El Islote: un pueblo estrecho pero feliz

En este corregimiento de Cartagena, famoso por ser el supuesto lugar más poblado del mundo, viven mil personas en 98 casas, casi una encima de la otra. Crónica de un pueblo que no tiene líos con su apretujada y precaria forma de vida.

José Alberto Mojica Patiño
Enviado especial
Santa Cruz del Islote.
Publicado en El Tiempo el 19 de enero del 2012.

A lo lejos parece un barco en naufragio, una mancha de escombros flotante en medio del océano cristalino. Es Santa Cruz del Islote, un corregimiento de Cartagena que se ha hecho famoso por ser, supuestamente, el lugar más densamente poblado del mundo: alberga a 1.000 habitantes en una extensión de tierra de apenas una hectárea. El promedio nacional, según el Dane, es de 41 habitantes por ese mismo espacio.
Al desembarcar en un muelle donde los corales tostados crujen tras las pisadas, la primera casa que aparece es la de una mujer de unos 70 años que, a secas, dice llamarse Anita.
-¿Qué quieren?, contesta Anita, cortante, después del saludo.
-Somos periodistas y vamos a escribir un reportaje ¿Es cierto que este es el lugar más poblado del mundo?
-Pues eso dicen-, contesta indiferente.
En el camino aparece Blas Mesa, un pescador amable de 55 años, padre de cinco hijos que explica la reacción de Anita:
“Es que en la prensa han dicho muchas mentiras: que para salir de una casa hay que pasar por la sala del vecino, que dormimos tan juntos que soñamos lo mismo, que hay prostitución y eso… eso que llaman… la promiscuidad”.
“Sí, vivimos apretados, pero eso no es para que nos ridiculicen”, cuenta Blas, indignado. Cuando habla de vivir apretados, se refiere a que en el pueblo sólo hay 98 casas para sus mil habitantes –unas pocas de dos pisos- y en cada una de ellas viven, en promedio, 10 personas de dos y hasta tres familias; dos, tres y cuatro personas en la misma cama.
Es un pueblito cuadrado del tamaño de la manzana de un barrio. Se estima que solo una tercera parte de las casas es de concreto, las demás son ranchos de piso de tierra y paredes de guadua y madera que se ven tan frágiles como chamizos secos.
“Tenemos lo básico para una vida digna”, sigue Blas y añade que Anita es hija del tío Pepe.
El tío Pepe realmente se llamaba Miguel Felipe Morelos y era conocido como el cacique del pueblo. Murió a sus 92 años el 20 de julio del 2011 siendo el más viejo de todo el Islote.
Ante la ausencia de una biblioteca –y de libros-, era quien narraba las historias de la fundación de este particular poblado que surgió de la nada, un puntico perdido en medio del mar, hace más de 300 años.
Dicen allí que un grupo de pescadores se asentó en la isla, atraído por su gran despensa marina –sobre todo de langostas- y por la ausencia de plagas.
También relatan que el tío Pepe convivía con tres esposas –aunque en diferentes hogares- con quienes tuvo 23 hijos y más de 100 nietos, y que entre ellas nunca hubo enemistad.
Al tío Pepe lo enterraron en la isla vecina de Tintipán porque en el islote no hay cabida para los muertos. Así como no hay cementerio, no hay muchas cosas para la vida básica de una comunidad por una sencilla razón: no hay espacio. El colegio solo ofrece hasta el grado séptimo de bachillerato y el centro de salud está en construcción. El médico y la enfermera no están, van de vez en cuando.
Sin embargo, mientras pasan las horas, se va concluyendo que semejante estrechez solo asombra a los forasteros. Los nativos se ven tranquilos y hasta pareciera que se gozan su apretujada y precaria forma de vida.
Santa Cruz del Islote es una de las 10 islas que conforman el Archipiélago de San Bernardo, en el Parque Nacional Corales del Rosario: un paraíso natural y turístico que ostenta una de las zonas coralinas más hermosas del país. El mar es reposado, de un oleaje escaso, y sus colores pasan por todas las gamas del verde y el azul. Al frente del Islote, en las islas Múcura y Palma, hay dos sofisticados hoteles que contrastan con sus limitaciones.
No hay servicio de acueducto ni de alcantarillado. El agua la recogen cuando llueve, y si no llueve, deben esperar a que un buque de la Armada los abastezca del líquido. Y sí, -hay que decirlo- las aguas negras y las necesidades físicas de la gente caen en el mar. Solo unas pocas casas tienen baño, aunque con línea directa al océano.
Una planta de energía eléctrica empieza a zumbar fuertemente, como un zancudo en la oreja. “También tenemos la luz más cara del mundo”, dice gruñendo Juvenal Julio, un raizal enérgico, de 65 años, llamado a retomar el legado del tío Pepe.
“Yo iba y le llevaba un juguito al tío Pepe y le sacaba información. Y como ya se murió soy el encargado de contar la historia del Islote”, dice Juvenal, pescador y guía turístico de las islas vecinas.

Una comunidad solidaria
Juvenal explica que, por casa, hay que aportar 2.500 pesos diarios para comprar la gasolina de un transformador de energía, donado por el gobierno del presidente Andrés Pastrana en 1999–afirman que es la más reciente obra estatal-, que provee apenas cinco horas de luz. Y si alguna familia no tiene el dinero, le prestan de un fondo común.
Son las 2:00 de la tarde y sorprende no encontrar mucha concurrencia en el supuesto lugar más poblado del mundo, un título que nadie sabe de dónde salió.
Lo cierto es que, según el Fondo de Población de Naciones Unidas (Unfpa), no es un reconocimiento oficial. Ese galardón se lo lleva Mong Kog, un distrito de Hong Kong (China) donde viven 130 mil personas en el mismo espacio de este poblado. Y en Colombia el sitio más poblado es Itagüí (Antioquia) donde 13.000 personas comparten el mismo terreno.
Juvenal aclara que es hora de la siesta y que, además, mucha gente está buscando su sustento: unos pescan, otros trabajan en los hoteles y el resto vende almuerzos, ‘cocolocos’ y cocadas en las islas aledañas. “El único turismo en el Islote consiste en traer turistas a que vean cómo vivimos; se bajan, miran con asombro y no compran ni agua”, escupe Juvenal.
El pueblo parece un laberinto de calles encharcadas, sólo unas pocas de pavimento ya agrietado. La única área común es la de la plaza central, donde a esa hora un grupo de hombres mata el tiempo en una partida de dominó bajo un árbol que los resguarda del sol. Se impone una cruz pintada de azul celeste desteñido, al frente del colegio.
Hay tres tiendas, una más grande que las demás, y un quiosco donde los fines de semana celebran duelos de gallos y que de lunes a viernes es centro de culto religioso. “Si no hay una iglesia católica, menos un templo para los evangélicos: les toca rezar en la gallera”, cuenta Juvenal y se echa a reír.
Juan Guillermo Berry es el dueño de la tienda grande y líder de la Iglesia Misionera Mundial. Considera que mucha gente se volvió evangelista –el cree que el 40 por ciento- porque los curas solo van una vez al año a bautizar a los niños.
Dentro de las pocas cosas que sí hay: una discoteca, aunque sin inaugurar. Su dueño es Felipe Morelos (junior), hijo del tío Pepe, quien pensaba abrir el negocio cuando su padre se enfermó del corazón y falleció.
Son las 4:00 de la tarde y empiezan a arribar las embarcaciones cargadas de los lugareños que retornan después de la jornada. Y poco a poco el pueblo empieza a llenarse, como un hormiguero alborotado.
Los niños pequeños juegan descalzos entre un charco detrás de un balón o se refrescan en el mar, muy cerca de un monumento desportillado de la Virgen del Carmen, patrona del pueblo: la imagen no tiene manos ni nariz, y al niño Jesús le falta la cabeza.
Los más grandecitos juegan en una pequeña mesa de billar. Dicen que la mesa de billar grande se la llevaron porque ocupaba mucho espacio.

Néstor ha cursado seis séptimos
Yojaira Niuba prepara café en su estufa de leña (todas las estufas son de leña). Vive con su esposo y cinco de sus siete hijos en el mismo cuarto, en dos camas sencillas. Los otros dos viven donde una hermana. No cabían en su rancho. “Duermo con mi marido y dos niñitos en la misma cama. Para la intimidad, pues esperamos que se duerman los pelaos”, suelta con picardía.
Yojaira quisiera que sus hijos tengan una vida mejor, pero según ella, no hay fuerza (dinero). “Mire a Néstor, tiene 18 años y lleva seis séptimos”.
-¿Cómo así?
-¡Es que en el colegio sólo hay hasta grado séptimo!, lamenta.
“Yo quiero ser pintor”, dice el muchacho, quien prefiere repetir cada año el mismo grado a quedarse haciendo nada.
“Aquí no necesitamos autoridad, somos una familia”, reaparece Juvenal. Y tiene razón. Casi todos son parientes. Y las dificultades –y el abandono del Estado, según denuncian- los ha llevado a organizarse como una comunidad solidaria capaz de compartir comida y de arreglárselas para proveer el agua y la energía eléctrica, o para contratar una lancha entre todos cuando algún enfermo necesita atención.
A Ramiro Hoyos, el inspector de policía, le preocupa que la población siga creciendo. Pero cree que con el nuevo centro de salud se podrá implementar un programa de planificación familiar. “Aunque las familias ya no tienen tantos hijos (cuatro en promedio)”. Cree que con agua y energía eléctrica todo sería mejor, e invita al Gobierno a que se acuerde del Islote.
“Dios mío, ¿cómo pueden vivir así?”, dice con ojos de terror una turista argentina a la que llevaron a conocer “el lugar más poblado del mundo”.
“Señora: no se preocupe. Acá vivimos en el paraíso”, le refuta Juvenal señalando el sol de bronce que se funde en el mar tranquilo e infinito que bordea al Islote.

FOTO: Juan Manuel Vargas
Video sobre el Islote: http://bit.ly/x6WxTL
Galería de fotos: http://bit.ly/wKVdOD

Las siete vidas de Daniel Klug


Rafael Klug, padre del joven que fue atropellado por un conductor ebrio que por poco le cuesta la vida, narra en un libro los sucesos inexplicables que tuvieron que ver con la asombrosa recuperación de su hijo.

José Alberto Mojica Patiño
Redactor de EL TIEMPO
Publicado en El Tiempo el 5 de octubre de 2011.

Daniel ha resucitado varias veces.
Cuando entra a su casa, caminando derecho, impecable y galante, resulta difícil comprender que se trata del mismo joven de 18 años que hace 14 meses fue embestido por un conductor embriagado en medio de un accidente que dejó a una persona muerta, y a él, gravemente herido. O muerto, asegura su padre, que lo saluda con un beso en la frente y le consiente la cara, mirándolo como si fuera una finísima pieza de porcelana.
“Mi hijo ya no tenía pulso. Los ojos estaban desorbitados, sangraba por la boca, la nariz y los oídos, y algo que me impresionó mucho: la lengua le llegaba hasta el piso”, cuenta Rafael Klug al recordar cómo encontró a su hijo después del suceso, ocurrido el 10 de octubre del 2010 a las 11:15 de la noche.
Rafael es un hombre de números, un empresario de origen austriaco que nunca se le pasó por la mente la idea de escribir un libro. Pero todo lo sucedido lo condujo a compartir su experiencia en ‘Dios salvó a mi hijo’, publicación de Intermedio Editores donde narra, de manera dramática y emotiva, los acontecimientos sobrenaturales que -según él-, salvaron a su hijo.
Rafael había llegado dos horas antes a apoyar a Daniel en la conciliación de un choque simple con otro vehículo. Fue entonces cuando el conductor de un Optra, en estado de embriaguez, sin luces, se llevó por encima a dos motocicletas de la Policía; una de ellas voló y cayó encima de la señora Zoila Rojas, quien falleció tras el impacto; atropelló a cinco personas más, entre esas a Daniel, y quedó incrustado en la camioneta en la que el joven aguardaba. “Ese borracho nos mató al niño”, gritaba su esposa, Marisa, mientras el hombre seguía moviendo el timón, como si siguiera manejando; como si nada.
Rafael, que se lanzó al carril de TransMilenio, en la autopista Norte, volvió a la escena y se encontró con el cuerpo inerte de Daniel; de repente, se topó con los zapatos negros de un hombre que se acercó diciéndole: “Déjeme tocar a su hijo, yo sé de estas cosas”.
El sujeto, de unos 28 años, pelo corto y vestido de jean y camisa, le pidió que le buscara el pulso. “No tiene pulso”, le contestó, con la voz desgarrada. Luego se agachó, le tocó las rodillas y los tobillos, y le pidió a Rafael que hiciera lo mismo; él siguió sus instrucciones y de repente Daniel empezó a soltar movimientos erráticos.
Una espesa mancha de sangre, de la mujer que yacía muerta a pocos metros, empezó a acercarse como si fuera un espectro; Rafael quiso retirar a su hijo, pero el personaje aquel le recomendó que no lo hiciera, podía ser peligroso.
No pasaron tres minutos cuando apareció una ambulancia; el hombre ayudó a subir a Daniel, que en 15 minutos arribó a la clínica El Country. Allí había nacido 17 años atrás con dos pulmoncitos de paloma que no le funcionaban (uno se le reventó) y estuvo en incubadora durante 30 días, entre la vida y la muerte. “Allí lo habíamos perdido y recuperado una vez, podría ser que se repitiera el milagro”.
Rafael quiso agradecerle, pero el hombre ya no estaba. Desde entonces, piensa que se trató de un enviado de Dios, tal vez de un ángel. “Revivió a mi hijo con solo tocarlo y creo que también tuvo que ver con la ambulancia que apareció en el momento; las otras ambulancias llegaron 15 y 20 minutos más tarde”, dice.
Días después del accidente, Rafael empezó a indagar sobre el misterioso personaje. Lo contactaron tres hombres, pero ninguno era el verdadero; lo supo porque se descacharon con los detalles. Tal vez querían sacar provecho.

Clínicamente muerto
El diagnóstico de Daniel no podía ser más desalentador: fractura de cráneo, de pelvis y varias costillas rotas. Al llegar a la clínica, fue inducido a un coma para reanimarlo.
Lo estabilizaron, pero tenía una hemorragia interna. Al día siguiente despertó y reconoció a sus padres, asintiendo levemente con la cabeza.
Dos días después detectaron que el vaso estaba roto y prepararon una cirugía para el siguiente día. Además de reparar este órgano, le instalarían clavos en la cadera para que recobrara el movimiento.
A las 2:00 de la tarde, recuerda Rafael, empezó la operación. “Llegó el médico que lo estaba operando y me dijo: su hijo se murió hace 20 minutos; me dio un beso en la mejilla y se puso a llorar”. El joven broncoaspiró y falleció, según el dictamen clínico.
“No, mi hijo no está muerto”, intervino Marisa, convencida. Rompió el protocolo de seguridad y llegó hasta cuidados intensivos. Le pasó a la enfermera una botella con agua bendita y le suplicó que se la untara en el cuerpo; llamó al doctor y le gritó: “No lo deje morir”. Quince minutos después lograron reanimarlo, pero el corazón y los pulmones funcionaban con ayudas mecánicas. Y llegó un nuevo diagnóstico: muerte cerebral.
Lo sometieron a una hipotermia –con hielo- para que el cuerpo disminuyera el consumo de oxígeno y el cerebro redujera su actividad. “La cara la tenía totalmente negra”, recuerda Rafael. Dos días, Daniel reaccionó a la luz y horas más tarde abrió los ojos.
Ernesto Moreno, cirujano gastrointestinal y amigo de la familia que acompañó el caso, no entiende cómo Daniel no quedó con secuelas después del daño cerebral que sufrió. “Científicamente, esto no tiene ninguna explicación”, asegura.
Del libro, que tardó escribiéndolo cinco meses, Daniel Klug espera que se difundan tres mensajes contundentes. El primero, que la gasolina y el alcohol no se pueden mezclar. “Estoy seguro de que el hombre que causó esta tragedia no es un asesino que se dispuso a hacer lo que hizo, pero mire todo el dolor que causó con su irresponsabilidad”. El segundo mensaje es de esperanza y fe, para que no se pierda nunca la confianza en Dios. Y el tercero es un llamado a las parejas jóvenes para que entiendan que con unión y amor se pueden superar los obstáculos familiares. “A mí me dio cáncer, y me sané; se me incendió la casa y la levanté otra vez; el ‘chino’ casi se muere, y mírelo ahí, perfecto”. Y sigue: “Mi hijo es un milagro desde antes de nacer”, dice y explica que su esposa sólo pudo quedar embarazada después de hacerle una promesa a la Virgen de Cuenca.
Poco a poco, Daniel empezó a recuperarse, aunque después le sobrevino una infección en los pulmones y una peritonitis. Estuvo 41 días en cuidados intensivos. La recuperación siguió en casa, donde recibió terapias físicas para recuperar la masa muscular que perdió por completo; de lenguaje y otras más para aprender de nuevo a escribir.
“En la mente sabía cómo escribir, pero no podía hacerlo. Fue un desespero muy fuerte”, cuenta Daniel con una voz suave, como impulsada por un motor a media marcha.
Recuperar el habla también le costó, después de estar entubado tanto tiempo, y aún siente que le falta fuerza: no sólo para hablar sino para caminar y patear el balón cuando juega fútbol. Ahora practica pilates, entrará al gimnasio y disfruta de su primer semestre como universitario.
Del accidente afirma no recordar nada; sólo se le vienen a la mente algunas imágenes de cuando estuvo hospitalizado.
Sin ser el más devoto, siempre pensó que el mundo no podía existir solo por una razón científica, que un ser superior estaba detrás de todo. Y eso, asegura, lo corroboró después de su asombrosa recuperación. Ahora dice tener una fe fortalecida, y está convencido de que Dios tiene grandes propósitos con él. “Si me salvé de esta, debe ser por algo”.
Daniel participa en una campaña del Distrito que busca generar conciencia entre los conductores, para que no conduzcan bajo el efecto del alcohol. Sale en televisión y aparece en vallas y avisos de prensa.
Muchos pensaban que no volvería a conducir, y menos, a tomarse un trago. Pero ni una cosa ni la otra. “Yo no fui el que causé el accidente”, dice el joven, que cumplirá 19 años en el próximo mes de noviembre.
Eventualmente sale con sus amigos y se toma un par de copas. Y así como lo ha hecho siempre, no lleva el carro: llama a su papá para que lo recoja o sencillo, pide un taxi.
-¿Cuáles son sus planes?
-Quiero recuperar mi vida, que se partió en dos. Por más que quisiera pasar la página y borrar esto, no lo voy a poder hacer nunca. Tengo muchas cicatrices que me recuerdan lo que me pasó, y muchos recuerdos dolorosos. Y en la calle, en la universidad, la gente me reconoce y me pregunta: ¿Usted es el muchacho del accidente?


Foto: Héctor Fabio Zamora

Video, campaña de Daniel Klug: http://www.youtube.com/watch?v=q2jT4Cn95_c

Leer y escribir, una batalla decisiva para los soldados



Por primera vez en la historia del Ejército, los soldados regulares –los más marginados-, no sólo los entrenan para la guerra mientras van por la libreta militar. Estudian para ser mejores en “la civil”.

José Alberto Mojica Patiño
Enviado especial de EL TIEMPO
Represa de Chivor (Boyacá).
Publicado el 6 de septiembre del 2011.

El soldado Navas ya no siente miedo.
Tiene 24 años, es de Buenaventura (Valle del Cauca) y hasta hace siete meses, cuando entró al Ejército buscando la libreta militar, no había empuñado un lápiz; ni siquiera sabía escribir su nombre, que suelta en un adiestrado tono militar: Navas Pontón Ernesto.
Su historia es similar a la del 7 por ciento de colombianos pobres que, de niños, no fueron a la escuela y se quedaron iletrados, según cifras del Ministerio de Educación.
Desde muy pequeño, cuenta, tuvo que trabajar para ayudarle a su mamá con los gastos de un hogar sin padre, con muchos hijos y angustiosas precariedades.
“Siempre he vivido con mucho miedo: miedo a que me pidan que lea esta cosa o la otra y no poder hacerlo, de firmar un papel o una planilla, de no saber lo que dicen los letreros”, cuenta Navas con un morral de 22 kilos de peso sobre su espalda. Además de municiones, comida, ropa y elementos de aseo personal, lleva dos libros que se destacan por encima de la punta de su fusil.
Sí. El soldado Navas está aprendiendo a leer y a escribir mientras cumple con sus deberes con la Patria y eso le está ayudando a librarse del lastre de la ignorancia –y del miedo- que lo ha acompañado siempre. Ya conoce las vocales y algunas consonantes, sabe escribir su nombre, y aunque muy despacio, puede leer los textos de la cartilla.
Sonríe, revelando una dentadura blanquísima que contrasta con su piel negra, y cuenta que espera avanzar un poco más para sorprender a su familia con un regalo insospechado: una carta de su puño y letra.
Por primera vez en la historia del Ejército Nacional de Colombia, los soldados regulares -campesinos o jóvenes de origen humilde cuya única condición para el ingreso es que no sean bachilleres- pueden estudiar mientras pagan su servicio militar.
“Los libros les pesan dos kilos de más, pero eso no les importa: son una motivación”, dice el coronel Raúl Antonio Rodríguez, comandante de la Primera Brigada del Ejército de Boyacá al hablar del proyecto piloto que se desarrolla en ese departamento, con 1.500 hombres, en convenio con la Gobernación y la fundación Transformemos.
Algunos, como Navas, comienzan desde lo más básico; otros, dependiendo el caso, son ubicados en primaria o en secundaria, lo que permitirá que varios de ellos obtengan su diploma de bachilleres.
“No sólo pasarán 24 meses aprendiendo de la milicia y sirviéndole a la Patria: ahora, con educación, serán mejores soldados y mejores seres humanos”, añade Rodríguez, quien se declara conmovido por el cambio de mentalidad de sus hombres.
Navas, por ejemplo, no alcanzará a terminar el bachillerato mientras esté en las filas del Ejército. Sin embargo, asegura que seguirá estudiando cuando “vuelva a la civil”. Su meta es conseguir un trabajo en una empresa. Ya no quiere volver a emplearse como obrero de construcción.

‘Ya no soy tan bruto’
El viento sopla fuerte en la represa de Chivor, en el extremo suroriente de Boyacá, donde el Ejército custodia el embalse que le provee la energía eléctrica al 50 por ciento de Bogotá. Allí, queda una de las bases donde se desarrolla esta iniciativa pedagógica.
El soldado Héctor Julio Muñoz se toma un descanso en la cima de un cerro desde donde divisa un paisaje inspirador: aves revoloteando, montañas y agua de color ceniza que corre apacible.
Saca su libro y empieza a leer, soltando sílaba por sílaba, como desatorándose: “Con mi familia fuimos a las romerías de la Virgen de Chiquinquirá”.
Muñoz tiene 20 años y habla en tono suave, con la mirada hacia el piso; es un jornalero que se vio obligado a dejar el azadón con el que labraba cultivos de papa para cargar un fusil al que no termina de acostumbrarse, todo, para conseguir la libreta militar.
“Cuando pequeño no fui a estudiar porque los recursos no alcanzaban y la escuela quedaba a hora y media. Era el mayor de mis hermanos y tuve que trabajar para que los más pequeños sí fueron a la escuela”, cuenta con resignada humildad.
Pero ahora, que está aprendiendo a leer y a escribir, dice que ha empezado a descubrir un mundo sorprendente.
“Pues sí, yo era un bruto porque uno no sabía nada. Tanta tecnología que hay ahora y uno no sabe manejar ni un celular ni un computador”, cuenta Muñoz, orgulloso de la rapidez con la que ha aprendido. “Ya no soy tan bruto”, dice con una leve sonrisa al confesar que su meta es ser bachiller para emplearse como conductor de buseta. Ya no quiere volver al campo. “Este país tiene abandonados a sus campesinos”.
Son 1.300 hectáreas las que conforman esta represa. Las 24 horas del día, estos soldados-estudiantes tienen que estar vigilantes, moviéndose por entre la manigua, en posición de defensa ante cualquier peligro. Si llega a pasar algo allí, media Bogotá se queda a oscuras.
Y aunque cuentan con una sala comunal dotada con un videobeam y un computador portátil, donde suelen recibir las clases al caer la tarde, arman improvisados salones debajo de un árbol o sobre el césped de las montañas.
“Uno saca, al menos, 20 minuticos para estudiar así truene llueve o relampaguee; si es de noche, alumbramos los cuadernos con linternas”, dice emocionado Jhonattan Steve Padilla, un barranquillero de 20 años que gracias a esta iniciativa retomó el grado décimos. Padilla es el auxiliar del ‘lanza tutor’, el cabo primero Hernando Mejía, encargado de orientar a los estudiantes en las tareas que les dejan los profesores.
Mejía es un enamorado de la misión a la que fue asignado. “Los muchachos han cambiado su forma de ver la vida, ahora pueden soñar”.
Rodolfo Ardila, director de desarrollo social de la Fundación Transformemos –que opera este proyecto- destaca que el Ejército les haya permitido estudiar a los soldados regulares, que son, según él, una cuota de la Colombia marginada.
“Históricamente, los soldados regulares sólo pagan servicio militar para que les den la libreta, y en todo ese tiempo sólo aprenden de esa vida. Cuando salen, no saben hacer nada más, nadie les da trabajo y eso los convierte en candidatos para continuar en la guerra”, analiza Ardila.
Anyenson Rincón tiene 19 años y es padre de dos niños, el mayor de cinco años y una bebé de dos meses de nacida a la que sólo ha visto una vez.
Este caleño estudió sólo hasta noveno. Se ha ganado la vida como cerrajero y cotero en plazas de mercado. Aunque aún tiene cara de niño -un rostro imberbe con delgadas cicatrices frescas provocadas por la maleza-, es un padre responsable. Por sus hijos, narra, decidió pagar servicio. Tiene la ilusión de obtener un empleo más digno con la libreta militar.
Mensualmente, y sin falta, le envía un giro a su esposa con la mitad de los 90 mil pesos que recibe como bonificación por ser un soldado de Colombia.
Saca una foto de su familia de una billetera húmeda, la besa, y cuenta que la soledad, el frío y la lejanía han despertado en él las ganas de escribir. “Nunca antes había escrito un verso, pero ahora escribo de todo lo que me pasa”, sigue Anyenson y pide que le escuchen una de sus creaciones, dedicada a su esposa:
“Si la luna se cayera, la recogería, la llevaría a mi casa, le pondría pijama, le cantaría una canción y la haría dormir para tallarle tu nombre. La pondría en su sitio para todas las noches, en esta soledad, poder acordarme de ti.
Luis Eduardo Valencia, barranquillero de 18 años, es otro de los poetas del grupo. Acaba de terminar una carta para su novia.
“Tu corazón es un libro muy especial. Solo en él están los más dulces momentos de tu vida. No le regales ese libro al que no lo sabe leer, porque nunca entenderá lo que en realidad hay en él”.


Video sobre los soldados estudiantes:

Palenque, un pueblo tejido en trenzas


Esta población del Caribe colombiano rompió las cadenas de la esclavitud gracias a los mapas de fuga que tejieron las mujeres en sus trenzas. Hoy, los peinados siguen siendo parte del legado africano que convirtió a Palenque en patrimonio de la humanidad.



Publicado en la revista Carrusel el 19 de agosto de 2011.

San Basilio de Palenque es un pueblo ardoroso que parece congelado. En el parque, frente a una iglesia pequeña pintada de descoloridos azul y rosado, se impone el monumento al gran cimarrón que se atrevió a desafiar a la corona española en el año 1600 y que convirtió a Palenque en el primer pueblo libre de América: Benkos Biohó. (Haga clic aquí para ver una galería de imágenes)
La imagen del negro nace desde la cintura de un pedestal mohoso. La mano derecha la tiene erguida, como queriendo alcanzar algo; en la izquierda, empuña el eslabón de una cadena rota. Su rostro es de victoria, pero también de dolor.
A dos cuadras del monumento queda la casa de Emelina Reyes, una mujer pequeña y de apariencia frágil, de 56 años, que habla con una voz carrasposa. Ella, al igual que todas las mujeres y niñas palenqueras, lleva una trenza que amansa el pelo arisco. Pero la suya, como el resto trenzas que se ven por ahí, no es producto del azar.
"Esta se llama la 'puerca paría', por el poco de hijitos que tiene", suelta la mujer; agacha la cabeza y describe la obra que ella misma elaboró con maestría: pequeños globitos de pelo distribuidos adelante, atrás, al frente y a los lados, como si fuera un racimo de cerditos amamantándose de la madre.
Emelina es de las trenzadoras más famosas y antiguas de un pueblo que, literalmente, fue tejido con el pelo de sus mujeres y que conserva viva la tradición ancestral de los peinados. "Yo no fui a estudiar, eso no se usaba en mi época; pero desde pequeña me enseñaron que las trenzas son una forma de ser libre", cuenta ella que es madre de seis hijos -dos muertos -, vendedora de cocadas y voz líder de Las alegres ambulancias de San Basilio de Palenque, un grupo musical que interpreta bullerengue y lumbalú, este último, un ritual africano para despedir a los muertos.
La historia, ampliamente documentada, le da toda la razón a Emelina cuando se refiere a la trenzada libertad. Benkos, el héroe de la estatua, no estuvo solo en su gesta contra la esclavitud. Sin su mujer, Wiwa, y sin otras esclavas, no hubiera podido escabullirse desde Cartagena por entre las faldas de los Montes de María hasta llegar al lugar donde hoy se levanta Palenque, como es conocido este corregimiento del municipio de Mahates (Bolívar), de cerca de cuatro mil habitantes.
El camino a la libertad lo tejieron las esclavas de una forma muy particular: en su pelo, a través de las trenzas. Eso lo argumenta Emilia Valencia Murraini, presidenta de la Asociación de mujeres afrocolombianas (Amafrocol), quien desde hace 30 años investiga todo el entramado de los peinados de las palenqueras.
Como ellas no estaban tan vigiladas -narra Emilia-, podían husmear por los caminos que recorría el amo. Divisaban el paisaje, los ríos, las montañas y las tropas del ejército español. Y en su pelo tejían lo que veían, a través de mapas de huida en marañas trenzadas, delimitando los senderos transitados. De esta manera los esclavos, liderados por Benkos, planearon la fuga, armados de lo que sería una brújula peluda.
"Los españoles jamás pensaron que los esclavos podían huir y menos que las negras los pudieran engañar de una forma tan sencilla: con el pelo", cuenta Basilia Pérez Márquez, licenciada en administración educativa y representante de la Asociación de mujeres raíces de Benkos. "De ahí, todos esos peinados que aún sobreviven en la cultura palenquera", sigue la mujer, luciendo un pelo rojo esponjoso, atrapado en una trenza en forma de corona.
Basilia es la secretaria del colegio del pueblo, donde a las 10 de la mañana suena la campana del recreo. Todas las niñas llevan un peinado especial. Unas juegan en medio del alboroto y otras pasan el tiempo acicalándose entre ellas los peinados.
Pero el pelo de las palenqueras también sirvió de botín, cuenta Basilia. En sus cabellos enredados, las esclavas escondían pepitas de oro que lograban escarbar en su trabajo en la minería durante la Colonia. También escondieron en su capilaridad semillas que después sembraron en el que sería su pueblo, garantizando de esa forma la seguridad alimentaria para la comunidad. "Fueron brillantes las primeras palenqueras", concluye Basilia.

Un inventario trenzado
Emelina Reyes peina a una de sus vecinas. Es común ver, afuera de las viviendas, a grupos de mujeres (abuelas, madres, hijas, amigas), matando el tiempo, en un pueblo donde todo parece transcurrir a destiempo, mientras se peinan las unas a las otras. De ahí que todas dominen el arte del trenzado, con sutil maestría, desde los primeros años.
La mujer teje un 'bordebalay': una especie de nido en la mitad de la cabeza que se desprende en cuatro partes, recreando la orilla del balay, un instrumento hecho en iraca en el que los campesinos secan al aire el arroz y el maíz.
Ereilis Navarro ha observado la escena muchas veces. Ella es una docente e investigadora barranquillera que se ha encargado de estudiar el significado de las trenzas de este caserío que, en el año 2005, fue declarado por la Unesco, Patrimonio cultural inmaterial de la humanidad y se reconoció el título del primer pueblo libre de América y su herencia africana, que se conserva intacta en diferentes costumbres, entre estas, la lengua: el palenquero (perteneciente a la familia lingüística bantú).
En todo este trabajo, Ereilis armó un inventario con 60 clases de peinados, cada uno con un significado especial. Menciona algunos: el 'hundiíto', un diseño inspirado en la topografía de las montañas (alusivos a las rutas de escape); los 'borreguitos', que es el reflejo del sometimiento de los esclavos; las 'carreítas', una secuencia de filas que ilustran los caminos de la región; el 'lío', porque no se sabe dónde comienza ni donde termina, y la 'puerca paría', símbolo de prosperidad.
La investigación de Ereilis, morena de abundante cabellera y finas trenzas, será publicada en un libro, a finales de este año, y se titulará Motia ri majaná ri palengue, que significa, en la lengua palenquera, "peinados de la gente de Palenque".


La primera peluquería
Lo extraño es que en un pueblo que surgió de la nada gracias al pelo de sus mujeres, y donde todas lucen elaborados peinados, no hay una peluquería.
María de los Santos Reyes es la vicepresidenta de la Asociación de mujeres raíces de Benkos, que nació hace apenas un año con el objetivo de mejorar la calidad de vida de las palenqueras a través de capacitación y proyectos productivos.
Actualmente, cuenta María, trabajan en la consecución de recursos para hacer realidad el sueño de la mayoría de palenqueras: un salón de belleza con todas las de la ley, donde los turistas sean peinados por ellas, en un negocio que permita sacarle provecho a su legendario talento.
Juana Erazo tiene 25 años y una piel de ébano. Estudia licenciatura en pedagogía gracias a una beca, está casada y es madre de un niño de 6 años. Ella pica y vende frutas, y también teje trenzas. Pero ahora se dispone a que la peine su amiga María Hernández. Por eso, camina hacia su casa con dos metros de pelo sintético en las manos, que le costaron 12 mil pesos. Sí, los peinados palenqueros han evolucionado gracias a los postizos, que están imponiendo una nueva generación de trenzas.
Las manos de María se mueven con laboriosidad sobre la cabeza de Juana, como esculpiendo una obra de arte en filigrana. Casi ni mira lo que le está tejiendo, que en esta ocasión es el peinado de moda entre las jóvenes: la 'cachetada'.
"Se llama así porque quedan varios dedos de trenzas, de lado, sobre la frente, como si fuera una cachetada. Se hace encima del cabello, con pelo sintético, porque ya ves que el pelo de nosotras no da para esto", explica Juana, cogiéndose un pelo alborotado y eléctrico que le llega hasta los hombros, listo para recibir el postizo.
Después de media hora, Juana queda bellamente peinada. Camina por las calles sin pavimento de Palenque ondeando las trenzas -que le llegan hasta la cintura- al vaivén de sus caderas; orgullosa de su pelo y de su libertad.


Protagonistas y líderes de su historia
El papel de la mujer en la sociedad palenquera ha sido fundamental. Son ellas las que crían a los hijos y las que salen a vender lo que cultivan sus maridos. Incluso, hay una creencia respaldada por unos y rechazada por otros: Que las mujeres son las que sostienen a los hombres.
"Me pregunto, hoy después de tantos años, qué tan libre es Palenque y qué tan libres somos las palenqueras", dice con cierta preocupación Antonia Pérez, gestora social del programa gubernamental Red juntos, al hablar sobre las pocas oportunidades de educación y empleo, y al machismo que sigue predominando.
Por eso, cuenta Antonia, trabajan en la creación de una cooperativa para comercializar, incluso fuera del país, las cocadas, alegrías, enyucados y los demás dulces que ellas elaboran.
"Nuestra gran problemática es la falta de trabajo. Muchas mujeres tienen que abandonar a sus familias, durante varios meses, para irse a vender cocadas a Cartagena y a otras ciudades, incluso a Venezuela", lamenta la líder comunal María de los Santos Reyes.
La mujer cita el ejemplo de las pintorescas palenqueras de Cartagena, con sus vestidos de colores y poncheras rebosantes de frutas sobre sus cabezas, que sobreviven gracias a lo que los turistas les quieran dar a cambio de una foto para el recuerdo. También a aquellas que ofrecen trenzas en las playas, muchas veces, con la indiferencia de los turistas.

'Soy Kim, la niña de la foto de Vietnam'

Viene a Colombia Kim Phuc, la niña que se hizo famosa tras ser quemada con napalm, y que ahora lucha por los niños víctimas de la guerra.




José Alberto Mojica Patiño

Redactor de EL TIEMPO

17 de agosto del 2011


Kim Phuc se hizo tristemente famosa debido a la guerra de Vietnam. La imagen de la niña de 9 años que huía del bombardeo a su pueblo con napalm, gritando de dolor por las quemaduras en su cuerpo, le dio la vuelta al mundo.

Han transcurrido 39 años desde el 8 de junio de 1972, día en el que Kim se convirtió en un símbolo de la guerra de Vietnam. Todo gracias a la imagen captada por el reportero Nic Ut, quien no solo tomó la foto -que más tarde le daría el Premio Pulitzer-, sino que la salvó de la muerte llevándola a un hospital.

Los médicos no le daban esperanzas de vida. Tenía quemaduras de tercer grado en medio cuerpo. Después de varias cirugías, logró salir adelante. Sin embargo, durante mucho tiempo fue perseguida. La usaron como un símbolo de la guerra.

Hoy, asegura que gracias a Cristo se sanaron sus heridas del cuerpo y el alma. Vive en Canadá con su esposo y sus dos hijos adolescentes, desde donde dirige una fundación que ayuda a los niños que son víctimas de la guerra en todo el mundo. Como embajadora de buena voluntad de la Unesco, viaja por diferentes países llevando un mensaje de paz y tolerancia.

En Bogotá ofrecerá una conferencia el próximo 23 de agosto (véase recuadro). En un español a medias -que aprendió mientras estudiaba medicina en Cuba-, respondió una entrevista telefónica a EL TIEMPO.



¿Cómo recuerda lo sucedido?

Tenía 9 años, había terminado el tercer grado. Mi familia y yo llevábamos escondidos tres días en un templo, por los bombardeos de Vietnam del Sur. Al tercer día, después del almuerzo, vivimos un atentado de humo de color rojo: nuestra aldea iba a ser bombardeada. Nos dieron la orden de correr, de huir.

¿Cómo fue esa huida?

Los niños salimos corriendo primero, los adultos iban detrás. Íbamos corriendo cuando vi un avión volando muy rápido. Yo paré y miré el avión. Y yo vi muy claro cuatro bombas volando y escuché una explosión. Alrededor de mí no vi ninguna persona, solamente había fuego, y vi el fuego en mi cuerpo.

¿Qué hizo en ese momento?

Yo utilicé mi mano derecha para apagar el fuego en mi brazo izquierdo, así que me quemé también mi mano derecha. Mi ropa empezó a quemarse y me la quité como pude. Tenía miedo y recuerdo todavía que pensaba que, con esas quemaduras, iba a ser muy fea. Gracias a Dios, mis pies no se quemaron y yo tenía capacidad para correr por entre el fuego. Gritaba: 'quema!, ¡quema!'.

¿Qué pasó con los otros niños?

Yo corría con mis hermanos, con mis padres y con mi abuela, que cargaba en brazos a un primo de 3 años. Dos primos murieron, de 3 y 9 años, y una tía se quemó. ¿Supo que la fotografiaban? Nunca me fijé que ahí estaba el fotógrafo (Nic Ut), que fue el que me rescató y me llevó al hospital. Después de eso me hice muy amiga de Nic, no hemos perdido contacto.

¿Cómo fue su recuperación?

Pasé 14 meses en el hospital. Volví a casa, hasta que descubrieron que yo era la niña de la foto. El Gobierno me sometió a largas entrevistas, grupos comunistas me hicieron participar en películas de propaganda política, fui obligada a dejar la escuela. Era un símbolo de la guerra. Mi vida era un tormento.

¿Cómo huyó de tanta presión?

En 1982, estudiaba medicina en Saigón y, por desgracia, funcionarios del Gobierno se enteraron de que yo era la niñita de la foto y me buscaron, querían que trabajara con ellos como símbolo. Yo solo quería estudiar. Les rogué que me dejaran tranquila y me prohibieron seguir estudiando. Solo deseaba morir, era una joven de 19 años sin esperanzas. Fue una infamia.

¿En qué momento su vida empieza a mejorar?

En 1986 viajé a Cuba a estudiar; allí conocí a Bui Huy Toan, un vietnamita con el que me casé, en 1992. Ahí, mi vida empezó a brillar; además, empecé a conocer a Dios.

¿Cómo nace su fundación?

Decidí que mi sufrimiento no fuera en vano. Si era símbolo de la guerra, quería aprovechar eso para luchar por los niños que, como yo, han sufrido por la guerra. Hay muchos niños huérfanos y que se mueren de hambre en todo el mundo, y yo trabajo para que esos niños vivan mejor.

¿Qué sabe de la niñez colombiana?

Sé que los niños sufren de muchas cosas, por ejemplo, que los convierten en soldados desde muy pequeños, que los reclutan. Sé que hay muchos niños que tienen hambre y no pueden estudiar.

¿Tiene pensado apoyar algún proyecto en Colombia?

Hay en curso algunas iniciativas con fundaciones aliadas.

¿Por qué no vive en Vietnam?

Es mi país y allá está mi familia, viajo cuando puedo. Pero no puedo vivir allá porque soy la famosa niñita de la foto, y yo quiero estar tranquila. Acá, en Canadá, vivo muy feliz con mi familia y puedo trabajar en mi fundación. La otra cosa es el clima de Vietnam, allá hace mucho calor; cuando voy me pongo muy mal. Por las cicatrices no tengo poros en los brazos, la espalda y el estómago, no puedo sudar y me pongo muy mal.

¿Aún siente dolor?

Las quemaduras me afectaron el nervio. O sea, me quemé por dentro también. Normalmente no tengo dolor, pero cuando hay cambios fuertes de clima el dolor se vuelve insoportable.

¿Qué concluye de lo que le sucedió?

En lo profundo de mi corazón le doy gracias a Dios por haberme convertido en la fe. Yo creo que Dios me escogió para vivir ese testimonio para que mi vida tuviera un propósito. Todo lo que me pasó es un milagro. Si Dios me salvó, es porque ahora tengo que ser testimonio para ayudar a los demás, especialmente a los niños

El glorioso y olvidado gaitero

¿Qué le queda al más célebre gaitero colombianos tres años después de ganar un Grammy? Sólo la nostalgia de promesas incumplidas y el anhelo de una vida sin tanta agonía.

POR JOSÉ ALBERTO MOJICA PATIÑO
ENVIADO ESPECIAL
SAN JACINTO (CÓRDOBA)

San jacintero:
Recuerda los bailes nobles de tus abuelos,
los que bailaron la gaita y dejaron huellas sobre tu suelo.
(Extracto de Sabor a gaita, del compositor Adolfo Pacheco).

El objeto se ve extraño, exótico, como una pieza de museo fuera de su cofre de cristal. Su propietario se encorva lentamente y lo saca de la caja de cartón donde lo guarda, con recelo, para ponerlo encima de un mesón de madera raído que hace las veces de comedor.
Sus destellos dorados disparan hacia el piso de tierra húmeda que conduce hacia la cocina donde reposan cuatro ollas tiznadas -y vacías- sobre una estufa de gasolina.
Desde allí se asoma el patio donde una gallina negra escarba, inútilmente, buscando algún grano para comer.
En la casa del ganador de un Grammy, el gramófono suele ser lo más importante. Por eso su propietario, Manuel Antonio García Caro, ya no quiere guardarlo más debajo de la cama.
Toño, como lo conocen en San Jacinto (Bolívar), es uno de los gaiteros que en el 2007 obtuvieron el premio Grammy Latino en la categoría de mejor álbum folclórico. El mundo los vio pisando la alfombra roja en Las Vegas y codeándose con luminarias del espectáculo como Juan Luis Guerra, Gloria Estefan y Ricky Martin.
Después de desfilar con un grupo de indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta, tocaron con la famosa agrupación puertorriqueña Calle 13, que subsidió su viaje.
La prensa internacional del espectáculo cubrió con asombro el triunfo de los tres campesinos colombianos que, vestidos de blanco, montados en sandalias y cubriendo sus cabelleras canosas con sombreros vueltiaos, se alzaron con el galardón.
Además de Toño, iban Nicolás Hernández y Juan Fernández, más conocidos como Nico y Juan ‘Chuchita’, con quienes conforma la gloriosa agrupación de Los auténticos gaiteros de San Jacinto desde hace casi cuatro décadas.
¿Tres años después, qué le queda a un ganador de un Grammy como Toño?
Muy poco. Solamente el recuerdo de esos instantes de gloria, varias promesas sin cumplir y, por supuesto, el gramófono, que es su más valioso tesoro. Nada más, aunque para él parece que fuera suficiente. La organización del premio no da dinero en efectivo, sólo el reconocimiento.
El maestro Toño no se queja ni juzga. Tampoco exige que le cumplan lo que le prometieron cuando le dio la alegría del Grammy a Colombia, el mismo galardón que han ganado otros artistas nacionales como Shakira o Juanes. La casita que le iban a construir, a él y a sus compañeros, todavía no tiene ni la primera piedra.
El hombre, que el pasado 6 de enero cumplió 81 años, vive con su esposa Candelaria y con una de sus tres hijas en un humilde rancho donde sólo dos de los tres cuartos tienen piso de concreto, que ya se agrietó; el resto es tierra. En su casa, como en todo San Jacinto, no hay servicio de acueducto ni de alcantarillado.
El agua la provee la lluvia. Tres baldes, con apenas un cuncho del líquido, sobresalen en el patio como esperando un milagro.
“Lo que quiero es hacer una piecesita directamente para el gramófono, para hacerle un nicho, para no volverlo a mover”, cuenta Toño con una voz suave y resignada.
Camina despacio rumbo al patio, dejando ver que el paso de las más ocho décadas que lleva a cuestas no ha sido en vano; atraviesa un corto pasillo ensopado y llega hasta el lote donde quiere levantarle una especie de museo al premio.
Señala el medio metro de pared que ha logrado construir con bloques de cemento y lamenta haber detenido la obra porque se le acabó el presupuesto.



Un santuario para el gramófono
“Lo estoy construyendo con lo poco que he podido ahorrar, de cuenta mía, ese trabajo lo estoy haciendo yo solo”, dice el hombre al contar que los tres millones de pesos que le dejó el último viaje internacional que hizo (a Londres, a comienzos del 2010), lo destinó a la construcción del ‘santuario’ para su gramófono y para pagar algunas deudas.
Su sueño es que los niños y los turistas, y todo el que quiera, pueda ir a su casa a conocer la dorada estatuilla. Ya no quiere prestarlo más al museo del pueblo, que se lo solicita cada vez que tiene alguna visita importante.
Toño García es el menor de 10 hermanos, de los que sólo queda él. Hijo de campesinos, se crió entre cultivos de maíz, yuca, ñame y tabaco en el caserío de Las Mercedes, a 25 kilómetros del casco urbano de San Jacinto, arrullado por el canto de las gaitas de los labriegos.
“No pude aprender a estudiar porque mi mamá se murió y me dejó de cinco años; a mi mamá le dio la muerte de un cáncer, una gravedad que no tenía cura. No aprendí a leer ni a escribir, sólo a firmar mi nombre”, evoca.
A los 13 años descubrió la fascinación por la gaita. Empezó por prestarle juiciosa atención al que más tarde sería su gran maestro, Manuel Mendoza. Poco a poco se fue convirtiendo en un aventajado aprendiz, y en uno de los músicos más solicitados para amenizar las parrandas de la región, de la mano de su mentor.
A los 19 años se casó y tuvo cuatro hijos, de los cuales murió uno pequeñito que nació muy enfermo. Hace 22 años murió otra de sus hijas, dejando a siete hijos a los que él no ha desamparado. Ninguno le heredó la vena artística y eso parece dolerle.
Tiempo después se desprendió de su vida de gaitero, que más que una carrera era la excusa para andar de fiesta en fiesta, chupando ron.
“Yo duré 20 años que me abandoné de la música, por cosas que se me dio de salir a caminar, a ver qué daba la vida, porque yo no conocía la vida”, recuerda Toño. Divagó por toda Colombia y Venezuela durante ese tiempo.
Pero en 1984 tuvo que volver. Su maestro había fallecido y él, como el mejor de sus pupilos, debía sucederlo. Regresó y retomó el trono de Manuel Mendoza, que lo convirtió en el que es considerado como el más célebre de los gaiteros colombianos.
Ha recorrido más de 20 países, en conciertos y en eventos de corte diplomático en el que ha representado a Colombia. Su gaita se ha escuchado en los escenarios más importantes del mundo, como el Madison Square Garden.
“Después de que fuimos ganadores del Grammy me he quedado esperando; si no ofrecieran, pues uno no se queda esperando”, suelta Toño y cuenta que el alcalde de turno, al igual que el Ministerio de Cultura de la época, les prometieron una casa a él y a sus amigos.
“Lo único que esperamos es que nos mejoren la vida tan siquiera con una casa para que yo, el resto de mi vida, lo pueda pasar quieto; ya se ha agonizado mucho”, dice Toño, ahora sí en tono nostálgico.
Nunca amasó una pensión y las invitaciones a los eventos internacionales se han reducido. Y en estas, cuenta, nunca le han pagado lo suficientemente bien. Sin embargo, aclara que sin esos viajes no hubiera podido levantar su rancho.
Su salud está bien, pero la de su esposa no tanto. Hace poco perdió un ojo y la atención que reciben por el régimen subsidiado de salud también se queda escasa.
“Me hace falta un tratamiento para recuperar unos años, porque yo todavía ando, todavía trabajo, yo hago la gaita; no tengo una entrada fija”, añade el hombre al hablar de la elaboración del legendario instrumento como una ayuda para su subsistencia.

Cambia sus gaitas por comida

El ilustre y viejo gaitero, que ha puesto a bailar a franceses, suizos, españoles y estadounidenses, debe adentrarse en el monte para conseguir la madera verde que hoy tiene arrumada en la casa y que aún huele a pino recién cortado; es un cactus al que tiene que sacarle el corazón y pelarle las espinas; lo seca bajo el sol para después abrirle las notas musicales con una varilla caliente.
Haciendo una gaita, después de tener el palo seco y los materiales listos (carbón vegetal y cera de abejas), tarda un día.
Y lo que le pagan es una humillación: entre 15 y 20 mil pesos por el par de gaitas (macho y hembra), que vende en las tiendas de artesanías de San Jacinto, al lado de las famosas y coloridas hamacas que caracterizan a esta calurosa población de la costa colombiana de 25.000 habitantes.
“Y si no las vendo, tengo que cambiarlas por comida”, reconoce con una voz que parece que se le fuera a apagar.
“Cuando las vendo bien vendidas, las vendo a 50 mil el par; ahí es cuando uno puede vivir un poco mejor”, cuenta él y revela que el honor de ser buena paga le permite sacar fiado en las tiendas del pueblo cada vez que se queda sin dinero. Todo lo que se cocina en su casa se trae el mismo día, casi siempre fiado; nunca hay plata para hacer mercado.
-¿Qué le preocupa?
-Poder terminar esta construcción y que yo sepa que me puedo acostar por ahí sin tanto desespero; para que el día que me toque morirme, me pueda ir alegre. De todo cuanto tormento he podido pasar, los he pasado; tengo una edad en la que ya no es justo seguir batallando tanto.
Jorge Quiroz, coordinador de cultura de San Jacinto, cuenta que desde que los gaiteros se ganaron el Grammy le han pedido ayuda al Ministerio de Cultura y al Viceministerio de Vivienda para construirles sus viviendas.
“Hemos hecho toda la gestión para que a los maestros se les provea de una vivienda digna. Le escribimos, incluso, al expresidente Álvaro Uribe y no se ha logrado nada”, cuenta el funcionario al explicar que el Gobierno nacional no les ha atendido esa solicitud y que el suyo es un municipio muy pobre.
Lo único que han podido hacer, con ellos, es darles subsidios de 150 mil pesos mensuales a cada uno (a través del programa de adulto mayor del Estado), mercados y la afiliación al Sisbén.
Juan ‘Chuchita’ tiene 79 años, mide 1.62 de estatura, tiene el cuerpo menudo y siempre sonríe; padre de cinco varones, es el cantante de la agrupación. Solo canta: la artritis ya no lo deja tocar la tambora.
“Mi casita es de bahareque, como en los tiempos antiguos. Espero a ver si me ayudan a hacer mi casita de material”, cuenta el hombre y puntualiza: “Del Grammy sólo me quedó el aparato”.
Además de los viajes al exterior, Juan ‘Chuchita’ toca con diferentes agrupaciones folclóricas para conseguir el sustento. También se queja de que en los viajes internacionales no le han pagado lo que él cree que se merece.
Lo que sí reconoce es que le han llegado las regalías por la venta del disco, Un fuego de pura sangre, el mismo que les permitió obtener el galardón.
Pedro Fernández, gestor cultural de la población, cree que la situación de los gaiteros se debe a que no tienen quién los represente y los defienda.
“Ellos son analfabetas y por eso se aprovechan, les dan lo que quieren en los contratos”, dice Fernández y explica que ellos, como no tienen un representante, tocan con quién se los les pide. Según él, la situación de Nicolas Hernández, el tercero de los gaiteros, es similar a la de Toño y Juan ‘Chuchita’.
“Los maestros no saben hacer cuentas, son muy humildes y conformistas”, sigue el hombre al hacer una acertada reflexión, que deja claro que son hombres humildes que han andado por la vida sin mayores pretensiones: “Los gaiteros hacen música porque les sale del alma, no por negocio”.
Sentado en una silla de madera, en el zaguán de su casa, Toño Fernández saca su larga gaita, de casi un metro. Se la lleva a la boca y sus dedos se deslizan dándole un sonido especial a cada soplo.
Toca Sabor a gaita, del compositor sanjacintero Adolfo Pacheco, una melodía que suena a nostalgia. Cierra los ojos, como despachando el alma en cada nota.
-¿Ha sido feliz, maestro?
-Sí, de todos modos valió la pena ser músico; he tenido mucho roce, muchos viajes que no esperaba, y he tenido la oportunidad de conocer la vida.

Prisioneras de Dios



Las monjas de clausura llevan una vida de encierro perpetuo, silencio y oración. Envejecer tras las rejas, sin contacto con el mundo, dicen que es un privilegio. Para ellas, la mortificación y las precariedades son un gozo divino.

José Alberto Mojica Patiño
Redactor de EL TIEMPO
21 de abril del 2011

Parece un pajarito enjaulado. Su juventud se refleja en un rostro de piel fresca y mejillas encendidas. Tiene apenas 20 años y ha escogido una vida de encierro, pobreza, silencio y sometimiento, desprendida de todo lo terreno.
Las monjas de clausura llevan una vida de encierro perpetuo, silencio y oración. Envejecer tras las rejas, sin contacto con el mundo, dicen que es un privilegio. Para ellas, la mortificación y las precariedades son un gozo divino. No volverá a pisar la calle, a menos que sea estrictamente necesario; una cita médica, por ejemplo.
A su familia sólo podrá verla una vez al mes, durante una hora y al otro lado de una reja. Tal vez no vuelva a ver a sus amigos. Sin embargo, Diana Marcela Manrique se ve rozagante, plena; resulta difícil comprender su dicha en medio de tal enclaustramiento.
"Mi familia no estaba de acuerdo: decían que era muy joven para tomar esta determinación. Pero yo estaba y estoy segura de que lo más bonito que puedo hacer es entregarle mi juventud al Señor", dice la muchacha con una voz dulce, al explicar que ser monja de clausura fue la misión que Dios le impuso después de asistir a un retiro espiritual.
Por eso abandonó sus estudios de enfermería y sacrificó la compañía de su familia. Ella es una de las 33 religiosas de la Orden de la Visitación de Santa María, comunidad fundada en Francia hace 400 años y presente en Bogotá desde 1918. La menor tiene 18 años y la mayor, 96.
El convento está ubicado en el sector de Bosa, en Bogotá, donde las hermanas crían gallinas, tejen ornamentos para curas y hornean pan: todo, para sostenerse y para darles alimento a 70 familias pobres. La joven, que no se acostumbra a levantarse a las 4:30 de la mañana, está en el aspirantado, la primera etapa de un proceso que tarda cinco años; sólo entonces podrá demostrar que realmente tiene la vocación para vivir en clausura perpetua.
Y aunque apenas lleva dos meses y medio, asegura que no está allí por un impulso sino por convicción. Su madre, Margarita, no puede evitar que la voz se le desgarre cuando reconoce que su hija ya no es suya sino de Dios.
Y eso la regocija en medio del vacío de no tenerla a su lado. Este paso inicial dura seis meses y es, según la hermana Rosa de María, la madre superiora, el primer coladero. Según sus cuentas, seis de cada 10 desisten en este filtro. "Se van porque les impactan el silencio, la soledad y el sometimiento", cuenta Rosa de María, una tolimense que hace 31 años, sin consultarlo con su familia ni con su novio, entró al convento del que sólo ha salido unas pocas veces para ir al médico.
"Jesucristo es la razón de estar tras las rejas. Somos prisioneras de Dios; no estamos aquí por propia elección: Dios nos ha llamado". Y sigue: "Cristo lo dio todo por la humanidad; nosotras le entregamos la vida a Él", cuenta y resume la misión de las monjas de clausura en una sola palabra: orar. "Oramos por la humanidad, por los ricos y los pobres, por nuestros hermanos guerrilleros. Todos somos hijos del mismo Padre", suelta la religiosa como si estuviera narrando un cuento de hadas. El chirrido de un timbre las levanta a las 4:30 a.m.
Tienen una hora para estar listas y se encuentran en la capilla para una primera alabanza. La misa es a las 7:00 y sigue el Santo Rosario; desayunan y, mientras las novicias estudian, las mayores se concentran en el aseo del convento, el cuidado de las hermanas enfermas, la panadería y el gallinero.
Después del almuerzo vuelven a orar y por las tardes reciben clases de historia de la Iglesia, de violín, piano y canto, francés y enfermería.

Enviudó y se hizo monja
El nombre de pila de María Magdalena es Lucía Espinosa, ingeniera sanitaria boyacense. Es la ecónoma del convento y escogió llamarse así cuando ingresó a la comunidad, hace tres años y medio, inspirada en la figura bíblica de la mujer pecadora que restauró su vida después de conocer a Jesús. Cada hermana -explica- escoge su nombre religioso.
Ella es una de las dos monjas viudas que hay en esta orden, una de las pocas que reciben a mujeres en esta condición y que no limitan la edad de ingreso. Su esposo falleció un mes y medio después del matrimonio, y ocho meses más tarde decidió ser monja. "No fue una salida al duelo, pero Dios se ha encargado de repararlo todo en mi vida", dice. Al principio, su familia no entendía cómo iba a ser capaz de renunciar a su vida profesional para encerrarse en un convento.
Ella contestó que sólo estaba respondiendo a un llamado divino que había esquivado durante mucho tiempo. "Las monjas de clausura somos el corazón de la Iglesia: nadie nos ve, pero somos el motor. Nadie lo sabe, pero con nuestras oraciones y sacrificios fortalecemos a la Iglesia y al mundo entero", comenta.
Un fuerte olor a piso recién encerado se filtra por los pasillos del convento y llega hasta el locutorio, donde transcurre esta entrevista en un ambiente ceremonioso. Hay cuatro lugares como estos, cada uno con cinco sillas, divididos por rejas pintadas de café, que apenas permiten el contacto con las manos entre las hermanas y sus familiares; tres locutorios están en el primer piso y uno más en el segundo para las monjas de edad avanzada.
Como María de Sales, de 96 años, la mayor de todas y prima de la beata colombiana Laura Montoya. Nadie puede pasar al otro lado: santuario inviolable. Cada una duerme en un cuarto pequeño al que ellas llaman celda, y en el que sólo caben una cama de 80 centímetros de ancho, un armario y una mesita de noche donde reposan los elementos de aseo personal; en las paredes, blancas, cuelgan un crucifijo y una imagen de la Virgen María.
Desde el locutorio se aprecia una imagen solemne: caminan despacio, con la mirada hacia el piso lustroso. No pueden hablar, como una amiga que se encuentra con otra. Si se topan, apenas inclinan la cabeza en señal de respeto al ángel de la guarda que, según sus creencias, pasa al lado de cada una de ellas.
Y como el silencio es ley, crearon un código a través del tañido de las campanas. A cada religiosa la llaman con un número determinado de campanazos. Suenan tres: buscan a Rosa de María, que antes de irse cuenta que sólo tienen vida social (conversar o tejer) durante una hora, en las tardes.
Los domingos juegan un partido de baloncesto; otras se entretienen en un cotejo de parqués o lanzando bolos. Johanna Roa se enclaustró hace tres meses. Tiene 25 años y es técnica en producción de información del Sena. Trabajaba en un call center y tenía novio hace 7 años, un ex seminarista con quien planeaba casarse y que se enteró de su decisión tras recibir una insospechada carta. Sin pensarlo, él fue quien la impulsó a enfundarse en el hábito negro con blanco que hoy luce con reverencia.
Un par de años atrás le regaló un libro de santa Teresita de Jesús, que le hizo despertar la vocación religiosa que anidó desde pequeña, cuando era colaboradora de la parroquia de su barrio en el sur de Bogotá. Así fue como Johanna abandonó todo para seguirle los pasos a su santa favorita. "Siento en mi corazón que aquí es donde yo debía estar desde hacía mucho tiempo; le di muchas largas al llamado de Dios; ya sé lo que es el mundo", relata emocionada.
Desde que entró al convento tiene dos clamores especiales. El primero: que pueda encontrarse con su familia en el cielo, ya que aquí no podrá estar con ella. Y el segundo, que su ex novio se la arranque del corazón y vuelva a los caminos de Dios.
Al igual que sus compañeras, la dolorosa ausencia de la familia la compensa orando por su bienestar. No reciben nada a cambio y tampoco tienen cómo amasar una pensión y menos una EPS. La salud la reciben a través del régimen subsidiado o Sisbén. Y, en ocasiones, si los ingresos disminuyen, pasan necesidades. Todo y nada en nombre de la fe.
La otra viuda es Aurora Durango o Juana Francisca. Acogió el nombre de la fundadora de la orden, la francesa Juana Francisca Fremiot, hoy santa de la Iglesia y quien después de enviudar, con cinco hijos, no sólo decidió ser monja sino que conformó su propio ministerio.
Su historia es similar: a sus 90 años, viuda hace 16, tiene 8 hijos, 22 nietos y 7 bisnietos que le suplican que se despoje de los hábitos y vuelva al seno familiar.
Ella, en clausura desde hace 14 años, se rehúsa. María Bernardita tiene 80 años, 60 de monja. Lo único que espera es morir en la gracia de Dios, satisfecha por haberle entregado su vida.
-Hermana: ¿no siente que se perdió de muchas cosas, allá afuera?
-Usted no se imagina de todo el gozo que se pierden ustedes al no estar aquí adentro.