Gays luchan por ser libres tras las rejas


Travestis, gays y lesbianas en las cárceles pagan más que una condena: la discriminación, el maltrato y el tormento de vivir un amor a medias.


JOSÉ ALBERTO MOJICA P.
REDACCIÓN VIDA DE HOY


El guardia, lista en mano, llamó a Henry Romero con una voz tosca y amenazante. Romero acababa de llegar a la Cárcel de Máxima Seguridad de Cómbita (Boyacá), trasladado de la Modelo, de Bogotá.
Y él, que se refundía entre un tumulto de reclusos recién desempacados, contestó y alzó la mano derecha. “Presente. Pero dígame Yessica”.
Le cortaron el pelo, lo obligaron a vestirse de hombre, le botaron las faldas, blusas y tacones, y también el maquillaje. Estuvo 43 días en Cómbita –por allá en el 2003–, donde según este ibaguereño de 50 años, fue maltratado y perseguido por ser una travesti en una cárcel de varones.
Aunque no todo fue malo. Hizo amigos, entre estos, dos célebres reos: los hermanos Rodríguez Orejuela. Fue su peluquera y hasta jugó fútbol con ellos.
Yessica, nombre que asumió desde que empezó su transformación femenina hace más de 30 años y quien paga una condena por el homicidio de otra travesti (lleva 9 años de condena, le falta año y medio), asegura que aunque no todo es color de rosa para los reclusos homosexuales, hoy los penales son menos hostiles con ellos.
“Si es duro ser gay afuera, en la libertad, imagínese como es en una cárcel”, dice ella al confesar que durante sus primeros años de presa intentaron violarla muchas veces; la golpearon y la mandaron –siendo sana– para el patio de enfermos de tuberculosis y VIH. Pero hoy, dice orgullosa, es la reina y la peluquera consentida de los 6.100 presos de La Modelo. Y no solo son más tolerantes con ella, sino con las demás travestis.
Yessica tiene razón. La calidad de vida de la comunidad Lgbt (Lesbianas, gays, bisexuales y transgeneristas), en las cárceles, ha mejorado.
Así lo demuestra un estudio realizado por la Defensoría del Pueblo entre junio del 2008 y marzo del 2009 en establecimientos carcelarios de todo el país, hecho con el fin de establecer cómo es su situación desde la mirada de los derechos humanos. Encuestaron a 350 personas que se autodenominaron como miembros de esta población, y a otras 690 entre directivas y funcionarios de los penales.
Los indicadores de agresión sexual, aunque preocupantes, no son mayoritarios como se suponía (un 14 por ciento). El 67 por ciento afirmó que el sitio de reclusión es respetuoso de la dignidad humana. No obstante, el 61 por ciento admite que ha sido discriminado. Y aunque el Inpec demostró voluntad de mejorar las condiciones de esta comunidad, faltan escenarios para que puedan recibir, por ejemplo, la visita conyugal.
Aunque está permitida, es difícil de llevarse a cabo porque el único espacio disponible es la celda que comparten con otros dos o tres internos.
Arturo Dávila, funcionario de la Defensoría del Pueblo que participó en la investigación –la primera en su especie en el país– comenta que aún existen casos de abuso sexual, prostitución y pago de favores con servicios sexuales. Y claro, de violencia física.
Katty tiene 22 años y hace 10 meses llegó a La Modelo. Realmente se llama Arles Yecid y asegura que está presa porque la confundieron con otra travesti que prostituía a menores de edad en el sector de Santa Fe, en Bogotá, donde ella también vendía su cuerpo. Hace cuatro meses, cuenta, un interno la derrumbó y le partió una muela de una patada. ¿Por qué? Según ella, no ha accedido a las propuestas de cama de muchos de sus compañeros.
“Llamé a la policía judicial, pero por ser lo que soy no me prestaron ninguna atención. La herida sanó sola. Nunca me dieron ni una pasta para el dolor”, relata.
Katty, pelo crespo negro y ondulado, figura robusta y pechos incipientes producto de hormonas inyectadas, no es la única maltratada. En el informe de la Defensoría aparecen testimonios como estos:
“Somos objeto de burla y manipulaciones. A los travestis nos obligan a meternos un celular en el recto bajo amenazas. Nos tiran bolsas de orines, nos insultan y nos agreden verbalmente. Algunos guardias también lo hacen”.
Otras travestis dicen: “Me toca bañarme cuando todos ya lo han hecho porque ellos me quieren violar. “Los internos siempre dicen que es mejor matarnos porque somos peores que los asesinos”

Las lesbianas son más libres
El estudio evidenció que, al contrario de lo que sucede en las cárceles masculinas, con las mujeres hay más tolerancia y organización. Y en medio del encierro, nacen historias de amor que superan los límites de las rejas.
Se estima que el 60 por ciento de la población carcelaria femenina sostiene relaciones con otras mujeres, aunque muchas sean experiencias de lesbianismo transitorio debido a la soledad y al abandono de sus maridos y novios.
El de Paola y Willy parece un romance imposible. Aunque se ven todos los días, sus encuentros se limitan a un roce de manos, a una caricia leve en las mejillas y a un intercambio de cartas de amor.
Están en patios diferentes y solo pueden verse cuando Willy aguarda, tras los barrotes, a que ella pase rumbo al restaurante.
Willy –explica Paola–, se llama Patricia. “Es un chachito”, dice esta joven de 22 años, sindicada de rebelión, al explicar que su ‘novia’, desde hace un año, es muy masculina.
Willy le pidió que se ‘casaran’ en una notaría, para que les permitan compartir celda. Solo han podido tener intimidad un par de veces. Pero ella, madre de dos niñas a las que no ve hace 10 meses, dice que no está preparada para eso. Mientras tanto, van a pedir la visita conyugal mensual a la que tienen derecho.
“Siempre he sido una señora”, cuenta Rosalba, de 39 años, de los cuales ha pasado siete en prisión, por homicidio. Le faltan nueve.
Su marido, dice, nunca ha ido a visitarla. Y ella, que juraba que nunca tendría nada con otra mujer, se dejó seducir por una joven –menor que ella– que la conquistó con un chocorramo y una gaseosa. Llevan un año juntas. Viven en la misma celda.
Mientras transcurre esta entrevista, su ‘mujer’ llega corriendo. Le entregaron su carta de libertad. Se abrazan, saltan, lloran. Rosalba teme la soledad venidera: la ausencia de su amada. Ella prometió visitarla, y nunca olvidarla. Partió al día siguiente.
Carmen, ojos verdes, pelo dorado en forma de cola de caballo y mejillas rojas, lleva un suéter rosado con la palabra girls estampada en el pecho.
Conoció a Rocío hace tres años, en la cárcel de Pereira. Pero al poco tiempo a Rocío la trasladaron para Armenia. Carmen fue enviada al mismo penal y se reencontraron.
Sin embargo, un año más tarde, Carmen fue remitida para Bogotá. Rocío se quedó, salió en libertad y se vino para la capital detrás de ella.
No ha conseguido trabajo. “Nadie le da trabajo a una ex presidiaria”, cuenta Carmen.
Todos los domingos, a las 2:00 de la madrugada, Rocío arriba al Buen Pastor. Es el día de visitas. Todo un sacrificio de amor verdadero.
“Es muy duro estar privado de la libertad, lejos de la familia, de mi hijo (tiene seis años). Y también del amor. Pero cometimos un error, un delito, y hay que pagarlo. Esto no es un hotel”.
Carmen anhela que Rocío, en su libertad, la espere y le sea fiel. A ella le quedan aún 15 años de condena.

Un ángel en el penal


Ella estuvo en la cárcel y allí conoció el drama de las reclusas y sus hijos. Los que viven con ellas deben salir a los tres años y a veces no tienen quién los cuide. Por eso ella montó una fundación y se encarga de velar por esos niños ajenos.


Blanca cumplió la promesa.
De una billetera verde de material sintético, sin dinero y con los recibos de los servicios públicos por pagar, Blanca Lentino saca los carnés de los hijos de varias reclusas de la penitenciaría del Buen Pastor para quienes ella es una segunda madre.
Muestra el documento de Lady, de cinco años, marcado con la palabra ‘interno’, con el rótulo del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (Inpec).
“Tengo dos mamás: mi mamá de la cárcel y mi mamá Blanca”, dice la niña sonriendo, mientras le cubre la cintura con un fuerte abrazo.
Hace dos años la madre de Lady, condenada en el Buen Pastor, le dio la autorización (pase jurídico) para que se encargara de ella. Al otro lado del inmenso portón azul de la cárcel bogotana de mujeres no tenía a nadie más que a Blanca.
La niña tenía que desprenderse de sus brazos. Acababa de cumplir tres años, límite de edad permitido para que los hijos de las internas estén con ellas.
“Una cárcel no es un ambiente sano para los niños”, reconoce la dragoneante Claudia Rincón, coordinadora del jardín infantil del Buen Pastor, y explica que a los tres años los niños son más conscientes de la realidad y deben salir para no contagiarse de la vida carcelaria.
Actualmente 32 niños, de los cero a los tres años, pasan el día en el jardín, instalado por el Icbf y el Inpec. Permanecen allí de las 7:00 de la mañana a las 4:00 de la tarde, hora en la que deben regresar a las celdas de sus progenitoras.
Según Rincón, lo ideal es que los pequeños queden bajo los cuidados de sus papás, de la abuela o de algún familiar. De lo contrario, terminarán en fundaciones de Estado o donde algún samaritano que quiera encargarse.
Ese fue el caso de Lady y Blanca, quien estuvo privada de su libertad durante seis meses, en el 2006.
Sobre ella recaía una orden de captura porque no volvió a pagar los impuestos de una empresa de operaciones turísticas en el Tolima, que tuvo que cerrar –en 1999- por presiones de grupos armados ilegales.
En esos 180 días de encierro pudo conocer de cerca la hostilidad en la que viven los hijos de las reclusas; los que nacen allí después de las visitas conyugales, y los que tuvieron que cambiar de domicilio cuando encarcelaron a sus mamás: de la casa a la prisión.

Una ‘madre’ de los niños del penal
Los pitidos agudos que empezaban a surcar los pasillos oscuros de la cárcel para despertar a las internas, desde las 4:30 de la mañana, dejaban a Blanca de una sola pieza. Desde esa hora, escuchaba el llanto de los niños que se colaba por entre los patios y los pasillos oscuros para desembocar en las celdas; un lamento infantil encarcelado.
Así que, como madre que es -en ese momento sus tres hijos ya estaban en el colegio y la universidad- decidió ayudar a sus compañeras con los quehaceres de la crianza.
A la primera que se acercó fue a la ‘Jota’, la interna más temida del patio cuatro, que tenía una niña de seis meses a la que salvó de morir ahogada entre las cobijas mientras ella le buscaba algo de comida. Ese gesto hizo que la ‘Jota’ cediera a sus ofrecimientos, al igual que el resto de internas.
Les conseguía pañales y leche, y les enseñaba trucos caseros para el resfriado de los niños o para el mal de estómago. Pero sobre todo, les inculcaba el amor que debían tener con esos niños que terminaron pagando su propia condena: ver la luz, dar los primeros pasos y aprender las primeras cosas de la vida en una prisión.
Sin embargo, los días previos a su salida –su caso fue archivado, nunca fue condenada- las internas no le creyeron que regresaría.
“Yo les dije: frescas que no las voy a dejar solas con esos niños, pero no me creyeron”, recuerda Blanca y explica que muchas, cuando recuperan la libertad, prometen regresar. No lo hacen. Blanca sí cumplió su promesa.
Mariela juega con su bebé, de un año, en un parque infantil con columpios y carruseles de colores desleídos, levantado en el patio cuatro del Buen Pastor, que es el patio de las reclusas con hijos.
La capturaron por Ley 30 (porte o tráfico de estupefacientes) hace 10 meses, cuando su bebé tenía apenas 3 de nacido.
“Este no es un lugar para el niño. Aquí hay mujeres muy malas, un ambiente muy pesado, muy feo”, relata Mariela, a quien le quedan dos años de condena.
Sin embargo, lo que más la angustia es la suerte –buena o mala- de su primer hijo, de cinco años, a quien en el momento de la captura tuvo que dejar bajo el cuidado de una vecina. Hasta el momento no sabe nada de él.
Niños como los de Mariela -tanto el de adentro como el que cuida la vecina-, se convirtieron en el motor que palpita en el alma de Blanca desde que salió libre.
Entonces, sin ahorros, sin trabajo, sin un esposo que según ella la cambió por una mujer mucho más joven –ahora tiene 49 años- decidió enfrentar esa desdicha con un nuevo y ambicioso proyecto: una fundación para ayudar a los llamados niños del penal.
Empezó a visitar amigos y familiares; a conocidos y desconocidos, pidiendo ayuda para comprar pañales, leche, compotas, juguetes, comida y ropa.
En esa cruzada conoció a Adriana Núñez, profesional en relaciones internacionales que se convirtió en su en su bastón.
Akapaná es el nombre de la fundación de Blanca. Significa, en quechua, “Joven huracán que se levanta valiente frente al sol”.
Y una de sus misiones consiste en llevar a los hijos de las internas, el primer jueves de cada mes, a visitar a sus mamás, una labor tan dispendiosa que la familia no asume en todos los casos.
Blanca se encarga de conseguir el transporte para que los niños lleguen hasta el penal y soluciona los trámites para el ingreso, que tienen el filtro riguroso de cualquier ciudadano.
También les consigue refrigerios, porque adentro no les dan nada de comer. Aunque a veces no reúne el dinero y los niños, cuenta ella, pasan hambre durante la visita.

‘El destino los hizo prisioneros’
Blanca también les hace seguimiento emocional. “Estos niños pierden los lazos con sus mamás. Muchos se sienten rechazados y los estigmatizan en el colegio porque sus mamás están presas. El destino también los hizo prisioneros”, lamenta Blanca.
Cuando un niño se enferma y la atención médica que le dan en la cárcel no es suficiente –no cuentan con pediatra- ella va, lo recoge y lo lleva al médico. También dedica su tiempo a sacar de la prisión a los pequeños, para mostrarles lo que hay al otro lado de los barrotes.
“Los niños lloran y gritan cuando van un parque, o al ver un carro o un centro comercial”, cuenta Blanca, quien vive en su casa con sus tres hijos, tres nietos, una nieta y dos hijos de internas que ya son como de la familia: la pequeña Lady y Andrés, de 10 años.
Además les ayuda, a las que recobran la libertad, a retomar el vínculo con sus hijos y a conseguir trabajo. Todo, tocando puertas, sin recibir nada a cambio.
Blanca, quien tiene estudios en administración de negocios, idiomas y sistemas, admite que ha sentido ganas de abandonar la lucha. Este trabajo le absorbe todo su tiempo; no le permite tener un empleo. “Es muy duro tener que pedirle ayuda a todo el mundo, pedir que lo lleven a uno en los buses por 500 pesos”.
Su gran meta es conseguir una sede donde los hijos de las internas puedan tener toda la atención necesaria. “Si no se les brinda una orientación a tiempo, nadie les podrá garantizar un buen futuro”. Por eso, busca patrocinadores.
Pese a las barreras que encuentra, la sonrisa de los niños que no tienen a nadie más que a ella, en reemplazo de sus madres cautivas, es la mejor recompensa. Eso la ha hecho libre.

fundacionakapana@hotmail.com
Tel: 3123742621

El adiós del cardenal Rubiano




Dice que desaparecerá de la opinión pública. El jerarca del Valle pasará a la historia por sus obras y por sus declaraciones punzantes sobre el acontecer nacional.

JOSÉ ALBERTO MOJICA P.
REDACCIÓN VIDA DE HOY

El cardenal se ve relajado, pleno. Su serenidad se vislumbra en sus ojos negros, cubiertos por unos lentes plateados de delgada montura.
Después de 54 años de vida sacerdotal y 15 como arzobispo de Bogotá, Pedro Rubiano Sáenz se despide de su feligresía con la alegría de un niño que espera sus regalos de Navidad.
Tuvo que esperar casi tres años para que el Papa Benedicto XVI le aceptara la renuncia que presentó al cumplir 75 años, edad exigida para el retiro canónico. La semana pasada le llegó la noticia con la designación de su sucesor, monseñor Rubén Salazar.
El cardenal se escabulle por entre los pasillos de la Conferencia Episcopal. No quiere hablar con los periodistas. Todos lo esperaban, pero no fue a la rueda de prensa en la que se anunció el nombre de su reemplazo. Hay que perseguirlo para que conceda una entrevista.
Está claro que quiere darle a su retiro un bajo perfil, que esta vez no quiere aparecer en los titulares de prensa con alguna de sus famosas ‘perlas’sobre los políticos de turno y las noticias del día.
“Ya es hora de descansar, de llevar una vida más reposada”, confiesa Rubiano con su voz nasal de siempre, en muy bajo volumen. De un tiempo para acá, tal vez por la edad, habla tan pasito que hay que esforzarse para escucharlo bien.
Pero más que entregarse a un merecido descanso, Rubiano no quiere restarle atención al heredero de su trono en la Arquidiócesis de Bogotá: la sede primada y cardenalicia de Colombia, la primera y la más importante de Colombia, un país que él considera que sigue siendo mayoritariamente católico.
“Estaré por fuera, durante un año, para que el nuevo arzobispo tenga el espacio libre”, suelta Rubiano, quien el próximo 13 de septiembre cumplirá de 78 años.
Puerto Rico y Estados Unidos serán algunos de sus destinos. Lo esperan muchos libros por leer y muchos amigos y familiares por visitar.
“La iglesia y Colombia sólo tienen motivos de gratitud con él”, es la opinión de monseñor Fabián Marulanda al reconocerlo como un hombre generoso, que según él no tuvo buena prensa en los últimos años.
“Cuando se habla con la verdad, eso contraría a muchos. Los obispos tenemos la obligación de ser profetas al denunciar lo malo y proclamar lo bueno, y eso fue lo que hizo el cardenal”, advierte Marulanda, sentencioso.
Y es que al cardenal Rubiano no sólo se le recordará por sus obras: entre estas, el haber afrontado con gallardía la quiebra de la Caja Vocacional al salir de todos los bienes de la Iglesia para devolverle hasta el último peso a los ahorradores (1986 y 1987) y por haber creado la Comisión Nacional de Conciliación, en 1995, en uno de los momentos más convulsionados del país.
También pasará a la historia por sus célebres y punzantes declaraciones.

El autor de la frase del ‘elefante’
El periodista Javier Darío Restrepo, experto en el acontecer religioso del país, recuerda tal vez una de sus ‘perlas’ más famosas: la del “elefante en la sala de la casa”, cuando se refirió a las supuestas irregularidades en la financiación de la campaña de Ernesto Samper a la Presidencia de la República.
“Siempre estuvo dando su visión de lo que sucedía en el país, pero no era una visión de politiquero sino de alguien que seguía con mucho interés la vida nacional”, cuenta Restrepo. Y sigue: “No cedió al dogma que se ha establecido de que la Iglesia debe quedarse en los templos y en las sacristías, sino que entendió que el suyo era un papel público”.
El ex presidente Samper, vía telefónica, se declaró “inhibido” cuando se le consultó sobre lo que piensa del cardenal del Valle, nacido en Cartago.
“Es que tuve muchas dificultades con él. Tengo mi opinión personal y no quiero molestarlo”, respondió amablemente el ex mandatario.
Hay muchas cosas que no se saben del cardenal Rubiano y eso lo admite uno de sus amigos más cercanos, monseñor Héctor Gutiérrez Pabón.
Según él, quien lo acompañó durante 11 años en la Arquidiócesis de Cali, a Rubiano le duele profundamente el drama de los desplazados.
Por eso creó el Banco de Alimentos y varios hogares de paso en Bogotá. Por esa misma razón, además, se trajo un grupo de monjas de la obra de Sor Teresa de Calcuta, expertas en la atención a los desterrados.
Gutiérrez, obispo de Engativá, también evoca asuntos más terrenales de la vida del purpurado. Por ejemplo, el gusto por conducir a altas velocidades.
“Me hizo pasar varios sustos. En ocasiones casi nos metemos debajo de una tractomula. Uno de sus placeres es manejar su propio vehículo y muy rápido”, relata monseñor Gutiérrez, pero aclara que desde hace varios años –tal vez por la edad- por fin dejó manejar al chofer.
Visiblemente acongojada, Elsa Judith Riberos, su secretaria durante 13 años y medio, sólo atinó a contestar: “Siento un infinito agradecimiento por haberle servido todo este tiempo. Ver al cardenal es ver cómo en una persona se encarna Jesucristo”, dijo la mujer y luego contó que además de ser un jefe estricto pero bonachón, es amante de la música colombiana y del vallenato. “Su canción preferida es La gota fría”, contó ella.

Piensa escribir sus memorias
Al cardenal Rubiano, ordenado como tal en el 2001 por el fallecido Juan Pablo II, también le gustaría escribir un libro sobre sus memorias.
“Haría una crónica de lo que he vivido, para darle gracias a Dios por todos los dones que me ha concedido”, dice al advertir que ya es hora de desaparecer de la opinión pública, que no quiere más entrevistas y que se guardará sus conceptos personales.
Sin embargo, después de la eucaristía en la que los 90 obispos del país se despidieron de él, el viernes en Bogotá, no se contuvo ante las preguntas de los reporteros. Disparó un dardo más, esta vez sobre la polémica demanda de Íngrid Betancourt.
“A ella no la secuestró el Estado sino la guerrilla. Debería darle gracias a Dios porque ya no está secuestrada”, respondió Rubiano, dejando en claro que le quedará difícil guardar silencio.
Ceremoniosamente vestido con su atuendo de cardenal, con la mitra blanca sobre su cabeza y con el imponente báculo dorado en la mano izquierda, se despidió de sus fieles en la Catedral Primada. Dijo que se va con la satisfacción del deber cumplido y muy agradecido con la Iglesia y con Colombia.
“Como sacerdote seguiré ejerciendo el ministerio hasta la muerte”, dice él cardenal vitalicio, que ostenta orgulloso la buena salud de un roble bien plantado.
“Hago ejercicio en la mañana, al medio día y en la noche. Camino en la terraza de la Curia y en las noches sólo me como una fruta con un té”, cuenta el cardenal como quien revela un secreto.
“Yo creo que hice lo que tenía que hacer y le doy gracia a Dios por eso”, concluye el jerarca. Habrá cardenal Rubiano para rato.

El Evangelio, según un niño predicador


Josué David predica, convoca, conmueve y convierte a cientos de personas. También dicen que hace milagros. Tiene solo 13 años y una fama creciente. Algunos dudan, otros lo siguen ciegamente. ¿Puede un adolescente convertirse en un fenómeno religioso?


JOSÉ ALBERTO MOJICA PATIÑO. Publicado en la revista Carrusel, de El Tiempo, el 26 de marzo de 2010.

“Le pondrás de nombre Josué David, porque nunca se apartará de mi tabernáculo”, escuchó que le susurraron al oído. Era Dios, anunciándole el nombre que llevaría su sexto hijo. Eso lo asegura Luis Alberto Parra, un barranquillero gordo y bonachón que con una voz rasposa y enredada narra que nada es casualidad en la vida de su pequeño varón.
Josué David apenas tiene 13 años, ha recorrido casi toda Colombia y varios países predicando el evangelio ante miles de personas. Ante públicos que quedan como congelados cuando lo ven allí, en el púlpito, con sus 1,50 metros de estatura, escupiendo profecías y repartiendo milagros. No es un niño común y corriente, está claro.
Es un niño predicador con un privilegiado don de la palabra, que recita capítulos de la Biblia como si fueran fábulas infantiles y se mueve en los altares con la destreza y el histrionismo de un curtido roquero; mientras revoluciona iglesias evangélicas y gana devotos con sus profecías, en las que garantiza la salvación de almas para el reino de Cristo y la sanación de toda suerte de enfermos.
Luis Alberto Parra está convencido de que su hijo es un profeta, y su hijo también lo cree. Muchos de los que lo ven piensan lo mismo. “La vida de Josué David es algo sobrenatural, es como cuando María fue escogida para ser la madre del Salvador; a mi esposa le han dicho ‘bienaventurado su vientre’ y, a mí, ‘bienaventurado usted que ha engendrado a ese niño’”, cuenta el hombre, que sin proponérselo deja ver un tatuaje azulado y añejo en forma de escorpión -acompañado de la palabra escorpión-, sobre el lomo de su brazo izquierdo. Una figura forjada punto a punto en tinta china, herencia de un pasado que no parece muy cómodo comentando. De un pasado de cinco años tras las rejas.
-Los que llegamos al Señor tenemos testimonio de la vida que llevamos antes. Ese tatuaje me lo hice cuando no conocía al Señor, cuando llevaba una vida licenciosa- dice.
-¿Y cómo era esa vida?
-Era una vida sin el Señor, propensa al diablo. Una vida de drogas y delincuencia- recuerda y no da más detalles. Luego se apresura a aclarar que un día conoció a Dios y su vida fue restaurada. Cuenta que hace 28 años él y su esposa Reina Isabel –sí, se llama Reina Isabel- (con la que lleva casado 32 años), se hicieron pastores de una iglesia evangélica en Barranquilla, su tierra natal. Ya tenían tres hijos y vinieron cuatro más después de que conocieron a Dios.
Todos, asegura convencido, tienen grandes habilidades para la alabanza y la oración, pero nada comparado con el don sobresaliente de Josué David: la más grande de las bendiciones por dejar tan oscuro pasado y por consagrarse a la vida cristiana.
El sermón de un niño evangelista
Ha transcurrido una hora y media y hasta el momento sólo he conversado con el padre. Mientras tanto, el niño permanece callado, jugando con un lapicero desechable que se pasa por entre los dedos de la mano derecha y leyendo, por minutos, las delgadas y amarillentas páginas de una de las dos biblias que reposan en la mesa donde trascurre nuestro encuentro.
Estamos en la plazoleta de comidas de un almacén de cadena de Bogotá. Josué David es flaco, de piel morena y por los rasgos de su rostro se podría confundir con un niño de la India. Pero es costeño y eso queda clarísimo en su acento chillón de adolescente.
Él vive con su familia en el populoso barrio Soledad 2.000, de Soledad (Atlántico), pegado a Barranquilla, pero hoy está de gira por la capital. Sus ojos son negros, negrísimos. Tiene estrabismo, lo que explica por qué su mirada es esquiva.
No lo recuerda muy bien, pero su inicio como pastor evangelista fue en casa. Tenía tres años. Acomodaba los zapatos y las muñecas de sus hermanas y decía, aún sin hablar con claridad, que esa era su iglesia. “¡Cristo te ama, arrepiéntete, el Señor ya viene, el Señor murió por ti y quiere darte vida eterna!”, trepado en una cama, le repetía el niño a su inanimado redil.
“Eso es de Dios”, interviene el pastor Antonio Duncan, a quien me presentan como el ‘coordinador nacional -e internacional- del ministerio pastoral del niño predicador Josué David Parra’, dejando en claro que la misión del pequeño tiene pretensiones globales. Duncan está atento, sigiloso mejor, a cada pregunta y respuesta de esta entrevista; habla en voz baja y mira por encima de sus lentes color café. Es más, en un momento me pide que le deje ver qué había escrito en mis apuntes.
Hoy Josué David aborda asuntos más complejos: “El tema de la evolución es muy tremendo. El hombre fue el que se la inventó, para desconocer la Creación de Dios. Yo no vengo del mono, yo vengo de Cristo y tengo su ADN”, dice el chico.
Esto lo comparte con el famoso niño predicador peruano Nezareth Casti Rey (hoy de 17 años), tal vez el pionero de los niños evangelistas, quien se convirtió en todo un fenómeno en YouTube (con cientos de miles de reproducciones de su video) y a quien conoció hace tres años en Barranquilla. Josué dice que le profesa una gran admiración.
Pero los temas polémicos tienen una amplia gama y el niño predicador colombiano también se va lanza en ristre contra los homosexuales. Afirma que son como son porque tienen un demonio por dentro, que con oración se podría expulsar.
“La palabra nos habla de que Dios creó al hombre y a la mujer. Ni los homosexuales ni los afeminados entrarán al reino de los cielos”. Cree, además, que el reciente terremoto de Haití es muestra de que pronto vendrá un juicio divino contra la humanidad.
-¿El fin del mundo, acaso?
-En sí, el mundo no se va a acabar, porque Dios lo volverá a crear. Dios limpiará la Tierra del pecado. A Haití le pasó el terremoto porque es un país que siempre le ha dicho no a Dios, un país que siempre anda en el vudú y la hechicería. Su debut fue en el resguardo indígena en Guaimaro (Sucre), a los cuatro años y su fama empezó a correr por la Costa Atlántica colombiana y luego por todo el país.
Ya ha visitado unos 20 departamentos y, en el 2008, traspasó las fronteras nacionales. Ha ido dos veces a Venezuela, también predicó en Ecuador y en la isla de Curazao. Actualmente están en conversaciones con iglesias de Chile, Argentina, República Dominicana, Costa Rica, Perú y con la mismísima China, a donde podría ir este año. -La gente me dice que yo no predico como un niño normal, la palabra que me da Dios es una palabra profética, una palabra madura, una palabra que estremece. La mía no es una palabra repetida-, explica el niño sobre el don que, según él, lo convirtió en predicador y, aún más, en profeta.
-¿Y como es eso de ser profeta?
-Yo soy un profeta, eso se siente. Estoy predicando y siento que en el público hay alguien con cáncer o una mujer que no puede tener hijos. Las llamo y las invito a recibir la sanación y se sanan.
-¿Acaso puedes sanar a la gente, hacer milagros?
-Yo, directamente, no. Dios me utiliza como instrumento. Una señora con cáncer en un brazo se le quitó una masa enorme, hay paralíticos que se han parado de sus sillas de ruedas y gente que se ha curado de sida.
-¿Y por qué entonces no te has sanado de tu problema en los ojos?
-No olvides que el apóstol Pablo tenía un problema tremendo en la vista –contesta el chico sin titubeos. Creo que Dios nos hace con defectos a algunos predicadores, para que no nos enaltezcamos-, añade.
Sin embargo, está seguro de que Dios le decretará la sanidad a sus ojos esquivos. Le pregunto a su padre si puede darme los datos de algunas de las personas que, según me dicen, han sido sanadas con el favor de Josué David. No tienen contacto alguno, no se han ocupado de registrar el inventario de favores que, supuestamente, ha hecho el niño.
La ceremonia: el niño predicador en acción
Al día siguiente Josué David se presentará en una iglesia del sur de Bogotá. “Mañana va a llover oro”, me dice. Tres días atrás, asegura, también llovió oro en el templo bogotano donde se presentó ante tres mil personas. “La gente cogió el oro entre sus manos, era oro de verdad, en polvo”, testifica el padre.
El niño predicador interrumpe la entrevista y pide permiso para levantarse de la mesa. Se acaba de tomar una Coca-Cola y quiere ir al baño. Cinco minutos más tarde regresa caminando despacio; se sienta, se rasca los ojos y se lleva las manos a la cabeza. “Me dio como un dolorcito”. -Qué te pasó, le pregunto.
-Seguramente fue un ataque del diablo, que no quiere que salga tu reportaje. Él (el diablo) no quiere que el mundo me conozca-, me advierte con pleno convencimiento. Son las 7 de la noche y poco a poco la Iglesia de Dios Pentecostal se empieza a llenar de personas ansiosas -como yo- por ver en escena al niño predicador.
El templo, de 15 metros de largo y 8 de ancho, de paredes blancas y sillas plásticas blancas, está ubicado en las empinadas cuestas del suroriente bogotano, en un barrio marginado que tiene un nombre que parece premonitorio para el evento: La Resurrección.
Está vestido con un impecable traje blanco hueso que le trajeron de la India, que se asemeja al atuendo de un cantante de música llanera. En el cuello redondo de la chaqueta lleva incrustaciones de fantasía y Josué David lamenta que varias pepitas se cayeron cuando la mandaron a la lavandería.
“El día que voy a predicar, oro mucho. En el altar soy yo, normal, pero las palabras no las tengo yo, Dios me las suelta, Dios me revela el mensaje y me conduce”, me dice e insiste en que todo lo que sucederá será obra y gracia del Espíritu Santo.
Sin embargo, enfatiza en que es muy disciplinado y que le dedica hasta cuatro horas del día al estudio del evangelio. “Cuando yo leo la Biblia, no sé, me da sueño. Prefiero escucharla, así siento que las revelaciones de Dios son más fuertes”, dice al confesar que sigue las Sagradas Escrituras a través de audiolibros. Lo dice sin reparo alguno, pues en el libro de Romanos está escrito que la fe entra por el oído.
La predicación: un tapete de gente convulsionando
El pastor de la iglesia da inicio a la ceremonia. Se llama Jairo Ramírez, es flaco y calvo, y luce un traje negro con una corbata plateada de satín. Sin mayores preámbulos y con emoción de maestro de ceremonias, anuncia que un pequeño gran profeta está presente entre el público y lo invita a subir al altar.
Josué David aprieta la Biblia contra el pecho y ora con los ojos cerrados. Su padre le habla al oído y le da una palmada de aliento en el hombro izquierdo. “Saluda a la persona que tienes a tu lado y dile: ‘te ves hermoso en la casa de Dios’”, son sus primeras palabras, que pronuncia con una voz suavecita. Y luego, de un solo grito y con una voz aguda pregunta: “¡¿Cuántos de los que están aquí viven en el reino de Dios?!”. Se escucha un coreado ‘amén’.
Invita a abrir la Biblia en Jeremías capítulo uno versículo 10, y anuncia que esa palabra hará que todos los presentes se muevan entre sus propios milagros. “El Espíritu me dice: Josué, voy a derramar algo poderoso, hoy van a abrirse los cielos. Hoy milagros van a pasar y quiero que toda la gente que sienta que algo especial va a pasar se acerque hasta aquí”.
Los presentes se levantan de sus sillas de plástico, oran con los ojos cerrados repitiendo las palabras del niño predicador con las manos abiertas apuntando hacia el cielo. “Oro está cayendo del cielo”, sentencia Josué David e impone su mano derecha sobre las frentes de los que alcanzaron a ubicarse en la privilegiada primera fila.
Todo aquel al que toca empieza a temblar como poseído, se desploma como un castillo de naipes y lo que sigue de ahí en adelante es un ejército de fieles desmoronado ante la presencia del niño predicador.
Su padre y su coordinador nacional -e internacional- lo ayudan -me explicarían más adelante-, a transmitirle el Espíritu Santo a los presentes a través de una palmada en la frente. El equipo de logística de la iglesia, muchachos con chalecos amarillos estampados con una espada cruzando el fuego y con el mensaje ‘Escuadrones del Dios viviente’, se encargan de evitar que los fieles se vayan de bruces o de espaldas. Detienen la caída y los descargan en el suelo, que se convierte en un tapete de gente convulsionando, llorando, gritando, como si estuvieran en trance.
Luego empiezan a levantarse. El niño predicador se mueve rápidamente por el altar y cada frase que suelta la acompaña con un brinco, agitando las manos, como disparando con su índice derecho. Se agacha, se arrodilla y se levanta con un salto. Es una fuente inagotable de energía. Y empieza, literalmente, a repartir milagros.
Invita a un hombre que, según él, tiene problemas económicos graves. Valga aclarar que estamos en un barrio de estrato uno, donde las necesidades no son cosa de unos pocos. Un sujeto delgado y de vistoso bigote se acerca; Josué David le toca la cabeza y él empieza a llorar y a temblar, y luego se derrumba mientras le augura que la falta de plata ya no será un problema.
“Hoy están pasando cosas sobrenaturales”, grita Josué David separando cada sílaba; lleva su mano derecha al estómago y zapatea fuerte sobre el altar de concreto. “Cristo caminó sobre las aguas, y nosotros vamos a caminar también en lo sobrenatural”, dice ahora, con una voz baja, agotada y ya disfónica.
La ceremonia empieza a extinguirse como la voz de Josué David, y él pregunta: “¿Saben por qué Dios le daba oro al pueblo?.... porque el pueblo le daba oro primero”. Y sigue: “Si quieres ser enriquecido, trae riquezas delante de tu rey, el rey de reyes, ven, ven, ven”.
Invita a hacer ofrendas que marquen la diferencia, que no sean monedas o un billete cualquiera. Pide que no sea una limosna como en la Iglesia Católica, porque según él Dios no es un Dios limosnero.
“Quiero que traigas el mejor billete que le quieras dar a Dios”, sigue invitando Josué David y la gente empieza a arrojar, sin dejar ver de qué denominación son, billetes en una caja de cartón de 80 centímetros de alto. Él pidió que le trajeran la caja porque la funda de tela azul gamuzada, dispuesta para tal fin, era muy pequeña según su concepto.
La gente lo mira con ternura y fervor: son los nuevos devotos del niño predicador. Josué David les pide a los muchachos de chalecos amarillos que cuenten el dinero y se lo entreguen al pastor Antonio Duncan. “Pero aquí no, en otra parte”, les dice en tono de regaño a los jóvenes que pretendían hacer las cuentas frente a toda la feligresía.
De retribuciones mundanas y divinas
El niño predicador no tiene tarifas. -Cuando vamos a predicar nunca vamos con la intención de pedir nada a cambio- asegura su padre, pero aclara que sí piden subsidiar los viáticos.
-Si el pastor da 50 mil pesos, nosotros lo tomamos con gozo- añade. -Pero hay otros que sí bendicen y son generosos- dice el niño. -A veces dan 300 mil pesos o 400 mil- comenta el pastor Duncan. -Un millón, dos millones- interrumpe el niño. -Nosotros no comercializamos con él. El obrero es digno de un salario y sea como sea él es un obrero de Dios- aclara Duncan con una voz tosca. -El dinero es para el estudio de él, para asegurarle el futuro a él, para sus gastos- interviene una vez más el padre. -Me gasto la plata en ropa, para mí y para mis hermanas, en cine, en helados- agrega el niño.
Por su peregrinaje evangélico, Josué David tuvo que salirse del colegio. El año pasado, cuando cursaba el séptimo grado, casi pierde por fallar tanto a clase. Ahora cursa octavo en un colegio virtual. Hay algo en lo que su madre le insiste: en que siga siendo niño.
Le teme a ataques de grupos satánicos y a las críticas despiadadas de los escépticos. Ya hay videos suyos colgados en YouTube, con comentarios de muy grueso calibre. La mujer dice que su hijo no es perfecto, que no vive en un cofre de cristal. “Es un niño normal, que de pronto tiene un don diferente, no es un extraterrestre”.
El psiquiatra infantil Cristian Muñoz no lo conoce. Sin embargo cree que es totalmente respetable que muestre dichas habilidades, porque ha crecido dentro de un contexto religioso. “Lo cuestionable tiene que ver con el discurso, que lo vendan y le hagan creer que es un profeta, que tiene capacidades sobrenaturales, que le entreguen tantas responsabilidades”, responde el especialista cuando le cuento que Josué David dice que intercede en milagros. “No hay que olvidar que es apenas un niño”, concluye Muñoz.
El pequeño predicador asegura que es un niño como los demás, que no se la pasa encerrado rezando. El fútbol es una de sus pasiones –juega de arquero-, al igual que los videojuegos y el Internet. También afirma que tiene muchos amigos y una novia. Sueña con ser pastor a los 15 años y para entonces tener una iglesia y un ministerio tan grandes que harán temblar las naciones.
Así también aspira a recorrer el mundo ganando nuevos devotos. Pero dentro de sus propósitos cuenta que también quiere enlistarse en la Armada Nacional y ser profesional, aunque todavía no sabe qué quiere estudiar.
Cuenta que hay cosas que lo deprimen: ver a la gente sufrir en la calle, ver a alguien a quien alguna vez le predicó y que no se convirtió. También se deprime cuando el Junior de Barranquilla, su equipo del alma, pierde algún partido. Lo dice y suelta una desparpajada risa infantil, dejando claro que, aunque habla y se comporta como un adulto, sigue siendo un niño de 13 años.
Josué David relata que su familia vive bien, pero sin lujos. “Lo único que me falta es un carro en mi casa. Yo le estoy clamando a Dios, le estoy orando a Dios y sé que me va a soltar una Grand Vitara, para poder llegar a todo lado”.
El pequeño evangelista se despide con un apretón de manos y me entrega su tarjeta personal: “Josué David Parra, niño evangelista-profeta”. El cartón lleva un mensaje que invita a hacer siembras o donaciones para que su ministerio llegue hasta el último rincón de la Tierra. A la salida de la iglesia venden CDs en los que Josué David aparece anunciando el evangelio, cada uno a 10 mil pesos.
Los nuevos devotos del niño predicador hacen fila para comprarlos, entre estos el hombre al que le profetizó que ya no tendría más problemas económicos.
A propósito de las profecías del niño predicador, nunca pude ver el oro qué, durante la convulsionada predicación, anunció que estaba cayendo del cielo.


Pueden ver los videos en el siguiente link:

http://www.citytv.com.co/videos/63868/predicador-cristiano-mas-joven-de-colombia

Una historia de amor sepultada en Haití


El anillo de bodas permitió identificar a la colombiana Sandra Liliana Rivero, fallecida en el terremoto de Haití.

OLGA LUCÍA MORALES Y .
JOSÉ ALBERTO MOJICA
ENVIADOS ESPECIALES DE EL TIEMPO
PUERTO PRÍNCIPE (HAITÍ)


Cuando se vieron por última vez en el aeropuerto de Puerto Príncipe, el pasado 12 de enero, la colombiana Sandra Liliana Rivero y el chileno Simón Araneda se despidieron con una promesa: sería la última vez que estarían separados.
En dos meses, Sandra Liliana, bogotana de 35 años, terminaría el contrato que tenía con una aerolínea internacional en el tema de seguridad y regresaría a Colombia. Dos hijos y una casa eran parte de los planes que anhelaban juntos.
Después del abrazo de despedida, a las 4 de la tarde, Simón viajó a Colombia por motivos laborales y sólo se enteró de que había ocurrido un terremoto en Haití cuando se bajó del avión y descubrió que la familia de su esposa lo esperaba con angustia en el aeropuerto Eldorado, de Bogotá. Desde entonces, este chileno, de 32 años y soldador de oficio, inició una búsqueda desenfrenada para encontrar a Sandra.
Esa búsqueda, que se convirtió en una tortura para él y su familia, terminó el viernes a las 11 de la mañana entre toneladas de ladrillo y bloque que constituían el Montana, el único hotel de lujo que tenía Puerto Príncipe, donde ella se hospedaba.
Sandra, quien vivía en la capital haitiana desde noviembre, apareció muerta entre las escaleras que conducían del tercero al cuarto piso del hotel. El martes, en su habitación, la 411, encontraron su computador, su cartera y sus documentos, lo que indica que habría tratado de huir cuando la tierra se sacudió.
Simón, un hombre corpulento y de ojos verdes, llegó a Puerto Príncipe el miércoles 20 de enero. Desde entonces se plantó en las ruinas del hotel, donde el 23 de diciembre celebró con Sandra el cuarto aniversario de bodas.
No había podido viajar antes a Haití, porque, explica, no tenía la visa estadounidense necesaria para entrar.
Pero, estando allí, se hizo amigo del cuerpo de socorro de Estados Unidos, que lidera los operativos de rescate del hotel, donde se hospedaban unas 250 personas. Sólo 100 lograron escapar. Las demás fallecieron.
Durante los últimos días tuvo que identificar, uno a uno, diez cadáveres, para saber si alguno correspondía al de Sandra. Cada vez que descartaba que no era ella, recargaba su fe: “La esperanza es lo último que se pierde”, decía el hombre, quien añoraba la posibilidad de que estuviera herida en cualquier hospital, o tal vez en otro país, como ha sucedido con algunos damnificados de la tragedia.
Sin embargo, el viernes apareció el cuerpo de una mujer con las características que él había descrito. Simón y su cuñado, Yesid Rivero, se acercaron al cadáver, pero no lo reconocieron por el estado en el que quedó.
Minutos más tarde los rescatistas les dijeron que la mujer tenía un anillo en el dedo anular de la mano derecha; el anillo de bodas, con el nombre de Simón tallado en el respaldo, fue la pieza clave para identificarla.
Simón camina por el campamento de la Cruz Roja Colombiana en el aeropuerto de la capital haitiana, el mismo lugar donde vio por última vez a su esposa y que hoy es el centro de operaciones donde llegan todas las ayudas para los dolientes de la catástrofe; se lleva las manos a la cabeza, mira al cielo y confiesa que todo esto sucedió por la voluntad de Dios. “Si, Él permitió que esto pasara, también nos dará la fuerza para superarlo”, dice el hombre, resignado, quien también es pastor de una iglesia cristiana en Bogotá. “Conociéndola, sé que ella me diría: esfuérzate, hay que salir adelante. Y lo voy a hacer por amor a ella”, sentencia, con voz afligida.
Son las 10 de la noche del viernes y Simón y su cuñado hablan con las autoridades colombianas sobre la forma en la que será repatriado el cadáver.
Este era examinado en el hospital habilitado por Argentina en el aeropuerto de Puerto Príncipe. Su familia, en Bogotá, tiene todo listo para las exequias.
-Y ahora, ¿qué va a hacer?
Simón guarda silencio por varios segundos, sus ojos se encharcan y un nudo en la garganta le frena las palabras. Toma aire, respira profundo y con la voz quebrantada dice que seguirá luchando, que quiere quedarse a vivir del todo en Bogotá.
“Colombia es un país maravilloso. Me lo ha dado todo. Me dio a Sandra”.

No cesa la tragedia de los niños haitianos


Tras el terremoto, los pequeños siguen con hambre, están enfermos, no tienen vivienda ni educación y se exponen a tráfico de personas y a abuso. Un millón y medio de pequeños quedaron damnificados.

JOSÉ ALBERTO MOJICA Y OLGA MORALES
ENVIADOS ESPECIALES DE EL TIEMPO
*PUERTO PRÍNCIPE (HAITÍ).
Con los ojos cerrados, de rodillas y con sus pequeñas manos cruzadas y pegadas al pecho, cincuenta niños haitianos dejan de jugar por un momento y se disponen a rezar.“Dios, gracias por protegernos”, dicen al unísono; unos agradecen por haberse salvado del terremoto del pasado 12 de enero. Otros claman para que el mundo nunca se olvide de ellos.

Están dentro de una carpa que concentra el calor y está levantada en el patio de un colegio que es ahora el refugio de al menos cinco mil damnificados de la catástrofe. Después de la oración se levantan a brincos, dispuestos a jugar, cantar y a bailar.

“Los niños tienen una capacidad asombrosa de recuperación emocional, que no tenemos los adultos. Es importante que retomen sus juegos y su vida cotidiana para que superen lo sucedido”, dice Caroline Hilari, encargada del área de salud de la ONG Save the Children en Haití. Sin embargo, la situación de los niños de este país está muy lejos de mejorar.

Según la ONU, las condiciones en las que sobreviven tras el terremoto representan la más grave crisis de protección de la que se tiene registro, en toda la historia, después de una emergencia humanitaria.

Ya antes de la tragedia la niñez haitiana estaba sufriendo. Datos oficiales cuentan que 50.000 pequeños no tenían familia y que unos 300.000 vivían en orfanatos. Además, seis de cada diez padecían de desnutrición crónica. Las cifras, después dos meses del terremoto, son dramáticas: un millón y medio de niños quedaron damnificados; en 341 orfanatos cuidan a 21.949 niños sin familias.

Sólo en Puerto Príncipe hay 200 hospicios y uno de estos lo dirige Yveliane Pierre, quien cuida –con sus propios recursos– a 19 niños abandonados o huérfanos. Allí conocimos a dos niñas, de 9 y 2 años, que fueron regaladas por su madre. Luego de perder a su esposo y su hogar el 12 de enero, “prefirió entregarlas voluntariamente a verlas aguantar hambre”.

Otros pequeños están al cuidado de algún pariente o vecino, como Sophie, de 4 años. Sus padres fallecieron y ahora es responsabilidad de una tía que tiene cinco hijos.La niña, descalza, temerosa y visiblemente triste, está sentada en un andén con la mirada perdida. Una prima, seis años mayor, se acerca al vernos con ella, la abraza y nos cuenta que hace dos días no prueban bocado.

Evens Marceline, un adolescente de 16 años que vio cómo calcinaban a su madre entre un racimo de muertos y que ahora vela por tres hermanas menores –dice que su padre está muy viejo–, se ofrece como traductor del creole (lengua local) al inglés, en el recorrido que hicimos por la capital haitiana con el fin de conocer el drama de los niños. Sólo nos pidió comida a cambio de su trabajo. Con él, recorrimos las ardientes calles de la ciudad, donde los niños hormiguean por todos lados. No en vano, el 40 por ciento de los haitianos tiene menos de 14 años.

Están en las calles pidiendo comida y agua; durmiendo en los andenes, muy cerca de los escombros donde aún permanecen sepultados cientos de personas; refundidos entre nubes de moscas a las que ya se cansaron de espantar; durmiendo en el piso, cobijados por el firmamento o resguardados por plásticos, cartones o sábanas.

Según cifras de Unicef, 302.000 niños se han desplazado en los últimos días a zonas rurales.


Víctimas de todo

Según Hilde Johnson, directora adjunta de Unicef, tras el terremoto los niños haitianos –ahora viviendo en campamentos y en las calles– están expuestos a ser víctimas de tráfico y adopciones ilegales, a maltrato físico, abuso y explotación sexual y esclavitud.

Antes de la tragedia, 70.000 niños trabajaban en servicios domésticos y en otras formas de servidumbre. La denuncia de Unicef de la desaparición de 15 niños que estaban en hospitales y el caso de los ciudadanos estadounidenses que pretendían sacar ilegalmente a 33 niños dejan al descubierto su vulnerabilidad.

Los niños sobrevivientes, según la ONU, están padeciendo anemia y deshidratación severa pese a los esfuerzos por distribuir las ayudas que llegaron de todo el mundo.También está aumentando el número de niños afectados con malaria, paludismo, diarrea e infecciones respiratorias por las condiciones insalubres en la que conviven; hacinados en cambuches comunitarios, en medio de basuras y excrementos humanos y animales.

Sin embargo, a la fecha han sido instaladas 3.673 letrinas. El tema sanitario se hace más complicado, con la llegada prematura de la temporada invernal: las lluvias empezaron a crear ríos que en su cauce llevan muertos de los que no se tenía razón, escombros y enfermedades para toda la gente, sobre todo para los menores.

A todo esto hay que sumarle que, a falta de hospitales, no tienen acceso a servicios médicos (sólo atienden, por ahora, casos de urgencias), pese a que ONG como Save the Children montaron clínicas ambulantes. Y como las escuelas se fueron al piso (unas 5.000), no tienen adónde ir a estudiar.

Sin embargo, el gobierno nacional anunció que desde el primero de abril la mayoría de escuelas abrirán de nuevo en carpas adecuadas para la educación.Unicef ha hecho un llamado para que el mundo no se olvide de Haití y menos de sus niños: sin techo, sin comida y sin escuelas ni hospitales, y muchos sin sus padres, están ahora más desprotegidos que nunca.

Brindarles lo que necesitan para que puedan llevar una vida digna y feliz tardará mucho tiempo.Instituciones como Unicef y Save the Children han aclarado que la adopción debe ser el último recurso para los niños huérfanos. Veronique Taveau, vocera de Unicef, ha explicado que están trabajando para encontrar a los familiares de los niños huérfanos, y esperando –en algunos casos– a que tal vez aparezcan aquellos que están desaparecidos.


Nacer en medio de la tragedia

El niño nació al día siguiente de la tragedia, en una carpa donde a esa hora unas 20 personas trataban de dormir.
Marie, su madre, cuenta que no tuvo quién la ayudara en el parto, que el niño nació sobre una caja de cartón desarmada y que tuvo que cortarle el cordón umbilical con una cuchilla de afeitar.
Marie cuenta que casi no produce leche, porque el agua para beber es escasa.

Ella quedó viuda en el terremoto y está angustiada porque no tiene más que ofrecerle a su hijo que los cartones donde duerme.
Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Población (Unfpa) se estima que unas 63.000 mujeres haitianas darán a luz en las próximas semanas. Y no sólo preocupa su salud –pues la mayoría dará a luz en condiciones insalubres porque el sistema de salud sigue siendo precario–, sino por las condiciones en las que nacerán y pasarán sus primeros días los bebés.
La mortalidad de recién nacidos (vivos) es de 670 por cada 100.000 niños, además de los riesgos que corren las mujeres debido a múltiples complicaciones. En algunos casos, según ‘Save the Children’, las madres –a falta de leche– deben darles a los pequeños cualquier cosa de comida: arroz o fríjoles.
Además, las mujeres viudas y con hijos se han convertido en objeto de abuso sexual y esclavitud.

REPORTAJE COMPLETO CON VIDEOS Y AUDIOGALERÍA EN:
http://www.eltiempo.com/mundo/latinoamerica/situacion-de-los-ninos-en-haiti-luego-del-terremoto_7401367-1

* POR INVITACIÓN DE ‘SAVE THE CHILDREN’

Haití sobrevive mutilada y con hambre


La gente se sigue peleando por la comida. Todos luchan para reconstruir sus vidas, pero levantar de nuevo al país será una labor titánica.

JOSÉ ALBERTO MOJICA Y OLGA MORALES
ENVIADOS ESPECIALES DE EL TIEMPO*

El niño, en brazos de su madre, le pregunta: ¿Mamá, cuándo me van a poner la pierna nueva. Ya quiero salir a jugar”. Ella le dice que hay que esperar un poco; agacha el rostro, lo descarga sobre su hombro derecho y se echa a llorar sin que él se dé cuenta.
Moise Metelus tiene cuatro años y perdió la parte inferior de la pierna izquierda después de que una pared de su casa se le vino encima durante el terremoto que devastó a gran parte de Haití el pasado 12 de enero.
Es la 1:00 de la tarde y Moise espera un turno en las afueras del hospital del Sagrado Corazón, en Puerto Príncipe, para que le hagan la curación diaria en su muñón. En medio de su inocencia no entiende que su pierna nueva será una prótesis de fibra de vidrio y que pasarán varios meses para que se la entreguen.
Han transcurrido varias semanas de la catástrofe y los pocos hospitales que quedaron en pie, pero seriamente averiados, siguen atendiendo a los heridos en carpas habilitadas como consultorios y salas de cirugía. Al lado de Moise hay otra niña amputada, pero de la pierna derecha.
El lugar es un sólo lamento de decenas de personas mutiladas, de piernas o brazos, niños y adultos, en una espera infernal por algún medicamento que les permita aliviar en algo el dolor. Según la ONU, los hospitales carecen de morfina y de sedantes, y de prótesis como las que necesita Moise, quien se come a trozos una galleta, con la mirada perdida.
Tampoco es posible pensar, por ahora, en tratamientos de rehabilitación física y emocional para aquellos que sufrieron amputaciones, sobre todo los niños.
No se sabe aún cuántas personas resultaron amputadas, pero según la ONU, al día los 18 hospitales de la capital haitiana han venido realizando, en promedio, 50 amputaciones. Sólo en el hospital que visitamos se han realizado 150 de estos procedimientos.
Algunas cosas han cambiado en Puerto Príncipe desde que Haití se convirtió en noticia mundial. Ya no hay muertos en las calles, revueltos entre los escombros y la basura.
“Ahora lo que nos preocupa son los vivos, la gente que quedó sin nada y que necesita reconstruir su vida. Los muertos, muertos están”, dice Katheryn Bolles, directora global de la salud y la nutrición en emergencia de la ONG Save the Children.
La mujer, que lleva 10 años de labores humanitarias en Haití, se refiere al millón de personas que se quedaron sin techo y que ahora vemos, desde un campero, hacinadas en campamentos improvisados: parques, jardines, parqueaderos y lotes baldíos tupidos con carpas levantadas con palos, telas, cartones y plásticos.
Muchos más sólo pueden cobijarse con el firmamento, que en el día es una caldera; el calor abrasador supera los 40 grados de temperatura. En las noches el frío es fuerte, pero llevadero.

Rapiña por agua y comida
Un niño, con una botella de plástico vacía, pega su cara en la ventana izquierda de nuestro vehículo y nos pide agua. No tenemos, y no es prudente dar agua ni comida en las calles: podríamos salir linchados como muchas personas que, por su propia cuenta, han salido a repartir ayudas.
“La gente está cansada, hambrienta y antes situaciones como estas reacciona con violencia, y eso es natural ante la catástrofe”, explica Mathew Thacker, especialista en emergencias de Save the Children.
Las mujeres y los niños aguardan entre sus cambuches, como Marie y sus cinco niños. “Los hombres tienen el poder y se quedan con la comida”, se lamenta ella, quien a las 3:00 de la tarde no les había dado bocado a sus hijos en la carpa que comparte con otras 20 personas a quien la tragedia unió bajó el plástico que hace las veces de techo.
A su lado, Mashina vende dulces y cigarrillos en un balde plástico, y nos cuenta que el menor de sus cinco hijos, de un año, murió aplastado.
Con el rostro adusto y sin ningún aparente gesto de dolor, cuenta que vio cómo los bomberos se llevaron el pequeño cuerpo de su hijo y lo calcinaron junto con un racimo de muertos.
“Lo que se fue, se fue; hay que esperar por un mañana mejor”, dice la mujer, con la voz casi apagada.
Fue entonces cuando recordamos las palabras del capitán Andrés Miranda, a quien conocimos horas antes. Él pertenece al Sistema Nacional de Prevención y Atención de Desastres de Colombia, y desde el 15 de enero y hasta finales del mes se la pasó descuajando los escombros de Puerto Príncipe en busca de vivos y muertas.
“Puede ser una cuestión cultural, o de credo, pero los haitianos no son dolientes de sus difuntos. Ven a sus muertos en el suelo y no les interesa nada. No los lloran, como los colombianos”, dice.
La prioridad ahora, según las autoridades locales, es suministrar la comida y líquidos. Por las calles de Puerto Príncipe caminan cerdos, cabras y gallinas, aparentemente bien alimentados.
Sin embargo, nadie se atreve a atraparlos para comérselos, pues no saben cuál fue la última merienda que engulleron: desechos tóxicos o, tal vez, algún cadáver.
Hay cosas que no cambian desde el día de la tragedia, como la angustia por conseguir algo de comida. Estamos frente a la derrumbada Casa Blanca, la antes imponente sede presidencial. Una volqueta, a 30 kilómetros por hora, pasa escupiendo mercados en bolsas plásticas estampadas con flores amarillas.
Desde arriba, hombres nativos contratados para este fin, arrojan las ayudas como si le estuvieran tirando alimento a los cerdos o maíz a las gallinas.
Una turba, iracunda y armada con cuchillos y hachas, corre tras la volqueta; algunos, más osados, se adhieren como sanguijuelas al vehículo. Un hombre, que logró un mercado, es atacado a cuchillo por la espalda: un herido más, todo por un poco de comida. Una mujer, tal vez pariente, grita pidiendo ayuda y nadie la escucha. Es la lucha del más fuerte.
Dos cuadras más adelante encontramos una calle muy parecida al antiguo Cartucho, en Bogotá. Las mujeres se aprovisionaron de abarrotes y preparan frituras en medio de nubes de moscas, basura y excrementos humanos y animales.
Otros, ferian lo que logran rapar de la ayuda que distribuye la cooperación internacional, y que hasta el momento no es suficiente.

Las noches en Puerto Príncipe
Es difícil conciliar el sueño en Puerto Príncipe. En las noches se escuchan disparos al aire libre, en algunos casos por enfrentamientos entre la misma comunidad, o para ahuyentar a quienes se enfrentan, hasta la muerte, por un pedazo de pan.
Un hombre joven, de unos 20 años, con el rostro desencajado y con la mano derecha en su bolsillo y la otra estirada, se acerca al vehículo que nos moviliza con dificultad debido al caos del tráfico.
Ya nos habían advertido que los haitianos están molestos con la prensa, con tanta gente venida de todo el mundo a tratar de ayudar, con las filas de soldados estadounidenses que imponen el orden. Todos esperan que, el que se acerque a ellos, los ayude de alguna manera.
Pensamos que el sujeto quería atacarnos, pero se acerca a nuestro traductor, le toma la mano derecha y se la besa. Le pide que nos tranquilice. Con voz alegre y ahora sonriente, nos hace señas para que le tomemos una foto. Tras el disparo de la cámara, se acerca una vez más y nos dice: tout bagay ap miyó (todo va a estar mejor).

*INVITACIÓN DE SAVE THE CHILDREN