'Soy mucho más que un discurso interrumpido'



Roberto Mejía, un joven caleño, ha aprendido a sobrellevar las cargas que le impone la tartamudez en una sociedad que no tiene paciencia para escuchar. Cree que la cinta 'El discurso del rey' ha servido para visualizar un tema tabú.

José Alberto Mojica Patiño
Redactor de EL TIEMPO
11 de marzo del 2011
Cinco segundos. Los labios de Roberto empiezan a tiritar. Diez segundos. Le sale una M larga (antepone esta letra como estrategia para ayudarse en su limitación), frunce el entrecejo y los ojos disparan una mirada filosa; los músculos de la cara le brincan. Quince segundos. No logra escupir ni una sola sílaba, sigue alargando la eme. Intenta, ahora, encogiendo el abdomen y los hombros hacia adelante. Aprieta la mandíbula. Se ve angustiado, como si estuviera peleando consigo mismo.
Veinte segundos: Roberto, por fin, logra romper el silencio: "La vida de una persona con tartamudez es una lucha con las palabras, con un demonio al que es mejor no despertar", pronuncia, de manera interrumpida. -¿Un demonio? -Sí, un demonio porque tiene vida propia. Uno no sabe cuándo va a atacar.
Roberto Mejía, diseñador industrial y estudiante de administración de empresas, lo ha intentado casi todo -infructuosamente- para tratar de vencer la tartamudez. De niño lo llevaban dos veces por semana a terapias con psicólogas y fonoaudiólogas. Entonces, recuerda, no era un problema. "Era un niño y no entendía lo que me pasaba", cuenta este caleño de 24 años.
En la adolescencia, además de los tratamientos, empezó a practicar técnicas de relajación, acupuntura y, más adelante, programación neurolingüística. En las artes marciales, que practica hace ocho años, encontró el mejor espacio para liberar sus cargas.
Hace unas semanas, cuando estrenaron El discurso del rey, fue a ver la cinta con su madre. Ella, dice, ha sufrido tanto como él. Ambos salieron llorando al ver el drama de Jorge VI, el rey que padeció sus mismos problemas. La película le gustó, sobre todo porque puso al mundo a hablar de los tartamudos, una situación -dice- invisible.
"Como el rey, tengo mucho que ofrecer aunque no sea buen orador". Lo único a lo que se ha resistido es a la técnica de Demóstenes, que consiste en hablar en voz alta con piedras embutidas en la boca. Todo lo que ha intentado le ha servido para amansar sus gestos, pero ya se convenció de que su mal no tiene remedio.
"Ninguna persona con tartamudez se ha curado, porque no es una enfermedad. Se controla, pero no se soluciona del todo". Ya no quiere más ayudas. "Ya acepté que esto es irremediable ", dice, y explica que más que resignarse, aceptó su condición. Porque es eso: una condición que le impide comunicarse de manera fluida, sobre todo en momentos de presión, como cuando debe hablar en público o con un desconocido, o cuando tiene que contestar el teléfono.
La predisposición lo paraliza. El calificativo de tartamudo le choca. "Yo soy mucho más que un discurso interrumpido". Si tiene que rotularse, prefiere ser entonces una persona que tartamudea "a veces". Y así es: mientras transcurre la entrevista y surge un poco de confianza, habla sin talanqueras.

Su lucha con las palabras
Casi no tartamudea cuando está con sus amigos -pocos, pero buenos-, con su mamá o con su novia, una psicóloga con con quien no necesita palabras. Incluso, ha pasado semanas enteras sin tartamudear. Sin embargo, el demonio que dice tener dentro se despierta, en este caso, cuando se le pregunta sobre los orígenes de su problema. De su boca sale un ronroneo de gato antes de lograr contar que su tartamudez se debe a tres factores: uno, genético: su abuelo tartamudeaba.
El segundo, psicológico: un episodio familiar. Y uno más, el social. Es decir, las reacciones y el rechazo que ha recibido toda su vida.
En el colegio le gritaban "metralleta" o "Ro-ro-ro-berto". Lo más traumático sucedía cuando tenía que exponer en clase. Tuvo ganas de retirarse y llegó a entrar en fuertes depresiones. En la adolescencia se complicó, pues se llenó de ansiedad. Quería ser como sus amigos, pero no podía; se acercaba a las jovencitas que le gustaban y estas lo rechazaban. Tuvo su primera novia a los 22.
En la universidad también fue difícil, tanto que se cambió de carrera -de ingeniería a diseño-. Lo que más lo frustraba era esforzarse haciendo grandes trabajos y no poder socializarlos, y recibir malas notas por eso.
Hay situaciones con las que ha aprendido a lidiar. Por ejemplo, las reacciones de terror de sus interlocutores al escucharlo, que no saben si sostenerle la mirada; que infieren lo que va a decir y lo interrumpen, o que quisieran darle un golpe en la espalda para desatorarle el habla.
Sin embargo, lo que más le duele es que -incluso sus allegados- no quieran hablar con él, que le digan que se relaje y que vuelva después, cuando esté más tranquilo. Muchas veces prefiere guardar silencio. Eso lo hace muy infeliz.
"Entiendo que la gente se estrese y que reaccione así", dice al confesar que la principal lección de vida se la dio una de sus psicólogas, que no solo se dedicó a escarbar sus miedos sino que le enseñó a mirar la vida con los ojos del amor. Y sigue: "Vivimos en una sociedad llena de afán, donde el tiempo vale oro. No hay tiempo para tenerle paciencia a una persona como yo".
Hay cosas que lo angustian de solo imaginárselas, como tener que pedir una ambulancia o enfrentar las barreras de seguridad en un aeropuerto. Suda de solo pensar en una entrevista de trabajo. Roberto ha buscado fundaciones donde pueda compartir experiencias. Cuando trata de hallar información en Internet solo aparecen chistes. Por eso, en Facebook, abrió el grupo Tartamudez Colombia, que busca integrar a personas en su misma situación.
"Se estima que el 1 por ciento de la población vive con tartamudez, pero solo hay 15 miembros en el grupo. Las personas como yo viven escondidas, con vergüenza".
Janeth Hernández, directora del programa de fonoaudiología de la Universidad del Rosario, corrobora que en el país no hay asociaciones dedicadas al tema, como sí las hay en otros países. Estas personas viven encerradas -según ella-, en una sociedad que no les da oportunidades. Hernández reitera las tesis de Roberto: en los problemas de habla intervienen factores biológicos, lingüísticos, psicológicos y sociales. Y aclara que, aunque no hay una solución definitiva, estos problemas sí pueden ser más llevaderos con tratamientos.
Roberto se ha vuelto experto en encontrar sinónimos y en obviar sonidos explosivos, con letras de mucha dificultad como la K, la T y la P. Antes de atragantarse con las palabras, las mastica. "Si debo decírtelo, antes pienso cómo decírtelo. A veces no puedo y debo tensionarme", dice, y explica que ese esfuerzo físico lo agota.
En medio de todo, cree que tartamudear tiene su lado positivo. Dice que el mundo cada vez se mueve más rápido y que en el afán de ser escuchados se nos olvidó escuchar. Y no solo eso, nos olvidamos de pensar antes de hablar.
"Pienso que la naturaleza es perfecta y dotó al ser humano con dos orejas y una boca. ¿Acaso no será para escuchar el doble y hablar la mitad?

Embajadoras de la arepa de huevo en París



Ana Tulia y Bleis ya saben leer gracias a un plan de la alcaldía de Cartagena. Irán a Francia, a presentar su libro 'La cocina criolla cartagenera de veddá veddá'.

José Alberto Mojica Patiño
Enviado especial de EL TIEMPO
25 de febrero del 2011

Ajá, esos franceses se van a volver locos con las arepas de huevo y con los chicharrones", dice con desparpajo Ana Tulia Gómez, y con su mano derecha rompe un huevo blanco y lo deposita entre el amasijo a medio cocer.
Tiene 65 años, nació en San Antonio de Palmito (Sucre) pero desde pequeña se la llevaron a vivir a Cartagena. Es alta y maciza, y tiene la piel del color del arroz con coco frito. La mujer, madre de tres hijos, muestra con orgullo el libro de cocina en el que, de su puño y letra, plasmó la receta de la elaboración de la arepa de huevo. Lo escrito se ve torcido con toda razón: hace apenas un año Ana Tulia no sabía leer ni escribir. Gracias a esa proeza, y a su buena sazón, se irá para París a demostrar por qué es considerada en Cartagena 'la reina del frito'.
Sí, los parisinos degustarán las arepas de huevo, las carimañolas, los patacones con queso rallado y el chicharrón en trocitos. ¿Cómo una humilde cocinera llegará a Francia con sus fritos? "Despacio y con buena letra", responde, acudiendo al dicho popular, en este caso muy oportuno. Esta historia se pasa por la publicación del libro Cocina criolla cartagenera de veddá veddá, una recopilación de 60 recetas autóctonas de un grupo de iletradas (empleadas domésticas, vendedoras ambulantes, tejedoras de trenzas en las playas), que superaron el analfabetismo gracias a un proyecto de educación para adultos de la Alcaldía de Cartagena y la fundación Transformemos.
El libro llegó a manos del Gourmand World Cookbook Awards, evento que cada año reconoce los mejores libros de cocina del mundo y que se realizará en París del 3 al 6 de marzo. Cuando los organizadores se enteraron de que era una propuesta gastronómica raizal, sumada a una iniciativa de desarrollo comunitario, les enviaron la invitación. Ana Tulia, quien montó su mesa de fritos en el barrio República de Chile hace más de 30 años para sostener a su familia, no viajará sola. La acompañará su amiga Bleis del Socorro Rosso.
Ambas fueron escogidas por ser dos aventajadas estudiantes y por sus dotes culinarias. Bleis es una mujer de apenas 1,50 metros de estatura, que sonríe con tanta facilidad, que resulta complicado comprender que la historia de su vida ha sido escrita con tanto dolor. De niña, Bleis y sus hermanos iban a una escuela en zona rural de Sahagún (Córdoba). Pero era muy lejos y a veces no alcanzaban a llegar.
Entonces, la pequeña Bleis nunca aprendió a leer ni a escribir; creció, formó un hogar con un jornalero de la región, tuvo un hijo y, en 1998, llegó a Cartagena huyendo de la guerra entre guerrilleros y paramilitares. Desplazada y con las manos vacías, con un hijo en brazos al que no tenía nada para ofrecerle, llegó al Manuela Vergara, uno de los tantos barrios marginales que no se conocen de la sofisticada Cartagena.
Quería trabajar. Pero, como no sabía leer ni escribir, sólo encontró empleo -relata-, como muchacha doméstica por días: lavando y planchando ropa ajena. También fue ayudante de cocina de restaurantes, pero sufría mucho cuando la increpaban, señalando: "Traiga eso, allá, lea el letrero", y ella no sabía qué hacer. Por eso, cuando hace un año le contaron del programa de alfabetización, no dudó en inscribirse. Desde entonces estudia por las noches y a sus hijos, de 9 y 16 años, los deja al cuidado de una amiga.

Despacio y con buena letra
Bleis recuerda que, cuando llegó a Cartagena, desterrada por el conflicto armado, entre los vecinos juntaban lo que cada uno podía aportar: yuca, plátano, ñame y, en escasas oportunidades, carne. "Era una sopa de todo; después, supe que se llamaba machucho". Precisamente esa receta fue la que plasmó en el libro. Aunque reconoce que, con educación, su vida y la de sus hijos serían menos precarias, Bleis piensa que nada ocurre por casualidad.
"Si hubiera estudiado antes, no me estaría pasando esto tan maravilloso", cuenta la estudiante de cuarto de primaria, de 38 años, que tiene planeado seguir el bachillerato e, incluso, entrar a una universidad. A Bleis, madre soltera, se le olvidan todos sus problemas cuando recuerda que pronto viajará a París.
A sus 55 años, Neris Pineda aprendió a escribir su nombre. Dejó de firmar con una equis y ya puede leer revistas y los carteles de los muertos. Ella, madre de cinco hijas, se suma a los 25 mil cartageneros que han salido del analfabetismo en los últimos dos años. "El arroz de melón no es común", escribe despacio en su cuaderno; repite la frase, sílaba por sílaba, y cuenta que esa es su receta.
"Si hubiera estudiado, hoy no estaría tirando trapero", cuenta la mujer, parada en la entrada de su humilde vivienda en el sector de La Boquilla. María Tuta es una boyacense radicada en Cartagena hace 15 años. Sólo estudió hasta cuarto de primaria y actualmente cursa el grado octavo de bachillerato. María ralla un coco (prepara un bagre en salsa de coco, su receta) y cuenta que decidió volver a estudiar porque su hijo, de cinco años, estaba en kínder y ya sabía más que ella.
"Me daba mucha vergüenza con mi niño ser tan ignorante", recuerda. Ahora, juntos hacen las tareas. La alcaldesa de la Heroica, Judith Pinedo, pica una carimañola, luego un chicharrón y después una arepa dulce, las delicias preparadas por Ana Tulia. Y sigue con el machucho preparado por Bleis.
"Yo había escuchado de este plato -el machucho-, pero acá dejaron de prepararlo hace mucho tiempo", dice ella, convencida de que el principal valor del libro es el rescate que hace de la cocina criolla tradicional, esa que no se ofrece en los restaurantes finos de la ciudad. Y lo más importante, recalca, es que son tan fáciles que cualquiera las puede preparar en la casa.
La alcaldesa reconoce que en Cartagena no existe un lugar donde los turistas puedan ir a manteles a disfrutar de los fritos ni de los platillos autóctonos de la tierra. Pronto llegará el primero. Tendrán su restaurante Además de que el grupo de cocineras avanza en su proceso educativo, crearon una cooperativa con el fin de levantar, entre todas, un restaurante con todas las de la ley. Ya tienen el lote para la sede, pero necesitan vender muchos libros para dotarlo.
Las últimas dos semanas han sido de un agite tremendo para las dos mujeres que representarán a Colombia con sus delicias en la 'Ciudad Luz'. Ya sacaron las visas y reciben clases de francés para que sepan qué contestarles a los parisinos después de que prueben sus bocados: merci, bonjour, bienvenue. Además de la ilusión del viaje, Ana Tulia y Bleis esperan que a su llegada puedan montar el restaurante.
Así, Ana Tulia ya no tendrá más que sacar su mesa de fritos y Bleis dejará de emplearse de por días.

El colombo-japonés que conmovió al país


El video que lo hizo célebre en Internet, en el que afirma que los colombianos somos más inteligentes que los japoneses, le ha servido para reforzar su gran proyecto: cambiar la mentalidad de la gente pobre.
José Alberto Mojica Patiño
Redactor de EL TIEMPO. Febrero 13 del 2011
Kenji destapa su cartera Armani, saca el iPad y lo descarga sobre sus piernas. Contesta una llamada en el teléfono fijo de su apartamento y revisa su agenda de la semana en el aparato. Su celular suena insistentemente -el ringtone es una canción de rock en japonés-, pero no alcanza a contestar.
Respira profundo y retoma el diálogo con su interlocutor pidiéndole, amablemente, que le dé unos días más para poder atenderlo. Se levanta, descalzo, esta vez para jugar unos instantes con sus dos hijos, de 9 y 3 años, que se divierten con un par de máscaras. Ahora se concentra en su Mac de última tecnología, frunciendo el entrecejo.
Desde que en Internet empezó a diseminarse un video en el que aparece recitando un emotivo discurso con reflexiones sobre la riqueza de Japón y la pobreza de Colombia,-y viceversa-, la vida de Kenji se desbocó.
Ya perdió la cuenta de las llamadas que ha recibido de empresas, fundaciones, universidades y colegios que quieren ver y escuchar de cerca al muchacho que se atrevió a decir que los colombianos somos más inteligentes que los japoneses.
No es un discurso nuevo. Es una versión corta de la conferencia ‘Mitos y verdades sobre Colombia y Japón’, que diseñó hace ocho años y que ha dictado en todo el país. El primer mito: ¿Realmente los japoneses son tan inteligentes?; el segundo: ¿Todos los japoneses son karatecas? Y el tercero: ¿Qué tan pobre es Colombia comparada con Japón?
El ya célebre video, que ha recibido cerca de 150 mil visitas, fue grabado el pasado 25 de noviembre en la entrega del galardón que la Cámara Junior de Bogotá les dio a 10 jóvenes emprendedores de la ciudad.

A él lo exaltaron por su labor humanitaria en Ciudad Bolívar, la localidad más pobre de Bogotá y lugar del que no quiere desprenderse pese a que ya le hicieron interesantes propuestas de trabajo en dos altas entidades del Gobierno nacional, también motivadas por su famosa intervención.
Kenji no sabe cómo el video se propagó de tal forma. Alguien lo tomó de su página en Facebook –lo subieron hace tres semanas- y lo montó en YouTube. Empezó a rodar en cadenas de correos electrónicos y en redes sociales, y de ahí también se pegaron casi todos los medios de comunicación del país y blogueros de diferentes latitudes.
¿Quién es Kenji Orito Yokoi Díaz? Su vida se resume así: Nació en Bogotá el 13 de octubre de 1979 y es hijo de la colombiana Martha Díaz y del japonés Yokoi Toru; es el mayor de cuatro hermanos y creció entre Colombia, Panamá y Costa Rica por cuenta del trabajo de su padre ingeniero. A los 10 años se fue con su familia para Japón, a los 16 empezó a estudiar ciencias religiosas y trabajo social con la comunidad presbiteriana, hizo sus prácticas sociales en las favelas de Río de Janeiro (Brasil) y en los suburbios de Nueva York.
En Japón conoció a la colombiana Aleici Toro, se casó con ella y allá nació su primer hijo, Kenji David. Entonces, se ganaba la vida como guía turístico, profesor y traductor de español hasta que con su madre, quien les enseña a bailar cumbia a los japoneses como agregada cultural de la embajada de Colombia en ese país, decidió montar un negocio donde vendían plátanos y yuca, y donde alquilaba videos de Betty la fea y Pedro el escamoso.
Esa pequeña Colombia, como él la denomina, también se convirtió en el refugio de mujeres de todo el mundo víctimas de trata de personas, a quien ayudaba a retornar a sus países de origen. Por eso se ganó severas amenazas de las mafias de ese cruel negocio y hasta le reventaron la cara en dos oportunidades.
“Estaba muy bien económicamente en Japón”, cuenta el joven de 31 años al evocar la situación que lo motivó a regresar al país, específicamente a Ciudad Bolívar, el lugar donde el pequeño japonesito pasaba vacaciones con sus abuelos, deslizándose en tablas por las canteras del barrio San Francisco con sus primos y amigos. “Yo no veía la pobreza, sólo sentía la felicidad de vivir en Colombia, que no tenía en Japón”, suspira.
Entonces, vio en las noticias cómo un angustiado desplazado por la violencia amenazaba, con una cuchara en el cuello, a una mujer. “Este hombre sólo quería comida para sus hijos”, rememora.
Fue entonces cuando decidió volver sólo con el deseo de ayudar, sin saber cómo.
Aterrizó en la Iglesia Presbiteriana Renovada, en el extremo sur de Bogotá, la misma confesión con la que se formó en Japón y donde un tío suyo era líder. Empezó a vincularse a actividades comunitarias y sirvió de pastor de esa iglesia (también se preparó para esto –aunque ya no oficia- y en esa labor aprendió a cautivar al público). Meses más tarde descubrió que la manera ideal de servirle a la gente no consiste en regalar comida, como se acostumbra en Ciudad Bolívar, sino en generar un cambio de mentalidad.
Dejar de generar pesar
“Al principio me preguntaban: ¿Qué nos va a dar extranjero?, y yo respondía: mentalidad. No me hacían caso y se iban para donde el que les daba mercados y ropa”. Los ahorros que había traído de Japón se los robaron, según él, por confiado. Pero arraigado en su proyecto empezó a reclutar almas que se convencieron de que con la mano estirada y el rostro lastimero, a la espera de cualquier bocado, no van a salir de la miseria.
Fue así como nació su obra, que se niega a constituir en una fundación. “No quiero ser una de las tantas fundaciones que ya existen en Ciudad Bolívar”. Su iniciativa fue acogida poco a poco a tal punto de consolidar un proyecto del que se benefician 500 personas.
Consiguió un edificio donde les da el almuerzo a 100 adultos mayores y a 50 niños, en convenio con el Bienestar Familiar. Allí mismo ofrece capacitación sobre cómo generar proyectos productivos; a las mujeres las orienta para que no se dejen maltratar por sus esposos y a los hombres les enseña que para salir de la pobreza no tienen que “meterse a una pirámide o en un negocio torcido”, que eso sólo lo lograrán con organización y honestidad.
“Las drogas y la violencia son dos grandes amenazas para nuestros niños y jóvenes”, opina Kenji al comentar que a ellos les dicta clases de japonés, artes y música, con el apoyo de amigos suyos. La educación es su motor y por eso quiere llegar al Sena, institución que admira porque es “la única esperanza de los jóvenes más pobres de Colombia”.
Los cinco millones que cuesta la sede los reúne vendiendo alimentos a buen precio, dictando cursos de japonés a universitarios y a empresarios, y con las conferencias. Y ahora, con el boom generado por su video, espera que las cosas mejoren para él y para sus colaboradores.
“Un trabajador social debe vivir bien, no mal; eso da mal ejemplo”, dice Kenji al reconocer que el bienestar que da el dinero es vital. Por eso motiva a la gente a mejorar sus condiciones de vida, a que aspiren a arreglar sus viviendas, a vestirse mejor y a soñar con una moto o un carro nuevo.
En su caso, está pagando un Aveo modelo 2009 y el apartamento donde vive, en el barrio Tunal, al borde de donde se alzan las lomas de Ciudad Bolívar.
Uno de los momentos más emotivos del video es en el que cuenta que de niño nunca recibió un abrazo de su padre, porque en Japón nadie abraza a nadie. Menos mal, cuenta, recibió todo el cariño de su familia colombiana y de ahí su espíritu entusiasta. Y eso lo salvó de la depresión y tal vez de un suicidio (recuerda que al año 32 mil japoneses se quitan la vida).
Por eso, otro de sus proyectos consiste en traer japoneses para que se contagien de la alegría del colombiano y de la vida en comunidad.
“Cuando volví a Colombia y vi tanto problema, pude haber hecho lo que hacen muchos de los que regresan al país después de vivir en el exterior: devolverse porque sienten vergüenza de su patria”, advierte. Pero no. Aunque sabe que podría vivir mucho mejor en Japón, donde viven sus padres y hermanos, quiso hacer parte de la solución y ya empezó a recoger frutos maduros de su cosecha.
-¿Cómo es eso de que los colombianos somos más inteligentes que los japoneses?
- Claro. El japonés no es inteligente, es disciplinado, ese es su secreto: la disciplina. El colombiano sí es inteligente: lo que no sabe se lo inventa, pero no es disciplinado.
-¿Cuál es esa lección que no olvida?
- Una que me dio mi padre: la disciplina tarde o temprano vencerá la inteligencia.

El falso escolta de Juan Pablo II

En vísperas de la beatificación del Papa polaco, el colombiano que se coló en el papamóvil, en su visita a Colombia en 1986, evoca su disparatada osadía.

José Alberto Mojica Patiño

Redactor de EL TIEMPO. Febrero 3 del 2011.
Miguel Ignacio Bermúdez sólo quería saludar al Papa Juan Pablo II. Su única pretensión era plantarse en las inmediaciones del aeropuerto Eldorado, en un buen lugar, para verlo de cerca en su primera y única visita a Colombia, ocurrida el primero de julio de 1986. Si tenía suerte, lograría tomarle una foto con su cámara Olimpus. Sin embargo, sus planes cambiaron de rumbo de una manera inesperada.

Bermúdez, un ex seminarista de 33 años, licenciado en filosofía y periodista deportivo, fue la primera persona en saludar al Sumo Pontífice apenas descendió de un inmenso Jumbo blanco, después de besar suelo colombiano. De hecho, se dio el lujo de estrechar sus manos cuatro veces en diferentes momentos. Y como si fuera poco, logró acompañarlo en el recorrido de ocho kilómetros que hizo, en el mismísimo papamóvil, desde el aeropuerto hasta la Plaza de Bolívar.

¿Cómo un simple ciudadano logró burlar la rigurosa seguridad de uno de los hombres más y mejor custodiados del mundo? -Fue un milagro de Dios -dice, casi 25 años después de lo que él considera una imprudente hazaña.

Bermúdez, entonces, trabajaba en una fundación que promovía el deporte y estaba recién casado. Criado en el seno de un hogar católico, ingresó al seminario a los 17. Después de cinco años, sintió que ese no era su camino. "Es mejor un buen laico que un mal sacerdote", dice. El pequeño monaguillo creció viendo al Papa polaco como su ejemplo de vida.

"Su pontificado marcó a tres generaciones. Juan Pablo II ha estado presente en los momentos más importantes de mi vida", cuenta. En su apartamento en el occidente de Bogotá, Bermúdez, hoy de 58 años, no solo atesora los recortes de prensa donde registraron su osadía -que lo convirtió en el más ilustre descarado de la época- sino toda una colección de libros, revistas, documentos y fotografías de quien él considera el gran personaje del siglo XX, por sus aportes a la paz mundial.

Su admiración lo ha llevado a estudiar en profundidad todas sus encíclicas. Al recordar cómo logró burlar el extremo esquema de seguridad dispuesto para la visita papal, compuesto por unos 5.000 hombres de la Policía y el Ejército, repite: "Nunca planeé nada, las cosas se fueron dando".

Cinco años atrás, el 13 de mayo de 1981, había ocurrido el atentado que casi la cuesta la vida a Juan Pablo II, cuando se desplazaba, en Roma, en un papamóvil descapotado. A las 10:45 de la mañana, Bermúdez llegó en buseta hasta la glorieta de la avenida Eldorado, en las afueras del aeropuerto bogotano.

Hasta ahí estaba permitido el acceso. Sólo podían pasar los portadores de credenciales, que él no tenía. Ahí encontró un primer retén. No conforme, quería ubicarse detrás de las barreras metálicas instaladas a unos pocos metros, donde tendría una gran vista. Entonces vio cómo un mensajero, en su moto, bordeó el lugar, sin obstáculos, e ingresó a una bodega ubicada en el costado derecho.

Mientras seguía la misma ruta, buscando pasar al otro lado, se topó con un soldado que se asomaba en el techo, apuntándole con una ametralladora. Él, como si nada, lo saludó y empiezan a conversar; luego, sacó un puñado de dulces, se los entregó, se despidió y siguió campante hasta alcanzar la salida de pasajeros del muelle nacional.

Caminó hacia el extremo del lugar y vio que se acercaba un Land Rover blanco, con una especie de carpa de cristal en la parte superior: el papamóvil. Fue estacionado en el costado derecho de la vía, tras una puerta falsa levantada en tejas de zinc. Bermúdez, haciéndose pasar por reportero, pidió permiso para fotografiarlo.

En ese instante, llegaron dos amigos suyos sacerdotes y se les acercó, lo que despistó a los policías, que presumieron que era parte de la organización. Pasados unos minutos, la puerta de zinc fue levantada y el papamóvil ingresó al aeropuerto. Tres obreros, que trataban infructuosamente de entrar un pesado andamio, parecían necesitar la fuerza de una cuarta persona: ahí estaba Bermúdez.

"Mi Diosito me estaba mostrando el camino claro para poder ingresar", recuerda. En segundos, caminaba por entre los aviones, sin saber adónde iba; sentía que las piernas no le funcionaban. No quería despertar sospechas, pues sabía que si lo atrapaban pensarían que era un terrorista que pretendía atentar contra el Papa. Sentía una mezcla de miedo y emoción. A la 1:40 p. m., ingresó al salón VIP a tomar un descanso. Después de acomodarse el pelo, se ajustó la corbata y la chaqueta azul jaspeada.

"Era muy tarde para arrepentirme, tenía que seguir", dice. Se situó en el pasillo, afuera del salón, y comenzó a actuar como jefe de protocolo. Recibió al mismo presidente Belisario Betancur, a la primera dama y a los ministros, que se ubicaron rápidamente en los palcos asignados. El Papa aterrizaría en cinco minutos. Bermúdez no quiso pegarse a ese grupo.

Tomó una bandeja repleta de empanadas y gaseosas y se las repartió a los hambrientos soldados que custodiaban el acceso a la pista de aterrizaje; aprovechó el desorden generado por el improvisado ágape y logró ubicarse en la punta del tapete rojo dispuesto exactamente debajo de donde segundos más tarde quedaría la trompa del avión. A las 3:18 de la tarde el Papa se asomó y saludó. Bermúdez tomó la primera de una serie de fotos que sólo él pudo captar, gracias a su privilegiada ubicación. Después de arrodillarse y de besar el suelo, Juan Pablo II se levantó y fue Bermúdez el primer colombiano a quien saludó.

"Santo Padre: bienvenido a Colombia", le dijo sin dejar de apretarle las manos, con voz temblorosa. El Papa ya estaba montado en su vehículo cuando Bermúdez observó que la parte trasera tiene una escalerilla. Sin pensarlo, trepó de un solo brinco.

A lado y lado del vehículo iban los escoltas de la guardia suiza. Uno de ellos, corpulento, de ojos claros, lo interrogó pocos minutos después de salir del aeropuerto.

-¿Quién eres?, le preguntó en perfecto español. -Soy un ciudadano colombiano. -¿Y qué haces aquí? -Es el día más feliz de mi vida-, fue lo único que atinó a responder, casi entre lágrimas. Parece que conmovió al guardia, que le permitió seguir a bordo con el compromiso de bajarse cuando se detuviera el papamóvil. Pero este sólo paró en la Plaza de Bolívar, frente a la Catedral Primada, donde también se coló como el más diestro polizón.

Durante el recorrido, el secretario privado del Sumo Pontífice, el cardenal Stanislaw Dziwisz, le entregó un estuche con una camándula que, luego, Bermúdez le pasó a monseñor Mario Rebollo, arzobispo de Bogotá, quien iba en el papamóvil; para que el Santo Padre se la bendijera. Y así fue. "¿Podría ser más bendecido?", se pregunta hoy Bermúdez, satisfecho con el anuncio de la beatificación de Juan Pablo II, prevista para el próximo 1o. de mayo. Él se declara devoto, no fanático, y confiesa que entre los favores recibidos del Papa está la buena salud de toda su familia.

"¿Qué mejor milagro que mis padres y mis ocho hermanos estén con vida?". Este hombre que hoy se gana el sustento como dirigente de un club de ciclismo, que pasará a la historia como el 'colado' del Papa, tiene un libro inédito con su relato; también anhela que se haga la película que un guionista independiente tiene planeada.

-¿Se arrepiente de lo que hizo?

-De ninguna manera. Lo que me pasó fue algo providencial

'Hoy, casado, soy un mejor sacerdote'


En su nuevo libro, 'El dilema', el sacerdote Alberto Cutié se declara feliz en su vida de cura anglicano y padre de familia. Cree que la Iglesia debe reformarse si no quiere seguir perdiendo fieles.
José Alberto Mojica Patiño.
Redactor de EL TIEMPO. Febrero 2 del 2011.

El sacerdote puertorriqueño Alberto Cutié ya era famoso antes de que una revista publicara las fotos en las que él aparecía, en una playa, con quien hoy es su esposa. El escándalo sobre Cutié, presentador de uno de los programas más visto de la televisión hispana, no se hizo esperar. Hoy, a los 41 años y convertido a la Iglesia Católica Anglicana, se declara pleno: sigue siendo un servidor de Dios, pero puede ser esposo y padre de familia. Hace dos meses nació Camila, su primera hija, y acaba de publicar su libro, El dilema, en el que narra su historia.

¿Por qué escribir un libro?

Mi libro se llama El dilema, porque es un dilema cuando un hombre que ama a Dios y a su Iglesia, a la vez se enamora y encuentra que, tal vez, Dios lo está llamando a ser un buen sacerdote como un hombre casado. ¡No soy el único. Lo que me pasó les pasó a 100 mil curas! Esta semana descubrieron una carta que escribió el Papa Benedicto XVI hace 41 años diciendo precisamente esto: que el celibato debería ser opcional.

¿De qué habla en su libro?

Es una recopilación de lo que vi y viví desde mi época de seminarista, durante 25 años. Van a encontrar a un joven enamorado de su Iglesia y a un hombre que con el tiempo se da cuenta de cosas que lo desilusionan.

¿Qué lo desilusionó?

La Iglesia Católica Romana sigue imponiendo cosas que van en contra de lo más básico de la condición humana. El amor no se puede legislar, no puede ser un canon del derecho canónico. La Iglesia debería abrirse a su propia tradición: ¡los apóstoles eran casados! La Iglesia sostiene normas que no son bíblicas ni tradicionales, y sigue considerando muchas cosas ya cotidianas como pecado mortal.

¿A qué se refiere?

No creo que un católico esté cometiendo un pecado mortal por usar un preservativo o porque una mujer se toma una píldora o porque se ata las trompas después de tener cuatro hijos. ¿Cómo puede ser pecado mortal que alguien quiera planificar su familia, que no quiera tener 10 hijos en la sociedad de hoy?

¿Hay que abolir el celibato?

El cura secular debe tener la opción de casarse. Así fue durante 1.200 años: 40 papas fueron hombres casados, el mismo San Pedro tuvo esposa e hijos. Yo creo que todos los sacerdotes en el mundo tienen un dilema y deben buscar una salida. Hay muchos que aceptan vivir una vida doble porque el sistema le dice: como ser sexual esto hay que esconderlo, no es bueno y daña la imagen de la Iglesia.

¿Cómo es esa doble vida?

No es una doble vida realmente: es triple y cuádruple. Doble vida es cuando estás involucrado con una persona, pero hay compañeros míos que vivían en promiscuidad, en situaciones que no son sanas y eso la Iglesia lo sabe.

¿Qué tan grave es esa vida?

Conozco sacerdotes que viven una vida destructiva con el alcohol o con la pornografía, otros que comen excesivamente o que fuman. La violación del celibato es cualquier cosa que reemplace tu exclusividad con Dios; no son sólo las relaciones heterosexuales u homosexuales.

¿Hay muchos sacerdotes homosexuales?

He tenido amigos sacerdotes heterosexuales y homosexuales muy buenos, muy célibes; también he conocido a sacerdotes homosexuales en sus problemas de promiscuidad y a otros luchando por ser castos.

¿El celibato tiene la culpa?

Yo no le echo la culpa de esto al celibato, pero de alguna forma sí es responsable por la soledad tan profunda que siente un hombre al vivir de esa manera. Le fui muy fiel al celibato durante muchos años; cuando conocí a quien hoy es mi esposa nos respetamos por muchos años; mantuvimos distancia, hasta que pasó lo inevitable: nos dimos cuenta de que no podíamos vivir el uno sin el otro.

¿Su libro es un ataque contra la Iglesia?

Muchos sacerdotes y religiosas han leído el libro y me han dicho: padre, usted fue muy suave. De ninguna manera es un ataque contra la Iglesia Romana, a la que sigo amando. Han inventado cosas malignas de mi esposa y de mí. Y publico el libro para que se conozca la verdad.

¿Le importa el dinero?

Nunca he sido el cura materialista del carro y los trajes lujosos. Cuando trabajé en Telemundo, que me pagaban casi una miseria, el único lujo que me di fue comprarle un carrito a mi madre que era una mujer viuda. Siempre he sido un hombre sencillo. Una vez, en Bogotá, compré un gran traje en Arturo Calle que me costó 78 dólares, algo así, y lo usé durante muchos años.

¿Cómo va la venta de su libro?

Yo escribo libros, no los vendo, aunque sé que ya está en la lista de los más vendidos de Estados Unidos. Siempre que he trabajado en los medios he destinado gran cantidad a las caridades y con este libro será igual.

¿Cómo se siente en su vida familiar?

Como los apóstoles que tenían a su esposa y a sus hijos, vivo el sacerdocio de una forma más humana. Me siento mejor sacerdote ahora porque puedo tener la paz y la tranquilidad de una vida familiar y una vida eclesiástica; antes, cuando llegaba a casa, estaba solo.

Margarita y Mateo: una historia de amor segada

El asesinato de los universitarios Margarita Gómez y Mateo Matamala en Córdoba le recordó al país que hay zonas donde los violentos siguen mandando.
José Alberto Mojica Patiño
Redactor de EL TIEMPO (16 de enero del 2011)

Dos azulejos se posaron en la ventana de María José Matamala. El pajarito revoloteaba mientras su compañera lo contemplaba con detenimiento.
“Los azulejos eran una pareja muy bonita y recordé: cuando uno está completamente enamorado, todo es bonito”, dijo la joven con la voz quebradiza y el alma desgarrada. De pie, en el altar de la iglesia de Nuestra Señora del Líbano, en el norte de Bogotá, tenía a pocos metros el cofre café donde reposaba el cuerpo sin vida de su hermano Mateo.
A ella se le ocurrió que el par de azulejos eran una representación de su hermano y de Margarita, la mujer con la que él compartió felizmente sus últimos meses de vida, y también, los insospechados instantes de una muerte que se los llevó de un sólo zarpazo.
“Mate (así le decían a Mateo) estaba en su mejor momento: plenamente radiante. No le faltaba nada, tenía a su familia unida y a su gran amor”, siguió hablando y confesó que, pese al dolor, Mateo le transmitía tranquilidad.
Ella, apenas un poco más joven que su hermano, pidió en nombre de él que no aniden ningún sentimiento de rencor; que no piensen en la manera en cómo se fue: sólo en que se fue. Y que tampoco piensen en los asesinos: las nuevas bandas criminales. El doble crimen, cometido por los 'Urabeños' en San Bernardo del Viento, le recordó al país que esos grupos, surgidos de los restos de los antiguos paramilitares, siguen mandando sobre vidas y haciendas en algunas regiones.
A Mateo Matamala, de 26 años, lo recordarán como un joven noble e idealista que soñaba con cambiar el mundo.
“Era imposible no amarlo”. Así lo recuerda su tío Ricardo al evocar una de las consignas favoritas de Mateo: “Para qué dar la mano si puedo dar un abrazo”. Días antes, Ricardo recibió un mensaje de texto en el que él le contaba que Los colores del mar, la playa donde estaban acampando en San Bernardo del Viento (Córdoba) –cerca de donde fueron acribillados los dos universitarios– era un lugar hermoso y apacible en el que sólo había pescadores.
Desde su adolescencia, Mateo dejó claro que no quería ser un ejecutivo de corbata. Su padre, José Carlos, rememora que siempre esquivó las comodidades. Se movía por la ciudad en bicicleta y prefería el bus al taxi, para ahorrar dinero y para no contaminar.
“Amaba la naturaleza y a la gente, sobre todo a los más desprotegidos”, dice su padre al comentar que entre los asistentes a una misa –ofrecida el viernes por la U. de Los Andes–, sobresalía una indigente encogida en su melancolía.
“Es La Guajira”, aterrizó al recordar a la mujer, habitante de la calle, dueña de 11 perros vagabundos y a quien Mateo había acogido. “Le daba comida, ropa y cariño”, narra con la voz apagada y aclara que no la va a desamparar.

Víctimas, no mártires
“Mi hijo nunca nos dejaba de sorprender con su generosidad. Eso hace mayor la injusticia cometida contra él y contra Margarita”, enfatiza José Carlos con indignación y recalca que no le interesa que a ellos los consideren mártires.
“Son víctimas de este país enfermo. Ojalá que su muerte sirva de ejemplo para que por fin cese tanta violencia”.
Mateo y Margarita, de 23 años, llevaban apenas seis meses de relación pero su amor parecía infinito. Mateo la conoció en la facultad de biología de Los Andes, donde él ya había terminado ingeniería ambiental. “El tiempo se encargó de unir a este par de bonitos”, dice Andrés Jacome, uno de los grandes amigos de la pareja.
Sus planes: graduarse en junio próximo para montar una fundación que les enseñara a los niños del campo a sobrevivir con los frutos de la tierra; para que vivieran felices en sus parcelas y no se convirtieran en desdichados citadinos.
“Lo importante del legado de Mateo y Margarita es ese amor puro; era un fruto maduro y abundante, un fruto de un palo que ya se encuentra por estas tierras colombianas que ellos tantos querían”, sigue Andrés.
Consuelo Gómez es la mamá de Margarita. Una mujer luchadora, madre soltera que a punta de préstamos y mucho sacrificio le pagaba la universidad a su hija.
“Sólo nos teníamos la una a la otra. No sé de dónde sacaron esa gran mentira de que somos de una familia millonaria”, advierte Consuelo, oriunda de Cucunubá (Cundinamarca). Precisamente allí empezó a florecer en Margarita el amor por la biología.
“Mi hija no le tenía miedo a nada. Se trepaba en cualquier lugar, se metía al agua y sacaba los animales que se encontraba”, dice la mujer descargado sus palabras en un largo suspiro en el que pareciera que se le escapa la vida.
A Consuelo le llamaba la atención el precoz pero fecundo amor entre Margarita y Mateo. Por eso no vio ningún inconveniente cuando ella le dijo que se iba para Córdoba a pasar unos días de descanso con él. “Estaban felices”.
La última vez que hablaron fue el lunes al medio día, unas dos horas antes de que los mataran. Primero irían a Lorica, donde al día siguiente Mateo empezaría sus prácticas en una reserva de manatíes, y después a Montería. Margarita volaba a Bogotá al otro día. “Me dijo: mamá, tienes que ir a recogerme al aeropuerto. Voy a llegar muy triste por dejar solo a Mateo”, fueron las últimas palabras.
Los primos de Margarita crearon un grupo en Facebook para recordarla. En medio de tanto dolor, todos los mensajes coinciden en lo mismo: ella se fue a la otra vida tranquila y regocijada en los brazos de su amado Mateo.
Ruta prohibida en Córdoba
San Bernardo del Viento (Córdoba). Muy a pesar de la presencia de las autoridades, en Córdoba hay rutas prohibidas para los forasteros. Una de ellas fue la que tomaron Mateo Matamala y Margarita Gómez la tarde del pasado lunes. Sin saberlo, eligieron un camino de la muerte. En la vereda Nuevo Oriente, caserío del municipio costanero de San Bernardo del Viento, donde ocurrió el doble crimen, caminar a ciertas horas del día o de la noche es un peligro si no se cuenta con el permiso de los hombres armados que patrullan la zona, cuidando su negocio de narcotráfico. Los jóvenes arribaron atraídos por la diversidad de especies animales y vegetales que pululan en las más de 500 hectáreas de mangle. Llegaron a San Bernardo el pasado 4 de enero y se instalaron en un modesto balneario, 'Donde Toño', que presta el servicio de baño y comedor, pero donde hay que llevar carpa. Ya los conocían en el pueblo y por eso las autoridades dudan de que los muchachos hayan sido confundidos por los matones de alias 'Gavilán', el jefe de 'los Urabeños' en la zona. "Los mataron porque seguramente vieron algo que no tenían que haber visto", dicen en voz baja los pescadores. Los jefes de bandas en la zona Ángel de jesús pacheco chancy, 'sebastián' Es el hombre de confianza de 'los comba' en la región Según la Policía, pasó de 'la Oficina de Envigado' a los 'Rastrojos'. Se movió de Antioquia a Córdoba. germán bustos a. 'el puma' Cabecilla de 'los paisas', de la oficina de envigado Junto a Rafael Álvarez, 'Chepe', es jefe de un centenar de delincuentes de 'Los Paisas'. Roberto Vargas Gutíerrez, 'Gavilán' Jefe de 'los urabeños' en córdoba. Es ex 'para'. Maneja rutas del narcotráfico junto a su hermano Eduard Luis Vargas, alias 'Pipón'.

Patrimonio en el olvido


Los artesanos del sombrero vueltiao, símbolo nacional, sostienen la tradición pese a su pobreza.
José Alberto Mojica Patiño
Enviado especial de El Tiempo
Tuchín (Córdoba). 13 de enero del 2011
La vieja y oxidada máquina de coser marca Sínger modelo 65 tose como una locomotora ronca cada vez que Orlando Pérez hunde el pedal con sus pies.
El hombre, de 50 años, le da vueltas al sombrero con unas manos callosas; lo arma cuidadosamente puntada a puntada, con los ojos pegados a una trenza de cañaflecha, mirando por encima de sus gafas. Es el segundo de los cuatro sombreros que elabora al día en el patio de su rancho de piso de tierra y paredes levantadas con palos de guadua rajados a la mitad, cerca de tres cerditos embarrados y desnutridos.
Estos son sombreros comunes y corrientes, de combate, explica. Los genuinos, de 19 y 21 puntas de fibra son muy costosos y él no tiene ni los insumos ni el tiempo para hacerlos, y menos quién se los compre. Los que él fabrica, los vende en la plaza de mercado de su pueblo, Tuchín (Córdoba), cuna de la que es considerada por Artesanías de Colombia como la principal pieza artesanal del país y símbolo nacional por excelencia: el sombrero vueltiao.
-¿Y en cuánto los vende?
-"Pues los vendo a lo que me quieran dar, entre 12 y 15 mil pesos", responde el hombre con un acento que suena extraño: entre costeño e indio. Orlando, indígena zenú de piel tostada, lamenta que su oficio apenas le dé para comer a medias.
"No es mucha cosa lo que dejan los sombreritos: por ahí entre dos mil y tres mil pesos de ganancia cada uno", aclara él, con resignación en la voz. Orlando, casado y padre de cinco hijos a los que no pudo darles estudio por falta de dinero, no entiende cómo el país se enaltece con el sombrero vueltiao y no hace nada -o muy poco- por aquellos que los tejen con laboriosidad. "Dicen que es el símbolo nacional, y mire cómo vivimos de mal quienes lo hacemos".
Tuchín es un municipio recién nacido que brota de los ardientes Montes de María, en el noroeste del país. Se fundó apenas en el 2007, cuando logró independizarse de su eterno hermano siamés: San Andrés de Sotavento. Es el núcleo del resguardo indígena Zenú y tiene 33 mil habitantes. Y el 80 por ciento de la economía local se deriva de las artesanías. Es un pueblo que parece congelado en el tiempo. No tiene servicios de agua potable ni de alcantarillado. La Alcaldía es una casa sencilla de dos pisos y en sus terrenos sólo sobreviven unas pocas viviendas rústicas de techo de paja.
Los nativos han adoptado la mayoría de costumbres occidentales. Al parecer, la única herencia ancestral que les queda es la de hacer sombreros. Y allí, sorprendentemente, muy pocos los lucen sobre sus cabezas.
Expólita Bravo sumerge sus manos en un balde repleto de barro y agua. Aprieta un manojo de cañaflecha seca -fibra natural con la que se teje el sombrero- que revuelve entre el lodo: un barro especial que sirve de tintura natural y que escarba en un pozo de la casa de su suegro, Ramón Nova.
La mujer, madre de cinco hijos, cuenta que su oficio no es negocio para los artesanos sino para los intermediarios que lo pagan a cualquier precio y se quedan con las ganancias.
Un negocio para otros
Es cierto. Un sombrero auténtico de 19 tiritas de cañaflecha, cuya elaboración tarda una semana, lo venden allí a 120 mil pesos, en promedio, y a 90 mil si es al por mayor. Basta con preguntar en las tiendas de artesanías de Cartagena o Bogotá para darse cuenta de que los elevan hasta 400 ó 500 mil pesos. "Los artesanos tienen que vender los sombreros al precio que ponga el comprador, por la necesidad de llevarles comida a sus hijos", comenta Luz Marina Moreno, artesana y secretaria de Cultura del municipio.
Y añade, con indignación: "Es muy triste que los herederos de esta tradición, que es el símbolo que representa a Colombia en el mundo, vivan en condiciones tan lamentables". Ella advierte que la falta de organización entre los artesanos también influye, pues cada quien vende por su cuenta: no tienen quién los represente comercialmente y la única cooperativa está de capa caída. Medardo de Jesús Suárez es uno de los maestros artesanos de Tuchín. Tiene 75 años y no sabe hacer otra cosa que tejer sombreros. Tanto así que el año pasado un grupo de empresarios chinos, que fue a Tuchín, le ofreció una buena cantidad de dinero para que se fuera con ellos a enseñarles la técnica del sombrero vueltiao.
Él no quiso. "Eso sería vender nuestra herencia", dijo entonces el hombre, quien reprueba que al sombrero lo imiten de todas las formas posibles. Alexander Parra, funcionario de Artesanías de Colombia, cuenta que el sombrero vueltiao, y su pinta, son usados en mochilas, ponchos y cachuchas, en telas y materiales sintéticos. También en sombreros de cartón que regalan en las fiestas populares.
Los hacen en diferentes regiones del país y se sospecha, incluso, que estarían llegando del exterior. Pero si todo les sale bien a los tuchineros, podrán ponerle un tatequieto a los falsificadores. Esto, gracias a la solicitud de denominación de origen que se hizo ante la Superintendencia de Industria y Comercio.
Todo, dentro de un proyecto de propiedad intelectual liderado por Artesanías de Colombia, que busca que los artesanos blinden legalmente sus creaciones. Cuando se obtenga, el símbolo ya no podrá ser empleado libremente, como hasta ahora, a menos que paguen por los derechos.
Jesús Hernández, directivo de la cooperativa de artesanos de Tuchín, no encuentra la fórmula para enfrentar la explotación comercial de la que son víctimas. Él recuerda que hace algunos años el sombrero y las manillas de cañaflecha se pusieron de moda por cuenta de la tienda de los hijos del entonces Presidente, Álvaro Uribe.
"Eso fue un boom farandulero. Los hijos del Presidente sólo beneficiaron a un par de familias, no más; no fomentaron una organización, ni obras sociales. No dejaron nada y ni volvieron", dice Hernández.
El peruano Ray Meloni, consultor de la Unión Europea y experto en propiedad intelectual, interrumpe al artesano. "Yo le voy a decir qué les dejaron los hijos de Uribe. Dejaron la idea clara de que el negocio es rentable, que hay todo un potencial para exportar y vender lo que quieran", le recomienda el especialista al advertirle que eso será posible si el Estado los organiza en un centro de acopio y comercialización. De lo contrario, reiteró, seguirán haciendo millonarios a otros con el símbolo nacional que tejen con sus manos laboriosas.