altar y cada frase que suelta la acompaña con un brinco, agitando las manos, como disparando con su índice derecho. Se agacha, se arrodilla y se levanta con un salto. Es una fuente inagotable de energía. Y empieza, literalmente, a repartir milagros.
Invita a un hombre que, según él, tiene problemas económicos graves. Valga aclarar que estamos en un barrio de estrato uno, donde las necesidades no son cosa de unos pocos. Un sujeto delgado y de vistoso bigote se acerca; Josué David le toca la cabeza y él empieza a llorar y a temblar, y luego se derrumba mientras le augura que la falta de plata ya no será un problema.
“Hoy están pasando cosas sobrenaturales”, grita Josué David separando cada sílaba; lleva su mano derecha al estómago y zapatea fuerte sobre el altar de concreto. “Cristo caminó sobre las aguas, y nosotros vamos a caminar también en lo sobrenatural”, dice ahora, con una voz baja, agotada y ya disfónica.
La ceremonia empieza a extinguirse como la voz de Josué David, y él pregunta: “¿Saben por qué Dios le daba oro al pueblo?.... porque el pueblo le daba oro primero”. Y sigue: “Si quieres ser enriquecido, trae riquezas delante de tu rey, el rey de reyes, ven, ven, ven”.
Invita a hacer ofrendas que marquen la diferencia, que no sean monedas o un billete cualquiera. Pide que no sea una limosna como en la Iglesia Católica, porque según él Dios no es un Dios limosnero.
“Quiero que traigas el mejor billete que le quieras dar a Dios”, sigue invitando Josué David y la gente empieza a arrojar, sin dejar ver de qué denominación son, billetes en una caja de cartón de 80 centímetros de alto. Él pidió que le trajeran la caja porque la funda de tela azul gamuzada, dispuesta para tal fin, era muy pequeña según su concepto.
La gente lo mira con ternura y fervor: son los nuevos devotos del niño predicador. Josué David les pide a los muchachos de chalecos amarillos que cuenten el dinero y se lo entreguen al pastor Antonio Duncan. “Pero aquí no, en otra parte”, les dice en tono de regaño a los jóvenes que pretendían hacer las cuentas frente a toda la feligresía.
De retribuciones mundanas y divinas
El niño predicador no tiene tarifas. -Cuando vamos a predicar nunca vamos con la intención de pedir nada a cambio- asegura su padre, pero aclara que sí piden subsidiar los viáticos.
-Si el pastor da 50 mil pesos, nosotros lo tomamos con gozo- añade. -Pero hay otros que sí bendicen y son generosos- dice el niño. -A veces dan 300 mil pesos o 400 mil- comenta el pastor Duncan. -Un millón, dos millones- interrumpe el niño. -Nosotros no comercializamos con él. El obrero es digno de un salario y sea como sea él es un obrero de Dios- aclara Duncan con una voz tosca. -El dinero es para el estudio de él, para asegurarle el futuro a él, para sus gastos- interviene una vez más el padre. -Me gasto la plata en ropa, para mí y para mis hermanas, en cine, en helados- agrega el niño.
Por su peregrinaje evangélico, Josué David tuvo que salirse del colegio. El año pasado, cuando cursaba el séptimo grado, casi pierde por fallar tanto a clase. Ahora cursa octavo en un colegio virtual. Hay algo en lo que su madre le insiste: en que siga siendo niño.
Le teme a ataques de grupos satánicos y a las críticas despiadadas de los escépticos. Ya hay videos suyos colgados en YouTube, con comentarios de muy grueso calibre. La mujer dice que su hijo no es perfecto, que no vive en un cofre de cristal. “Es un niño normal, que de pronto tiene un don diferente, no es un extraterrestre”.
El psiquiatra infantil Cristian Muñoz no lo conoce. Sin embargo cree que es totalmente respetable que muestre dichas habilidades, porque ha crecido dentro de un contexto religioso. “Lo cuestionable tiene que ver con el discurso, que lo vendan y le hagan creer que es un profeta, que tiene capacidades sobrenaturales, que le entreguen tantas responsabilidades”, responde el especialista cuando le cuento que Josué David dice que intercede en milagros. “No hay que olvidar que es apenas un niño”, concluye Muñoz.
El pequeño predicador asegura que es un niño como los demás, que no se la pasa encerrado rezando. El fútbol es una de sus pasiones –juega de arquero-, al igual que los videojuegos y el Internet. También afirma que tiene muchos amigos y una novia. Sueña con ser pastor a los 15 años y para entonces tener una iglesia y un ministerio tan grandes que harán temblar las naciones.
Así también aspira a recorrer el mundo ganando nuevos devotos. Pero dentro de sus propósitos cuenta que también quiere enlistarse en la Armada Nacional y ser profesional, aunque todavía no sabe qué quiere estudiar.
Cuenta que hay cosas que lo deprimen: ver a la gente sufrir en la calle, ver a alguien a quien alguna vez le predicó y que no se convirtió. También se deprime cuando el Junior de Barranquilla, su equipo del alma, pierde algún partido. Lo dice y suelta una desparpajada risa infantil, dejando claro que, aunque habla y se comporta como un adulto, sigue siendo un niño de 13 años.
Josué David relata que su familia vive bien, pero sin lujos. “Lo único que me falta es un carro en mi casa. Yo le estoy clamando a Dios, le estoy orando a Dios y sé que me va a soltar una Grand Vitara, para poder llegar a todo lado”.
El pequeño evangelista se despide con un apretón de manos y me entrega su tarjeta personal: “Josué David Parra, niño evangelista-profeta”. El cartón lleva un mensaje que invita a hacer siembras o donaciones para que su ministerio llegue hasta el último rincón de la Tierra. A la salida de la iglesia venden CDs en los que Josué David aparece anunciando el evangelio, cada uno a 10 mil pesos.
Los nuevos devotos del niño predicador hacen fila para comprarlos, entre estos el hombre al que le profetizó que ya no tendría más problemas económicos.
A propósito de las profecías del niño predicador, nunca pude ver el oro qué, durante la convulsionada predicación, anunció que estaba cayendo del cielo.


Pueden ver los videos en el siguiente link:

http://www.citytv.com.co/videos/63868/predicador-cristiano-mas-joven-de-colombia

Una historia de amor sepultada en Haití


El anillo de bodas permitió identificar a la colombiana Sandra Liliana Rivero, fallecida en el terremoto de Haití.

OLGA LUCÍA MORALES Y .
JOSÉ ALBERTO MOJICA
ENVIADOS ESPECIALES DE EL TIEMPO
PUERTO PRÍNCIPE (HAITÍ)


Cuando se vieron por última vez en el aeropuerto de Puerto Príncipe, el pasado 12 de enero, la colombiana Sandra Liliana Rivero y el chileno Simón Araneda se despidieron con una promesa: sería la última vez que estarían separados.
En dos meses, Sandra Liliana, bogotana de 35 años, terminaría el contrato que tenía con una aerolínea internacional en el tema de seguridad y regresaría a Colombia. Dos hijos y una casa eran parte de los planes que anhelaban juntos.
Después del abrazo de despedida, a las 4 de la tarde, Simón viajó a Colombia por motivos laborales y sólo se enteró de que había ocurrido un terremoto en Haití cuando se bajó del avión y descubrió que la familia de su esposa lo esperaba con angustia en el aeropuerto Eldorado, de Bogotá. Desde entonces, este chileno, de 32 años y soldador de oficio, inició una búsqueda desenfrenada para encontrar a Sandra.
Esa búsqueda, que se convirtió en una tortura para él y su familia, terminó el viernes a las 11 de la mañana entre toneladas de ladrillo y bloque que constituían el Montana, el único hotel de lujo que tenía Puerto Príncipe, donde ella se hospedaba.
Sandra, quien vivía en la capital haitiana desde noviembre, apareció muerta entre las escaleras que conducían del tercero al cuarto piso del hotel. El martes, en su habitación, la 411, encontraron su computador, su cartera y sus documentos, lo que indica que habría tratado de huir cuando la tierra se sacudió.
Simón, un hombre corpulento y de ojos verdes, llegó a Puerto Príncipe el miércoles 20 de enero. Desde entonces se plantó en las ruinas del hotel, donde el 23 de diciembre celebró con Sandra el cuarto aniversario de bodas.
No había podido viajar antes a Haití, porque, explica, no tenía la visa estadounidense necesaria para entrar.
Pero, estando allí, se hizo amigo del cuerpo de socorro de Estados Unidos, que lidera los operativos de rescate del hotel, donde se hospedaban unas 250 personas. Sólo 100 lograron escapar. Las demás fallecieron.
Durante los últimos días tuvo que identificar, uno a uno, diez cadáveres, para saber si alguno correspondía al de Sandra. Cada vez que descartaba que no era ella, recargaba su fe: “La esperanza es lo último que se pierde”, decía el hombre, quien añoraba la posibilidad de que estuviera herida en cualquier hospital, o tal vez en otro país, como ha sucedido con algunos damnificados de la tragedia.
Sin embargo, el viernes apareció el cuerpo de una mujer con las características que él había descrito. Simón y su cuñado, Yesid Rivero, se acercaron al cadáver, pero no lo reconocieron por el estado en el que quedó.
Minutos más tarde los rescatistas les dijeron que la mujer tenía un anillo en el dedo anular de la mano derecha; el anillo de bodas, con el nombre de Simón tallado en el respaldo, fue la pieza clave para identificarla.
Simón camina por el campamento de la Cruz Roja Colombiana en el aeropuerto de la capital haitiana, el mismo lugar donde vio por última vez a su esposa y que hoy es el centro de operaciones donde llegan todas las ayudas para los dolientes de la catástrofe; se lleva las manos a la cabeza, mira al cielo y confiesa que todo esto sucedió por la voluntad de Dios. “Si, Él permitió que esto pasara, también nos dará la fuerza para superarlo”, dice el hombre, resignado, quien también es pastor de una iglesia cristiana en Bogotá. “Conociéndola, sé que ella me diría: esfuérzate, hay que salir adelante. Y lo voy a hacer por amor a ella”, sentencia, con voz afligida.
Son las 10 de la noche del viernes y Simón y su cuñado hablan con las autoridades colombianas sobre la forma en la que será repatriado el cadáver.
Este era examinado en el hospital habilitado por Argentina en el aeropuerto de Puerto Príncipe. Su familia, en Bogotá, tiene todo listo para las exequias.
-Y ahora, ¿qué va a hacer?
Simón guarda silencio por varios segundos, sus ojos se encharcan y un nudo en la garganta le frena las palabras. Toma aire, respira profundo y con la voz quebrantada dice que seguirá luchando, que quiere quedarse a vivir del todo en Bogotá.
“Colombia es un país maravilloso. Me lo ha dado todo. Me dio a Sandra”.

No cesa la tragedia de los niños haitianos


Tras el terremoto, los pequeños siguen con hambre, están enfermos, no tienen vivienda ni educación y se exponen a tráfico de personas y a abuso. Un millón y medio de pequeños quedaron damnificados.

JOSÉ ALBERTO MOJICA Y OLGA MORALES
ENVIADOS ESPECIALES DE EL TIEMPO
*PUERTO PRÍNCIPE (HAITÍ).
Con los ojos cerrados, de rodillas y con sus pequeñas manos cruzadas y pegadas al pecho, cincuenta niños haitianos dejan de jugar por un momento y se disponen a rezar.“Dios, gracias por protegernos”, dicen al unísono; unos agradecen por haberse salvado del terremoto del pasado 12 de enero. Otros claman para que el mundo nunca se olvide de ellos.

Están dentro de una carpa que concentra el calor y está levantada en el patio de un colegio que es ahora el refugio de al menos cinco mil damnificados de la catástrofe. Después de la oración se levantan a brincos, dispuestos a jugar, cantar y a bailar.

“Los niños tienen una capacidad asombrosa de recuperación emocional, que no tenemos los adultos. Es importante que retomen sus juegos y su vida cotidiana para que superen lo sucedido”, dice Caroline Hilari, encargada del área de salud de la ONG Save the Children en Haití. Sin embargo, la situación de los niños de este país está muy lejos de mejorar.

Según la ONU, las condiciones en las que sobreviven tras el terremoto representan la más grave crisis de protección de la que se tiene registro, en toda la historia, después de una emergencia humanitaria.

Ya antes de la tragedia la niñez haitiana estaba sufriendo. Datos oficiales cuentan que 50.000 pequeños no tenían familia y que unos 300.000 vivían en orfanatos. Además, seis de cada diez padecían de desnutrición crónica. Las cifras, después dos meses del terremoto, son dramáticas: un millón y medio de niños quedaron damnificados; en 341 orfanatos cuidan a 21.949 niños sin familias.

Sólo en Puerto Príncipe hay 200 hospicios y uno de estos lo dirige Yveliane Pierre, quien cuida –con sus propios recursos– a 19 niños abandonados o huérfanos. Allí conocimos a dos niñas, de 9 y 2 años, que fueron regaladas por su madre. Luego de perder a su esposo y su hogar el 12 de enero, “prefirió entregarlas voluntariamente a verlas aguantar hambre”.

Otros pequeños están al cuidado de algún pariente o vecino, como Sophie, de 4 años. Sus padres fallecieron y ahora es responsabilidad de una tía que tiene cinco hijos.La niña, descalza, temerosa y visiblemente triste, está sentada en un andén con la mirada perdida. Una prima, seis años mayor, se acerca al vernos con ella, la abraza y nos cuenta que hace dos días no prueban bocado.

Evens Marceline, un adolescente de 16 años que vio cómo calcinaban a su madre entre un racimo de muertos y que ahora vela por tres hermanas menores –dice que su padre está muy viejo–, se ofrece como traductor del creole (lengua local) al inglés, en el recorrido que hicimos por la capital haitiana con el fin de conocer el drama de los niños. Sólo nos pidió comida a cambio de su trabajo. Con él, recorrimos las ardientes calles de la ciudad, donde los niños hormiguean por todos lados. No en vano, el 40 por ciento de los haitianos tiene menos de 14 años.

Están en las calles pidiendo comida y agua; durmiendo en los andenes, muy cerca de los escombros donde aún permanecen sepultados cientos de personas; refundidos entre nubes de moscas a las que ya se cansaron de espantar; durmiendo en el piso, cobijados por el firmamento o resguardados por plásticos, cartones o sábanas.

Según cifras de Unicef, 302.000 niños se han desplazado en los últimos días a zonas rurales.


Víctimas de todo

Según Hilde Johnson, directora adjunta de Unicef, tras el terremoto los niños haitianos –ahora viviendo en campamentos y en las calles– están expuestos a ser víctimas de tráfico y adopciones ilegales, a maltrato físico, abuso y explotación sexual y esclavitud.

Antes de la tragedia, 70.000 niños trabajaban en servicios domésticos y en otras formas de servidumbre. La denuncia de Unicef de la desaparición de 15 niños que estaban en hospitales y el caso de los ciudadanos estadounidenses que pretendían sacar ilegalmente a 33 niños dejan al descubierto su vulnerabilidad.

Los niños sobrevivientes, según la ONU, están padeciendo anemia y deshidratación severa pese a los esfuerzos por distribuir las ayudas que llegaron de todo el mundo.También está aumentando el número de niños afectados con malaria, paludismo, diarrea e infecciones respiratorias por las condiciones insalubres en la que conviven; hacinados en cambuches comunitarios, en medio de basuras y excrementos humanos y animales.

Sin embargo, a la fecha han sido instaladas 3.673 letrinas. El tema sanitario se hace más complicado, con la llegada prematura de la temporada invernal: las lluvias empezaron a crear ríos que en su cauce llevan muertos de los que no se tenía razón, escombros y enfermedades para toda la gente, sobre todo para los menores.

A todo esto hay que sumarle que, a falta de hospitales, no tienen acceso a servicios médicos (sólo atienden, por ahora, casos de urgencias), pese a que ONG como Save the Children montaron clínicas ambulantes. Y como las escuelas se fueron al piso (unas 5.000), no tienen adónde ir a estudiar.

Sin embargo, el gobierno nacional anunció que desde el primero de abril la mayoría de escuelas abrirán de nuevo en carpas adecuadas para la educación.Unicef ha hecho un llamado para que el mundo no se olvide de Haití y menos de sus niños: sin techo, sin comida y sin escuelas ni hospitales, y muchos sin sus padres, están ahora más desprotegidos que nunca.

Brindarles lo que necesitan para que puedan llevar una vida digna y feliz tardará mucho tiempo.Instituciones como Unicef y Save the Children han aclarado que la adopción debe ser el último recurso para los niños huérfanos. Veronique Taveau, vocera de Unicef, ha explicado que están trabajando para encontrar a los familiares de los niños huérfanos, y esperando –en algunos casos– a que tal vez aparezcan aquellos que están desaparecidos.


Nacer en medio de la tragedia

El niño nació al día siguiente de la tragedia, en una carpa donde a esa hora unas 20 personas trataban de dormir.
Marie, su madre, cuenta que no tuvo quién la ayudara en el parto, que el niño nació sobre una caja de cartón desarmada y que tuvo que cortarle el cordón umbilical con una cuchilla de afeitar.
Marie cuenta que casi no produce leche, porque el agua para beber es escasa.

Ella quedó viuda en el terremoto y está angustiada porque no tiene más que ofrecerle a su hijo que los cartones donde duerme.
Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Población (Unfpa) se estima que unas 63.000 mujeres haitianas darán a luz en las próximas semanas. Y no sólo preocupa su salud –pues la mayoría dará a luz en condiciones insalubres porque el sistema de salud sigue siendo precario–, sino por las condiciones en las que nacerán y pasarán sus primeros días los bebés.
La mortalidad de recién nacidos (vivos) es de 670 por cada 100.000 niños, además de los riesgos que corren las mujeres debido a múltiples complicaciones. En algunos casos, según ‘Save the Children’, las madres –a falta de leche– deben darles a los pequeños cualquier cosa de comida: arroz o fríjoles.
Además, las mujeres viudas y con hijos se han convertido en objeto de abuso sexual y esclavitud.

REPORTAJE COMPLETO CON VIDEOS Y AUDIOGALERÍA EN:
http://www.eltiempo.com/mundo/latinoamerica/situacion-de-los-ninos-en-haiti-luego-del-terremoto_7401367-1

* POR INVITACIÓN DE ‘SAVE THE CHILDREN’

Haití sobrevive mutilada y con hambre


La gente se sigue peleando por la comida. Todos luchan para reconstruir sus vidas, pero levantar de nuevo al país será una labor titánica.

JOSÉ ALBERTO MOJICA Y OLGA MORALES
ENVIADOS ESPECIALES DE EL TIEMPO*

El niño, en brazos de su madre, le pregunta: ¿Mamá, cuándo me van a poner la pierna nueva. Ya quiero salir a jugar”. Ella le dice que hay que esperar un poco; agacha el rostro, lo descarga sobre su hombro derecho y se echa a llorar sin que él se dé cuenta.
Moise Metelus tiene cuatro años y perdió la parte inferior de la pierna izquierda después de que una pared de su casa se le vino encima durante el terremoto que devastó a gran parte de Haití el pasado 12 de enero.
Es la 1:00 de la tarde y Moise espera un turno en las afueras del hospital del Sagrado Corazón, en Puerto Príncipe, para que le hagan la curación diaria en su muñón. En medio de su inocencia no entiende que su pierna nueva será una prótesis de fibra de vidrio y que pasarán varios meses para que se la entreguen.
Han transcurrido varias semanas de la catástrofe y los pocos hospitales que quedaron en pie, pero seriamente averiados, siguen atendiendo a los heridos en carpas habilitadas como consultorios y salas de cirugía. Al lado de Moise hay otra niña amputada, pero de la pierna derecha.
El lugar es un sólo lamento de decenas de personas mutiladas, de piernas o brazos, niños y adultos, en una espera infernal por algún medicamento que les permita aliviar en algo el dolor. Según la ONU, los hospitales carecen de morfina y de sedantes, y de prótesis como las que necesita Moise, quien se come a trozos una galleta, con la mirada perdida.
Tampoco es posible pensar, por ahora, en tratamientos de rehabilitación física y emocional para aquellos que sufrieron amputaciones, sobre todo los niños.
No se sabe aún cuántas personas resultaron amputadas, pero según la ONU, al día los 18 hospitales de la capital haitiana han venido realizando, en promedio, 50 amputaciones. Sólo en el hospital que visitamos se han realizado 150 de estos procedimientos.
Algunas cosas han cambiado en Puerto Príncipe desde que Haití se convirtió en noticia mundial. Ya no hay muertos en las calles, revueltos entre los escombros y la basura.
“Ahora lo que nos preocupa son los vivos, la gente que quedó sin nada y que necesita reconstruir su vida. Los muertos, muertos están”, dice Katheryn Bolles, directora global de la salud y la nutrición en emergencia de la ONG Save the Children.
La mujer, que lleva 10 años de labores humanitarias en Haití, se refiere al millón de personas que se quedaron sin techo y que ahora vemos, desde un campero, hacinadas en campamentos improvisados: parques, jardines, parqueaderos y lotes baldíos tupidos con carpas levantadas con palos, telas, cartones y plásticos.
Muchos más sólo pueden cobijarse con el firmamento, que en el día es una caldera; el calor abrasador supera los 40 grados de temperatura. En las noches el frío es fuerte, pero llevadero.

Rapiña por agua y comida
Un niño, con una botella de plástico vacía, pega su cara en la ventana izquierda de nuestro vehículo y nos pide agua. No tenemos, y no es prudente dar agua ni comida en las calles: podríamos salir linchados como muchas personas que, por su propia cuenta, han salido a repartir ayudas.
“La gente está cansada, hambrienta y antes situaciones como estas reacciona con violencia, y eso es natural ante la catástrofe”, explica Mathew Thacker, especialista en emergencias de Save the Children.
Las mujeres y los niños aguardan entre sus cambuches, como Marie y sus cinco niños. “Los hombres tienen el poder y se quedan con la comida”, se lamenta ella, quien a las 3:00 de la tarde no les había dado bocado a sus hijos en la carpa que comparte con otras 20 personas a quien la tragedia unió bajó el plástico que hace las veces de techo.
A su lado, Mashina vende dulces y cigarrillos en un balde plástico, y nos cuenta que el menor de sus cinco hijos, de un año, murió aplastado.
Con el rostro adusto y sin ningún aparente gesto de dolor, cuenta que vio cómo los bomberos se llevaron el pequeño cuerpo de su hijo y lo calcinaron junto con un racimo de muertos.
“Lo que se fue, se fue; hay que esperar por un mañana mejor”, dice la mujer, con la voz casi apagada.
Fue entonces cuando recordamos las palabras del capitán Andrés Miranda, a quien conocimos horas antes. Él pertenece al Sistema Nacional de Prevención y Atención de Desastres de Colombia, y desde el 15 de enero y hasta finales del mes se la pasó descuajando los escombros de Puerto Príncipe en busca de vivos y muertas.
“Puede ser una cuestión cultural, o de credo, pero los haitianos no son dolientes de sus difuntos. Ven a sus muertos en el suelo y no les interesa nada. No los lloran, como los colombianos”, dice.
La prioridad ahora, según las autoridades locales, es suministrar la comida y líquidos. Por las calles de Puerto Príncipe caminan cerdos, cabras y gallinas, aparentemente bien alimentados.
Sin embargo, nadie se atreve a atraparlos para comérselos, pues no saben cuál fue la última merienda que engulleron: desechos tóxicos o, tal vez, algún cadáver.
Hay cosas que no cambian desde el día de la tragedia, como la angustia por conseguir algo de comida. Estamos frente a la derrumbada Casa Blanca, la antes imponente sede presidencial. Una volqueta, a 30 kilómetros por hora, pasa escupiendo mercados en bolsas plásticas estampadas con flores amarillas.
Desde arriba, hombres nativos contratados para este fin, arrojan las ayudas como si le estuvieran tirando alimento a los cerdos o maíz a las gallinas.
Una turba, iracunda y armada con cuchillos y hachas, corre tras la volqueta; algunos, más osados, se adhieren como sanguijuelas al vehículo. Un hombre, que logró un mercado, es atacado a cuchillo por la espalda: un herido más, todo por un poco de comida. Una mujer, tal vez pariente, grita pidiendo ayuda y nadie la escucha. Es la lucha del más fuerte.
Dos cuadras más adelante encontramos una calle muy parecida al antiguo Cartucho, en Bogotá. Las mujeres se aprovisionaron de abarrotes y preparan frituras en medio de nubes de moscas, basura y excrementos humanos y animales.
Otros, ferian lo que logran rapar de la ayuda que distribuye la cooperación internacional, y que hasta el momento no es suficiente.

Las noches en Puerto Príncipe
Es difícil conciliar el sueño en Puerto Príncipe. En las noches se escuchan disparos al aire libre, en algunos casos por enfrentamientos entre la misma comunidad, o para ahuyentar a quienes se enfrentan, hasta la muerte, por un pedazo de pan.
Un hombre joven, de unos 20 años, con el rostro desencajado y con la mano derecha en su bolsillo y la otra estirada, se acerca al vehículo que nos moviliza con dificultad debido al caos del tráfico.
Ya nos habían advertido que los haitianos están molestos con la prensa, con tanta gente venida de todo el mundo a tratar de ayudar, con las filas de soldados estadounidenses que imponen el orden. Todos esperan que, el que se acerque a ellos, los ayude de alguna manera.
Pensamos que el sujeto quería atacarnos, pero se acerca a nuestro traductor, le toma la mano derecha y se la besa. Le pide que nos tranquilice. Con voz alegre y ahora sonriente, nos hace señas para que le tomemos una foto. Tras el disparo de la cámara, se acerca una vez más y nos dice: tout bagay ap miyó (todo va a estar mejor).

*INVITACIÓN DE SAVE THE CHILDREN

Chocó: hambre y dolor

En este departamento se suman todos los males de los niños: la desnutrición, el acoso de la guerra y la angusta de vivir en medio de la miseria.

Texto, a cuatro manos con mi colega y amiga Olga Morales*
En el Chocó se hace fiesta cuando un niño se muere. Nadie llora. Cuando un niño chocoano se muere, se va para el cielo: es un esclavo menos y un ángel más. Angelito negro. Esta es una de las creencias populares -cruel, por decir lo menos-con las que Edwin Herrera, un sacerdote antioqueño que lleva seis años trabajando en esa región, tiene que convivir.
Por eso, según él, muchas familias sienten alivio cuando saben que su hijo no estará más en este mundo para aguantar sufrimientos.
“Ahora, los niños están sometidos a una esclavitud ideológica, porque los condenaron a no tener futuro”, relata el religioso, párroco del corregimiento de Tutunendo (Quibdó) al explicar que el abandono estatal y la falta de oportunidades no les permiten ver más allá de su miseria.
“Hace mucho el pueblo negro vive la negación humana: ustedes no pueden, ustedes no tienen, ustedes no saben, ustedes no quieren”, añade.
Él no borra de su mente la imagen de un niño muriéndose de inanición, y la de otros que, al recibir alimentos, los vomitan de inmediato: sus cuerpos, acostumbrados al hambre, no toleran la comida.
Él fue la primera persona de un grupo de autoridades que aseguraron que la infancia está peor que nunca: el hambre es una plaga sin control y los niños se siguen muriendo de diarreas e infecciones respiratorias, consecuencia de la desnutrición.
Elvira Forero, directora del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), reconoce que aunque el hambre y la mortalidad infantil son graves, la situación ha mejorado.
Según el Dane, en el 2007 –dato más reciente– allí fallecieron 13 niños de desnutrición, mientras que seis años atrás las víctimas fueron 35.
El defensor del Pueblo del Chocó, Víctor Mosquera, opina que es muy difícil tener una cifra real. “Como no existe una atención en salud, muchos niños son enterrados en los pueblos y no hay un dato oficial porque nunca fueron registrados ante el Estado”.
Al respecto, la Directora del ICBF le dijo a EL TIEMPO que cree que esto es un mito e invitó al Defensor a brindar información precisa sobre su denuncia.
Durante los cinco días de recorrido por el Chocó, el común denominador fue encontrar a niños desnutridos y con hambre. Como los nueve hijos de Consuelo Palacios, quienes viven en un rancho de tres metros cuadrados, de piso de tierra y con un camarote donde todos se amontonan.
Las moscas merodean el único plato de comida que reciben al día: arroz con queso rallado. Ella dice que hace tres semanas no les da carne. Con las monedas que cambia por plátanos, sólo alcanza para eso y de vez en cuando para adobar la comida con hueso.
Existen familias desesperadas porque sus hijos comen apenas lo que les brinda el ICBF: un desayuno o un almuerzo. La entidad logró una cobertura en todo el Chocó, pero sólo soluciona una de las tres comidas diarias.
“No es sólo una responsabilidad del Estado, también es de los padres”, advirtió Elvira Forero, teniendo en cuenta que el presupuesto del ICBF para esa región, en el 2009, superó los $50 mil millones.
Luis Carlos Hinojosa, director de la Pastoral Social de Quibdó, cree que el asistencialismo fue malinterpretado por el pueblo que se acostumbró a mendigarles al Estado y a la cooperación internacional. Según él, los chocoanos adolecen de un proyecto de vida que les permita crecer.
“¿Qué va a suceder mañana, si no se le enseña a la gente a producir?”, lamenta él.
Por miedo, pueblos se quedaron sin niños
No hay gritos, no hay risas ni chapuceos en el río. Aunque hay gente, iglesia, casas y canoas tapizadas con ropa tostada por el sol, no hay niños. Las mujeres restriegan la ropa contra una piedra mientras que otras ‘bailan’ sus bateas en el agua con el anhelo de pescar algunas pepitas de oro para cambiarlas por comida. A diario, todas lloran por sus hijos ausentes.El pueblo sin niños germina de la selva húmeda y ardiente. La escuela, donde antes estudiaron 60 pequeños, se la devoró la manigua. En sus paredes, bañadas en moho, sólo cuelga un almanaque del 2004, el año en el que el desplazamiento desterró a toda la población. De las 50 familias que tenía, solo 12 retornaron, sin nada entre las manos, mucho menos sus hijos. Esta situación se presenta en varios pueblos apostados a orillas del río Atrato, a los que la guerra les cambió la vida: los menores corren el riesgo de ser reclutados por los grupos armados ilegales que azotan la zona y por eso sus padres prefirieron enviarlos a sitios más seguros como Quibdó e Istmina. “Tengo 6 hijos y todos están en Quibdó. El hermano mayor los cuida”, dice María en voz baja y temblorosa, como quien revela un secreto.– ¿Y por qué están allá?–Hay muchos problemas y, para que les vaya a pasar algo, mejor que estén lejos. La secretaria de Planeación del Chocó, Alcira Chaverra, reconoce que los niños chocoanos viven en un constante riesgo de que se los lleven a la guerra. El único dato oficial cuenta que 100 menores han sido reclutados ilegalmente en los últimos tres años, pero podrían ser mucho más.La Pastoral Social de Quibdó afirma que esta es una problemática de grandes proporciones: los niños se crían solos, trabajan en oficios domésticos y se exponen a ser víctimas de abusos o de explotación sexual. Los que viven allí creen que sus pueblos están condenados a desaparecer. No solo faltan los niños; tampoco hay escuelas ni centros de salud y denuncian que el Estado no les ayuda en nada. Tal vez tengan razón: donde no hay niños, no hay vida, no hay futuro.

Cifras alarmantes no son aceptadas por el Gobierno
Los niños flacos, pero barrigones, juegan descalzos al fútbol y a la guerra. En la comunidad indígena Wounnán, a la que llegamos tras cuatro horas a bordo de una lancha que en su punta ondeaba una bandera blanca en señal de paz, es normal que los pequeños se diviertan jugando a dispararse con pistolas de juguete.
Los ranchos donde viven están adornados con hamacas, racimos de plátanos, bultos de yuca, papa y ahuyama: el fruto de la tierra y el único alimento. Ni los niños barrigones ni sus padres saben que esos vientres abultados son la cosecha de los parásitos y de la desnutrición.
Aunque los Wounnán están arraigados a su herencia ancestral, la precariedad en la que viven pone en riesgo a los niños. Así lo admite Eleuterio Chocho, vocero de la comunidad, quien lamenta la ausencia de un centro de salud, y quien asegura que la Bienestarina y los desayunos del ICBF no son suficientes.
“Uno va a las comunidades y ve que los niños están aguantando hambre y que se mueren de desnutrición”, advierte el padre Luis Carlos Hinojosa, director de la Pastoral Social de Quibdó, quien nos entregó un estudio, hasta ahora desconocido, sobre la grave situación de los niños indígenas chocoanos.
El documento, hecho por la ONU, con participación de tres de sus instituciones: Plan Mundial de Alimentos, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y Unicef, arrojó resultados aterradores (ver gráfico). La directora del ICBF, Elvira Forero, admitió que lo conoce, pero aclaró que no fue aceptado por Minprotección por su metodología: “Sin descalificarlo, preferimos seguir atendiendo niños que polemizar sobre el tema”. Las organizaciones que realizaron el documento invertirán, en la región, 7 millones de dólares a partir del 2010.

Datos de la discordia
Desnutrición crónica
(0 - 5 meses)………….. 73%
Desnutrición severa
(0 - 59 meses)………….42,4%
Inseguridad
alimentaria severa……..94,3%
Sin servicios
Sanitarios…………….…93,5%
Sin tratamiento
de agua………………….83,1%
Prevalecia de anemia
(1 - 4 años)………………53%
Sin ninguna vacuna
(12 - 24 meses)………....39,9%
Estudio hecho con 1.588
familias indígenas del Chocó.
Fuente: ONU Gráfico CEET

*Este reportaje hace parte del especial sobre la situación de los niños de Colombia, publicado en EL TIEMPO el 17 de diciembre del 2009.
http://e.eltiempo.com/media/produccion/infancia/index.html


Foto: Héctor Fabio Zamora/EL TIEMPO

Un día en Santiago de Chile



JOSÉ ALBERTO MOJICA P.
ENVIADO ESPECIAL DE VIAJAR
CHILE


“¡Bienvenido a la primavera!”, dice Enrique Ríos, el guía turístico encargado de recogerme en el Aeropuerto Internacional de Santiago de Chile.
La tarde de domingo es gris, nada se ve al horizonte; cae una lluvia leve pero de gotas heladas, hace un frío punzante y el viento sopla fuerte, despiadado.
-¿Así es la primavera aquí?, le pregunto, sorprendido, a Enrique.
-¡Claro!, estamos en primavera, pero el clima aún no se ha normalizado del todo-, responde él.
Acaba de pasar un invierno azotador y ahora los santiaguinos esperan ansiosos el turno de la estación primaveral, que viene llegando despacio y aún fría.
“No te desanimes. El día está gris y lluvioso, pero mañana vas a agradecer que haya llovido. Ya verás”, sentencia Enrique.
Es un nuevo amanecer en Santiago, el primero para mí. El cielo está despejado, azul oceánico. Al fondo se levanta imponente la cordillera de Los Andes con sus nieves perpetuas; allí, entre junio y septiembre, se deslizaron raudos los esquiadores –de todo el mundo- en la famosa temporada anual de esquí de Santiago.
El enorme macizo, que custodia la ciudad y que desata un espeso cordón austral que conduce de Chile a la Antártida, parece un dinosaurio en su lecho.
Comprendí los buenos augurios de Enrique y bendije el gélido recibimiento. Cada vez que llueve se desintoxica un poco la ciudad: el día siguiente se despeja, ahuyenta el smogy regala un paisaje privilegiado que se ve poco en Santiago, una de las ciudades más contaminadas del continente, producto de la industria, del abarrotado parque automotriz y de sus seis millones de habitantes.
La noche anterior me fui a un boliche con mi amiga y colega Francisca Skoknic. Los boliches son una suerte de bares, un tanto populares, donde se puede comer y tomar un buen vino o una cerveza refrescante.
El escogido, el Galindo, en el sector bohemio de Bellavista, frente a Azul Profundo, uno de los restaurantes más conocidos de la ciudad. Allí, como en la mayoría de restaurantes de Santiago, la especialidad son los pescados y mariscos.
A pocas cuadras, me enteraría después, planean construir una escultura de 13 metros del papa Juan Pablo II. Según lo relata el periódico local The Clinic, “la desproporcionada estatua que la Municipalidad de Recoleta y La Universidad San Sebastián pretenden instalar, ha despertado todo tipo de rechazos entre laicos, vecinos y gente con sentido de las proporciones”. Seguro, el Juan Pablo II gigante llamaría a muchos turistas.
Francisca y yo pedimos pisco sour (coctel típico que comparten y disputan los chilenos y peruanos como un trago propio); de entrada unas machas a la parmesana (moluscos en su concha) y de plato fuerte una chorrillana: carne desmechada con cebolla dorada enredada entre papas fritas crujientes.
La idea de salir con Francisca, además de verla después de casi tres años, buscaba que ella, como buena santiaguina, me hiciera las recomendaciones del caso para poder conocer y disfrutar de su ciudad en, apenas, un día. El tiempo disponible en este caso. Y así lo hizo.
Día de copas y caminatas
El guía, esta vez, es David Chávez. ”No puedes dejar de ir a un viñedo”, dice el hombre e indica que vamos para Concha y Toro, tal vez el más famoso de la zona.
Recorremos los alrededores, conocemos las cepas y llegamos a la bodega más visitada: Casillero del Diablo.
Suena música sacra y una voz grave empieza a narrar la leyenda que dio origen a la cava y al vino que lleva su nombre.
Don Melchor de Concha y Toro, el fundador, difundió el rumor de que allí habitaba el diablo, para que no le robaran sus vinos preferidos. Y el rumor se convirtió en leyenda. Apagan la luz, la música sigue y al fondo, entre rejas, se dibuja la silueta del diablo. Da un poco de susto.
Luego, un cata de vinos y una tabla de quesos; me quedo con el Merlot y ratifico por qué los chilenos son considerados como unos de los mejores vinos del mundo.
Salimos de Concha y Toro ya con varias copas en la cabeza, rumbo al Mercado Central, escenario de lo más representativo de la gastronomía local.
Entramos a El Galeón, donde el platillo estrella es la centolla, un cangrejo gigante de hasta tres kilos de peso que solo se da en Alaska y el sur de Chile. Es demasiado exótico para mí, así que pido un jugoso congrio chileno y una ensalada de salmón con jugo de chirimoya (similar a la guanábana).
Caminamos por el Cerro de Santa Lucía, desde donde, a las 12 del día, se dispara un cañón que estremece el centro de la ciudad (y a cualquier turista desprevenido), indicando la hora. La tradición sobrevive desde 1824. Lastimosamente no lo escuché, a esa hora aún estaba de copas.
Algo me parece familiar en las calles de este lugar. Son los buses de Transantiago, un modelo que emuló al TransMilenio bogotano, pese a que allí hay metro desde 1975.
No tienen carriles exclusivos, ni una infraestructura como los nuestros. Ruedan por las calles entre el resto de vehículos, y tampoco son rojos, estos son blancos con franjas de color verde manzana.
Arribamos a la Plaza de Armas, donde hay un monumento del fundador, el capitán español Pedro de Valdivia; un quiosco donde un grupo de hombres, ya entrados en años, juega ajedrez; universitarios que leen libros y gitanas que leen la suerte en las manos; un pintor dormido al lado de sus cuadros y un pastor evangélico que escupe profecías sobre el fin del mundo.
A una cuadra, en la estación del metro, el grupo Son de la Calle interpreta La gota fría. En lugar de acordeón, un saxofón dorado. Dicen que les encanta el sabor de la música colombiana y que el vallenato, a su modo (chilenizado) les da de comer.
Admiran al maestro Rafael Escalona. Tuve que anunciarles que él murió el pasado mes de mayo, noticia que ignoraban.
Al fondo, la Catedral Metropolitana, construida en 1651; majestuoso y pálido, el principal templo católico de Chile contrasta con un edificio moderno de vidrios azules. En Santiago la arquitectura es uno de sus más valiosos tesoros, pero logra ser variada y un tanto particular.
Después me encontraría con el edificio de Telefónica, levantado en forma de teléfono celular: de los primeros que existieron, hace unos 20 años, con una antena enorme en la punta. Está en la Plaza Italia, en medio de bellísimas construcciones históricas. Se ve aparatoso, hoy, además, en épocas del iPhone.
Caminamos hacia el barrio cívico, donde están la Plaza de la Constitución y el mítico Palacio de la Moneda, testigo del trasegar político chileno en aras de la democracia.
El Palacio, adornado con globos que llevan mensajes alusivos al Bicentenario de la Independencia, se apaga en las noches. Todo, por sumarse a la cruzada contra el calentamiento global.
Ahora entramos al Centro Cultural, sofisticada edificación subterránea (debajo de la Plaza de la Ciudadanía) donde hay una exposición en honor a la cultura mapuche y otra con la obra de Violeta Parra.
Santiago tiene una nutrida vida cultural. Hay unas 20 galerías de arte y 30 museos de variados estilos. Entre estos, uno de los más visitados, el de La Chascona; allí el poeta chileno Pablo Neruda vivió con una de sus musas.
Queda en las laderas del cerro de San Cristóbal, donde precisamente empieza a agonizar el día, y mi visita maratónica por la capital chilena.
Es el pulmón natural de la ciudad y uno de los parques urbanos más grandes del mundo. Tiene una extensión de 722 hectáreas, alberga al zoológico nacional, museos, lagos y piscinas. Es el lugar propicio para hacer deporte y respirar oxígeno puro. Y también para recargarse de energía y de paz en el alma.
“Es como vuestro Monserrate”, recuerdo que me había advertido mi amiga Francisca, quien conoce y adora ese rincón bogotano.
En la cumbre del cerro se impone una imagen de 22 metros y 36 mil kilos de la Inmaculada Concepción. La virgen, patrona de Chile, representa el principal símbolo de la ciudad. Es blanca y tiene los brazos abiertos, al estilo del Corcovado de Río de Janeiro.
Muy cerca, en la capilla de la Plaza Vasca, están las esculturas bronceadas de los dos santos chilenos: Santa Teresa de Los Andes y San Alberto Hurtado, ambos canonizados por Juan Pablo II.
Si usted va a Santiago, también tiene que conocer algunas expresiones muy tradicionales y muy simpáticas. Chilenismos.
Óscar, amigo de mi amiga Francisca y quien nos acompañó en la comida, dice esto, en forma de pregunta:
-“¿Cachai?”
Es la forma de preguntar si, el otro, comprende lo que se está diciendo, explica él. Cachas, pero con una i al fina, y sin la ese.
-Sí, ya entendí, o cacho, mejor, le respondo.
También está la expresión ‘po’, que se usa para enfatizar algo que resulta evidente o que ya fue dicho, después de una frase. Es como el pues, que se suele usar en Colombia.
Y para preguntar ¿cómo estás?, lo dicen así: ¿Comostai?
Llego al hotel y la recepcionista indaga, amablemente, por mi visita.
-“¿Comostai?”, pregunta.
-Muy bien, que bella y sorprendente es esta ciudad. Creo que podría vivir aquí. ¿Cachai?

Cruzando el paraíso


El Cruce Andino, que comunica a la Patagonia chilena con Argentina, es un regalo para el espíritu. Relato de un periplo mágico por entre volcanes y lagos. De Puerto Montt a Bariloche.


JOSÉ ALBERTO MOJICA P.
ENVIADO ESPECIAL DE EL TIEMPO

El volcán Osorno se ve como una copa de helado impecablemente servida, como si tuviera una capa de chocolate blanco cristalizado en su cumbre de nieves perpetuas. Es imponente, bellísimo; representa la figura perfecta del volcán que les enseñan a los niños en los libros escolares: verde en sus laderas e inmaculado en sus alturas.
Charles Darwin fue testigo de una de sus erupciones, en 1835, desde la ciudad chilena de Ancud. Esa, su última erupción, duró 15 años. Desde entonces permanece como lo estoy viendo ahora: apacible, pero también altivo. Y yo, un humilde peregrino, no puedo dejar de contemplarlo.
El volcán, uno de los 2.000 que hay en Chile, está ubicado en la cordillera de los Andes, al borde del lago Llanquihue; en la región de Los Lagos, al lado opuesto de la ciudad de Frutillar. Y es la primera de un inventario de beldades que, a partir de ese momento, empezarían a desplegarse ante mis ojos en el Cruce Andino que desde el año de 1913 atraviesa montañas, bosques, ríos, lagos y leyendas entre Chile y Argentina.
Aún no sabía que el Osorno, que guarda un tremendo parecido con el Fuji (Japón) y que fue bautizado por los nativos con el nombre de Pirepillán –que significa demonio de la nieve- me acompañaría en casi todo mi periplo por la Patagonia chilena. Casi.El viaje comenzó dos días atrás, cuando volé cinco horas, desde Bogotá hasta Santiago de Chile.
Después de un día de viñedos y de una visita maratónica por la capital chilena, emprendimos otro vuelo, esta vez, rumbo a Puerto Montt; ciudad de 130 mil habitantes, capital de la región de Los Lagos que vive de la industria del salmón. Iván Bobadilla es un chileno de 55 años que hace 10 cambió de trabajo: dejó las estrechas oficinas de un banco y ahora despacha desde los parajes mágicos que, como guía turístico, me empieza a mostrar. Buena decisión, Iván.

“El día de hoy vamos a recorrer la región de Los Lagos”, dice él con una voz que sale apretada.Salimos de Puerto Montt, tomamos la vía Panamericana que recorre a Chile a lo largo. “Chile es como un espagueti: largo y angosto”, explica Iván.

El paisaje es así: praderas verdes, casas que parecen retratos de postales, vacas pastando, campesinos ordeñando vacas; cultivos de papa, maíz y cebada, y un espeso cordón de arbustos florecidos de amarillo que recubre la carretera a lado y lado.
Los arbustos, que acicalan la vía, no son más que una plaga que se ha convertido en un problema para la región. Se llaman chacai o espinillos, y fueron traídos por los alemanes que colonizaron la zona con el fin de cercar sus propiedades. Pero la planta fue creciendo y hoy está fuera de control. Además de arrasar los cultivos que se atraviesan en su camino, son combustible perfecto para los incendios. Tienen las raíces aceitosas y, apagarlas, es tarea de titanes.

Desde allí empezamos a divisar al volcán Osorno, y al lado, al Puntiagudo, bautizado así por su figura geométrica. El reloj marca las 12:30 del día. Hora del almorzar en un restaurante a orillas de la carretera: El rancho espantapájaros. Hay que decidir entre jabalí y ciervo al palo (asado). Me quedo con el primero. De acompañante, una cerveza casera.

Desde los ventanales del lugar se observa el lago Llanquihue, el más grande de los 15 de la región. Tiene cerca de 89 mil hectáreas, y es el tercero más extenso de Latinoamérica; el primero es el Titicaca, y el segundo, el General Carrera.El restaurante, rodeado por llamas, cabras y avestruces, es atendido por su propietario, el alemán Fiegfried Brenszland. Hombre amable de ojos verdes vistosos y dueño de una sazón exquisita.
A 15 minutos está Puerto Octay, una población pequeña que tiene una iglesia construida en maderas de alerce y ciprés –el templo es patrimonio histórico; y en la plaza, un árbol tupido de florecitas moradas, y otro, un ciruelillo milenario, robusto y frondoso que tiene las raíces por fuera y apuntando hacia el cielo.

Tomamos carretera de nuevo y atravesamos un bosque de árboles nativos como el alerce, que ya no se puede cortar –está en vía de extinción- y un lote tapizado con franjas perfectamente delineadas con tulipanes de colores: blancos, rojos, amarillos, verdes. Seguimos bordeando el lago y llegamos a Frutillar, una población conocida porque allí, en el mes de enero, se realiza un festival internacional de música clásica. No en vano su símbolo es una clave de sol.

Al lado, en la playa aún fría por los rezagos del invierno que se le interponen a la naciente primavera, dos mujeres entradas en años toman el sol cubriendo sus rostros con las páginas de un periódico; un perro espanta a los pájaros y en el fondo del agua, diáfana, reposan cientos de deseos arrojados en monedas.

Llegó la hora de navegar
Ya estamos en Puerto Varas, una ciudad de 40 mil habitantes que es el eje del turismo de la región. Tiene 17 hoteles de primer nivel; uno de estos, recién inaugurado, es el Cumbres Patagónicas. Allí nos hospedamos. Esa noche el cantautor chileno ofreció un concierto en el hotel; primero me lo encuentro en la piscina, y luego, en el escenario.

En el centro del pueblo, conocido como ‘la ciudad de las rosas’, algunos turistas rezan en una iglesia ubicada la cima de un pequeño bosque, mientras otros se entregan al juego y a los devenires de la suerte en un casino de casi una manzana de extensión.

En Puerto Varas hay un muelle de madera donde cinco lugareños tienen sus esperanzas colgadas en cañas de pescar. En toda la tarde solo uno de ellos ha tenido suerte con el anzuelo: una trucha mediana que ahora se revuelca en un balde rojo.

Es un nuevo amanecer en Puerto Varas. Un bus repleto de turistas –colombianos, costarricenses, venezolanos y muchos brasileños- nos adentra en el Parque Nacional Vicente Pérez Rosales. Nos bajamos en los Saltos del Río Petrohué, formados por las erupciones del volcán y cuyas aguas azules oceánicas –producto de los sedimentos minerales que bajan de la montaña- se pueden apreciar desde un mirador ubicado al final de un camino cercado por árboles nativos.

El río corre caudaloso, y cruje fuerte a su paso. Por fin abordamos al catamarán que hará uno de los tres recorridos fluviales del cruce por los andes. Son cuatro más, vía terrestre: unos 1.350 kilómetros desde Santiago hasta Bariloche (Argentina).

Navegamos el Lago de todos los santos, que lleva ese nombre porque fue descubierto precisamente el día de los iluminados de la fe católica. El lago es azul plateado; cerca del volcán Osorno, sus aguas se ven blancas, producto del reflejo de la nieve que lo reviste. El lago se ve tranquilo, sosegado; solo se mueve por el efecto del motor del catamarán.

El Osorno empieza a alejarse; o soy yo el que se aleja. Poco a poco se fue perdiendo en la retina. Ya no me acompaña más. Ahora me topo con el volcán Tronador, llamado así por el estruendo que produce cuando sus bloques de hielo se descuajan. Extraño al Osorno.

En el barco conozco a varios colombianos. “Este frío está bueno para un aguardientico”, dice Juan Camilo Gómez, de Medellín, 29 años, sonrisa generosa y quien lamenta no haber llevado ese trago. “Lo que más me ha gustado son los pingüinos de la Isla de Chiloé”, dice Martha Uribe, paisa también. Le cuento que no pase por ese lugar y ella me confiesa que tuvo que pagar 220 dólares de multa en el aeropuerto de Santiago por tratar de ingresar al país un paquete de chorizos antioqueños que le traía a su hermana gemela.

A Chile está prohibido ingresar carnes, frutas y verduras. Y embutidos como los chorizos. “Esto es muy hermoso, estamos cruzando el paraíso. Pero me hace falta la señora”, dice Flavio Agudelo, de 65 años. Su esposa no lo pudo acompañar en este viaje que él siempre había soñado.

Parajes mágicos
Desembarcamos en Peulla, un pequeño poblado empotrado en la montaña. Alberto Schirmer es el gerente del Natura, uno de los dos hoteles del lugar, que parece el paraje encantado de un cuento de hadas. Allí habitan 120 personas, todas trabajadoras del sector turístico; hay una escuela con ocho niños, sus hijos pequeños, y una aduana donde se registra el ingreso de los turistas a territorio argentino. Estamos en la frontera.

Es también el hogar de pumas y ciervos que no se dejaron ver. Schirmer es nieto de Ricardo Roth, el hombre que hace casi un siglo tuvo la brillante idea de convertir la ruta comercial que comunicaba a esa zona de Chile y Argentina en un destino turístico. “Peulla es un santuario de la naturaleza, y un lugar muy entretenido”, dice este chileno de ascendencia suiza al explicar que allí se puede, desde cabalgar por las laderas de los andes, pescar, escalar y hacer cánopi: deslizarse por entre los árboles a través de un sistema de cable.

Pernoctamos en Peulla. Destino del día siguiente: Bariloche. Pero primero tuvimos que entrar al Parque Nacional Nahuel Huapi; pasamos por Puerto Frías, donde tomamos un chocolate caliente con coñac, que sirvió para apaciguar el inclemente frío; ahora, Puerto Alegre y Puerto Blest.

Por fin estamos en Bariloche. Hace un frío estremecedor y el viento sopla con fiereza. Damos el paseo de reconocimiento: el centro cívico, con sus edificaciones de madera y piedra, las chocolaterías, la iglesia de torre puntuda. De comida, una parrilla argentina y un Malbec de la región de Mendoza.El viaje empieza a extinguirse en el cerro La Catedral, en Bariloche.

El centro de esquí más grande de Latinoamérica; ascendemos hacia los picos sentados en sillas elevadas por cuerdas y motores. Hace más frío acá arriba. Tocamos la nieve. Anhelada nieve, que empieza a descolgarse con la entrada de la primavera. Esquiadores de todo el mundo se deslizan raudos por la montaña blanca. No pude esquiar. Para hacerlo necesitaba, mínimo, medio día de instrucción y no había tiempo. Estar ahí, sintiendo la nieve, fue suficiente.

Cada vez que tengo el privilegio de viajar descubro que en cada sitio hay un paraíso posible. Cruzar los andes, navegando los lagos infinitos, surcando volcanes y bosques, no puede ser otra cosa que un viaje al paraíso.