Los hombres pájaro de México


Los indígenas totonacas rinden tributo al Sol arrojándose al vacío desde el tope de un poste de 35 metros de altura. Tienen que llenarse de coraje y hasta de castidad para poder ‘volar’.

JOSÉ ALBERTO MOJICA P.
ENVIADO ESPECIAL DE EL TIEMPO
PAPANTLA MÉXICO

El silbido de una flauta de guadua y los golpes repetidos sobre un tambor de cedro y cuero de gato producen una extraña melodía con la que se le rinde tributo al dios Sol y se le pide protección y fertilidad. La música indica que el caporal Víctor García, un joven de 19 años que dirige el ritual e interpreta los instrumentos, y cuatro indígenas totonacas más están listos en Papantla, un pueblo de 170 mil habitantes del estado de Veracruz –al este de Ciudad de México– para ejecutar la ‘Danza del volador’.La leyenda dice que el ritual surgió en el año 52 antes de Cristo.
Doce hombres fueron enviados a buscar el árbol más grande del bosque. Debían subirse a la cima y pedirle a sus dioses que les regalaran agua para salvar los cultivos de maíz y plátano.
De los 12, sólo cinco alcanzaron el copo del árbol, donde se convirtieron en pájaros y empezaron a volar.García lleva botas negras de cuero, un pantalón rojo de terciopelo con cintas de colores y flequillos dorados, una camisa blanca de arandelas y un penacho cubierto de flores y espejos.
Es el traje oficial de los voladores, que hace alusión a la naturaleza. El caporal sube los peldaños de un poste de 35 metros de altura y lo siguen sus compañeros.
Ya en la cima, empieza a bailar a brincos y a tocar la flauta y el tambor sin protección alguna, sobre una base redonda de unos 25 centímetros de diámetro. El muchacho muestra equilibrio y nervios de acero.
A su alrededor, en un cuadrado giratorio de madera de no más de dos metros por cada lado, están apostados sus compañeros y cada uno se amarra a una cuerda.
Los ‘hombres pájaro’ deben derrochar valor y entrega, y tener mucha concentración, para poder subirse al palo volador. Y no sólo eso: deben soñar que vuelan.
"No todos lo pueden hacer, el dios Sol no se lo permite a cualquiera”, dice Marcelino García, un abuelo totonaca de 58 años que lleva 40 volando. El viejo, que al sonreír deja ver un diente de oro y otro de plata, tenía 10 años cuando a través de un sueño supo que sería un volador.
“Soñé que flotaba en el aire –cuenta–. Esa fue la señal”.Los voladores también deben seguir al pie de la letra una especie de dieta. Cinco días antes del vuelo y cinco días después de este, no pueden tener relaciones sexuales ni consumir licor. “El vuelo puede ser peligroso. Todo depende de la concentración”, señala Cruz Ramírez, otro veterano volador. Tres de sus compañeros voladores han muerto en plena acción. El último fue Luis Arroyo, en marzo de 2006, quien pereció al caer de una altura de ocho metros.
“Ya estaba muy viejo y de pronto se desconcentró", explica Ramírez. Las edades de los voladores van de los 15 a los 60, y se estima que en todo el estado de Veracruz hay unos 800, que combinan este ritual de alabanza heredada de sus ancestros con labores agrícolas.
La milenaria tradición se ha convertido, también, en un modo de supervivencia. Muchos se presentan en fiestas patronales y en espectáculos en todo México y por cada vuelo reciben entre 100 y 200 pesos mexicanos (20 mil a 30 mil pesos colombianos).
Cuando el caporal García da la orden, los cuatro voladores que lo rodean, sentados, se arrojan de espaldas al vacío, para convertirse en ‘hombres pájaro’. Cada uno de ellos da 13 vueltas con los brazos abiertos y los ojos cerrados, para concentrarse.
Si se distraen, podrían sufrir un accidente. La cuerda sujeta a la cintura y a los pies, que regula la velocidad del vuelo, se desenrolla desde una especie de carrete, arriba en la cima del poste, donde el caporal sigue danzando. “Al principio da miedo, pero hay que vencerlo –cuenta Pablo Casas, de 22 años de edad y 6 de práctica–. El vuelo se disfruta. Es una sensación de purificación”.
Entre los cuatro suman 52 vueltas que representan las semanas del año y la formación del ciclo solar del calendario maya. Según sus creencias, cada 52 años nace un nuevo sol y todo comienza de nuevo.
Minuto y medio después, el vuelo termina. Cuando el caporal desciende deslizándose por una de las cuatro cuerdas, sus compañeros ya han pisado tierra.


Ahora las mujeres también vuelan

Hasta hace poco, las mujeres no tenían acceso al ritual de Papantla, porque las consideraban un elemento de distracción para el sexo opuesto en tan peligroso ejercicio. Pero todo eso está cambiando, aunque aún son pocas las que se atreven a ser voladoras.Una de ellas es Soledad Pérez Bautista, de 14 años, quien dice que ya no le da miedo lanzarse al vacío amarrada a la cuerda. “Eso fue solo la primera vez que volé”, relata la jovencita que, como todos, heredó la tradición de sus padres y abuelos, y lleva un año con ‘alas’. Si a los hombres les prohíben el sexo y el licor para poder volar, a las muchachas les exigen buenas notas en el colegio y un comportamiento ejemplar. Además de las mujeres, los niños también se están entrenando para conservar la tradición. Para ello se creó la Escuela de Voladores. Facundo Olmedo, quien tiene 10 años, también va desde el año pasado a esta escuela. En total, 50 niños aprenden allí la técnica con diversos ejercicios. Permanecer con los pies arriba durante varias horas, concentrados, es uno básico. Facundo ya vuela, aunque de un poste de madera de 15 metros y no de 35 como el de los grandes. Asegura también que ya no siente temor alguno: “Lo más importante es tomarse esto con seriedad, valorar nuestra cultura –dice el pequeño–. Esto no es un juego”.

*Invitación del gobierno del Estado de Veracruz (México).

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