La monja abuela


Aurora Durango tiene 88 años, 8 hijos, 22 nietos y 7 bisnietos. Y también es monja. Hace 14 años, después de enviudar, ingresó por curiosidad a un convento de clausura. En todo ese tiempo solo ha salido unas pocas veces, al médico, y se rehúsa a volver con sus hijos, pese a sus súplicas.


JOSÉ ALBERTO MOJICA P.
REDACCIÓN VIDA DE HOY


Publicada en Carrusel en mayo de 2009.

Está sentada en una silla de madera, al otro lado de la reja. Por una hendija introduce su mano derecha y saluda apretando fuerte. Sonríe y da la bienvenida.
La reja, pintada de café claro, representa una línea divisoria entre sus dos mundos: el terrenal y el celestial. Y como decidió quedarse en el segundo, aclara que debe recibir la visita en ese lugar, a menos de un metro de distancia del invitado.
Empieza su relato contando que sus ocho hijos le hicieron un plantón en la puerta del monasterio de la Orden de la Visitación de Santa María, ubicado en Bosa, en el sur de Bogotá. Ella no recuerda muy bien la fecha, pero estima que fue hace cinco años.
Algunos de ellos, incluso, vinieron de Estados Unidos y España –donde están radicados - a pedirle que volviera con ellos.
“Me dijeron que ya era justo que me saliera, que yo vivía en una cárcel, que la familia se había dañado porque yo me había vuelto monja”, recuerda la hermana Juana Francisca. Pese a las súplicas, no cayó en la tentación.
“De aquí solo salgo para allí al lado”, les dijo, señalando el cementerio del convento.
El 15 de enero de 1995, viuda, con 74 años encima, ocho hijos, 22 nietos y varios bisnietos (que hoy suman siete), Juana Francisca dejó la comodidad de su hogar y la compañía de su familia para enclaustrarse en un convento del que, en 14 años, solo ha salido unas pocas veces para ir al médico.
“Claro que quiero y extraño a mis hijos y a toda mi familia, pero aquí yo vivo muy contenta. Ya les serví a ellos. Ahora le sirvo a Dios”.
Corría el año de 1994 cuando el padre Carlos Manrique, entonces párroco de la Iglesia de Lourdes en Bogotá, y amigo de su familia, le contó que había un convento en el que recibían a viudas.
Ella le había dicho que estaba cansada de caminar tanto (unas 10 cuadras) para ir a misa todos los días, y que quería vivir más cerca de la iglesia. Fue ahí cuando él le sugirió que se volviera monja. “Ve, este tan bobo”, le contestó con incredulidad y sorpresa.
“No sabía que una mujer como yo (tenía 74 años entonces), con hijos regados por todo el mundo, podía entrar a los caminos de Dios”, cuenta. Además, confiesa que aunque siempre ha sido creyente, nunca tuvo vocación de monja.

De Aurora a Juana Francisca
No se quedó con la duda y llamó a pedir cita en el convento. La aceptaron y un mes más tarde decidió internarse.
Los primeros dos meses –sostiene- fueron durísimos. “En la calle me la pasaba mandando, regañando, con el bolsillito caliente. Y aquí uno tiene que pedir permiso hasta para irse a dormir, y no se puede cargar plata”, cuenta la mujer, oriunda de Santa Fe de Antioquia y quien asegura que la muerte de su esposo, cinco años atrás, también la condujo a darle semejante giro a su vida. Superada la prueba del encierro y la austeridad, decidió que ya nunca más volvería al mundo en el que, según ella, “‘anduvo dando mucha lora”’.
Pasó de llamarse Aurora Durango –su nombre de pila- para convertirse en la hermana Juana Francisca.
Rubiela Casas, madre superiora de esta comunidad, explica que a todas las religiosas de las ‘bautizan’ con otros nombres apenas toman los hábitos.
Ella -Rosa de María-, cuenta que a Aurora le escogieron ese nombre porque su historia era similar a la de la fundadora de la obra: Juana Francisca Fremiot, hoy santa de la Iglesia, y quien después de enviudar y con cinco hijos, no solo decidió que ser monja sino que conformó su propio ministerio.
Juana Francisca ya tiene 88 años y su salud está quebrantada. La artritis le impide levantarse en las mañanas a darles de comer a las gallinas del convento o a cuidar el jardín, como lo hacía antes. Y ya casi no escucha. “Lo mejor de estar sorda es que solo oigo lo que me conviene”, apunta, haciendo gala de su buen humor.
Como ya casi no puede caminar, se dedica al oficio con el que se ayudó a levantar a su familia: la costura.
Con su máquina de coser -lo único que se llevó de casa- confecciona los hábitos que lucen las hermanas.
Con su mano derecha, temblorosa, empuña un crucifijo de plata que sobresale en su pecho. Y dice, con una voz que se ahoga a ratos, que tiene un nuevo esposo: Jesús.
“La hermana Juana Francisca es la alegría del monasterio”, dice Ángela de Jesús, una de sus compañeras.
Además de coser, dedica gran parte del día a la oración. Se levanta a las 2 de la mañana. En su celda –así llaman las hermanas a las habitaciones-, donde solo hay una cama pequeña, una imagen de Cristo y otra de la Virgen María, empieza a orar.
Sagradamente reza nueve rosarios al día, y eleva plegarias por los más pobres, por sus compañeras, por la paz de Colombia. Y por supuesto, por toda su familia. Aunque no está físicamente con ella, siempre la tiene presente en su oración.

No podemos disfrutar a nuestra mamá’
Luis Carlos, uno de sus hijos, dice que cuando su mamá se fue para el convento él y sus hermanos pensaron que sería algo pasajero.
Después de insistirle que volviera a casa, comprendieron que era su decisión y que no podían ser egoístas. “Dios la escogió solo para él, y eso la hace feliz”, cuenta.
Sin embargo, la ausencia sigue siendo abrumadora. “Es duro tener la mamá viva y no poder gozar de su compañía, no poder abrazarla y compartir todo el tiempo que uno quisiera”, sostiene.
Juana Francisca asegura que ha tenido mucho tiempo para arrepentirse de los pecados que cometió cuando estaba en la vida mundana. Sin embargo, no cree que ya tenga ganado un cupo en el cielo.
“Hay que ir al purgatorio, a pagar por los pecados. Al cielo no se entra así de facilito”.
-¿Ya a estas alturas, no sería mejor estar en su hogar, con su familia?
-No. Uno afuera va a misa, pero sale y se olvida de Dios. Acá lo tengo todo el tiempo.

‘Somos prisioneras de Dios’
Vivir en clausura es la principal virtud de las hermanas de la Visitación de Santa María, una comunidad fundada en Francia, y que en el 2010 cumplirá 400 años de labores. Está presente en 34 países, y en Bogotá fue fundada en 1918.
El padre Víctor Moreno, capellán del convento, cuenta que las 38 hermanas congregadas allí, la más joven de 14 años y la más vieja de 94 –entre estas Juana Francisca-, no tienen ningún contacto con el mundo exterior.
Solo salen cuando es realmente urgente (al médico, por ejemplo) y las visitas de sus familiares y amigos las reciben en un locutorio dividido en dos por una reja. Ellas no pasan del otro lado.
“Somos prisioneras de Dios. A él le entregamos lo más sagrado que nos dio: la libertad”, cuenta Rosa de María, la madre superiora de esta obra que subsiste solo con lo que les deja la venta de los huevos de 4.000 gallinas, el pan que venden en el convento y de los bordados. No tienen más ingresos. La austeridad es parte de su compromiso de fe y oración.

Los ateos se quitan la cruz de encima



Aunque recientes encuestas han determinado que Colombia sigue siendo un país creyente, hay un despertar intelectual que busca cuestionar los asuntos de fe. Muestra de ello es el libro ‘Manual de ateología”.


JOSÉ ALBERTO MOJICA P.
REDACCIÓN VIDA DE HOY

Publicado en El Tiempo el 24 de mayo de 2009.

Aprovechando que en estas épocas no los pueden condenar a la hoguera o a la horca, 16 personalidades del país decidieron confesar por qué no creen en Dios. Lo hicieron en un libro de una celestial pasta azul, titulado Manual de Ateología.
Con la publicación, de la editorial Tierra Firme, no pretenden crear una nueva religión ni promover el ateísmo.
“Lo único que se busca es estremecer la fe de muchos colombianos, apelar a la racionalidad de esa inmensa mayoría católica y religiosa del país”, sostiene el abogado y politólogo José Manuel Acevedo, editor del libro, que ha encendido el debate sobre el ateísmo y el agnosticismo como una tendencia que aparentemente empieza a despertar en Colombia, o al menos, a destaparse.
En muchas cosas cree firmemente el ex magistrado Carlos Gaviria, quien hizo parte de esta recopilación: en la razón y el pensamiento, y en que la decencia debe ser un mandato tanto para los creyentes como para los no creyentes.
Sin embargo, no cree que su vida deba regirse por preceptos meramente divinos. Gaviria se confiesa agnóstico, que es muy diferente –aclara él- a ser ateo.
Los agnósticos son aquellos que, ante la imposibilidad de demostrar la existencia o la inexistencia de Dios, solo aceptan el conocimiento. Y los ateos niegan tajantemente la existencia de Dios. No obstante, ambas corrientes van de la mano, pues cuestionan el fervor hacia un ser supremo.
El dirigente político tampoco cree en aquellos que se rasgan las vestiduras en nombre de la Iglesia Católica. “Colombia es un país católico porque casi todos los colombianos han sido bautizados, pero solo un grupo selecto de personas vive el cristianismo de una manera conciente”, advierte Gaviria.
Y añade que si este realmente fuera un país cristiano, “no ocurrirían las cosas tan espantosas que ocurren”.
De Colombia se ha dicho históricamente que es un país de mayoría católica, y hasta la Constitución de 1991 el catolicismo era la religión oficial. Desde ahí se estableció que el Estado sería laico.
En la reciente Semana Santa el cardenal Pedro Rubiano reafirmó públicamente esa premisa al asegurar que las multitudinarias manifestaciones de fe en todo el país son una muestra de que la fe católica se sigue imponiendo.
En una encuesta publicada a finales del año pasado por la Universidad San Buenaventura con 1.800 personas, en Bogotá, el 92 por ciento de los consultados se declaró creyente. Y solo un 3,2 por ciento dijo ser ateo, mientras que el 3,8 por ciento manifestó ser agnóstico. De cada 10, ocho respondieron que eran católicos.
Isabel Corpas, doctora en teología y directora de la Maestría en Estudios del Hecho Religioso en la misma universidad, afirma que esos resultados son una muestra de que sí hay una población mayoritaria que cree en Dios y que los no creyentes son realmente pocos.
Corpas, católica de convicción, cree que los relatos del libro en mención son totalmente respetables desde el punto de vista intelectual, pero estima que las razones con las que muchos argumentan no creer en Dios, son cuestionables.
“Algunos no creen desde la ciencia (las teorías de la evolución, por ejemplo), o por el testimonio de vida de algunos sacerdotes. Es muy distinto no creer en los curas que no creer en Dios”, dice Corpas.
Otra encuesta hecha con 700 personas por Datexco y contratada por la revista Cambio, en noviembre del año anterior, tuvo resultados similares: el 96,6 por ciento admitió sí creer en Dios, frente a un 3,3 por ciento que expresó lo contrario. Sin embargo, no existe un estudio que, de manera global, haya medido a Colombia en asuntos de fe.
Monseñor Fabián Marulanda, secretario de la Conferencia Episcopal, admite que ese “noventa y tanto” de población católica del que siempre se ha hablado, ha diezmado en los últimos años gracias al pluralismo de cultos. Pero aclara que a la Iglesia no le interesa la cantidad de los fieles, sino la calidad de estos y su compromiso.

¿Creer o no creer?
“El ateísmo honesto no es un asunto de moda, o de rebeldía, o de ignorancia; es el fruto de una decisión vital que requiere también de profundos procesos de madurez y de autorreflexión”, sostiene el teólogo Fabián Salazar, coordinador del Centro de Estudios Teológicos y de las Religiones de la Universidad del Rosario.
Según él, es más valioso un ateo coherente que un creyente mediocre. “Estos últimos le hacen el verdadero daño a la religión”.
Para el sacerdote jesuita Carlos Novoa, doctor en teología y docente de la Universidad Javeriana, el problema es que los ateos, estrictamente hablando, “no existen porque todos tenemos fe en algo”.
“Héctor Abbad cree en el amor y la vida; Florence Thomas cree en la superación de las discriminaciones; Daniel Samper Ospina cree en un mundo sin politiquería y sin exclusiones. Esos son sus dioses”, exclama el sacerdote al referirse a algunos de los autores del libro.
Sin embargo, según él, todos ellos están en su derecho a no creer en el dios cristiano o en Jesucristo, pero aclara que solo por esa postura no pueden considerarse ateos.
Más que ateo, Fabián Sanabria, director del Grupo de estudios de las subjetividades y
creencias contemporáneas de la Universidad Nacional y decano de la facultad de
ciencias humanas de la misma institución, se declara agnóstico.
Manifiesta no estar seguro de la existencia de ese Dios con mayúscula, único o
monoteísta, e incluso castigador que han promovido las grandes religiones.
Sanabria no cree que el ateísmo se esté convirtiendo en una tendencia, pero sí afirma
que las conductas religiosas de los colombianos están cambiando: de una religión
institucional a una religión más experimental. Sobre todo en la gente joven.
“Hoy en día no se puede creer en la imagen del viejito chuchumeco detrás de las nubes, del
espíritu santo como una palomita o en el Cristo llevado, como el Señor Caído de Monserrate”,
comenta Sanabria al asegurar que sí hay un despertar religioso que invita a madurar la fe.

El auge del ateísmo
En el mundo hay un auge sobre el ateísmo. Autores como Richard Dawkins (El espejismo de Dios) y Christopher Hitchens (Dios no es bueno)han vendido millones de libros con sus testimonios.
Hay varias confederaciones internacionales de ateos, y en Europa, desde Londres hasta Barcelona, centenares de buses recorren las calles con el siguiente mensaje: “Dios no existe, así que deja de preocuparte y disfruta de la vida”.
En Colombia no hay movimientos similares. Solo se conoce la existencia de un grupo de intelectuales antioqueños que se congregaron en un grupo: Escépticos Colombia, que promueve un pensamiento crítico y científico. No se declaran ateos radicales.
“Nos centramos en las pseudociencias y las afirmaciones irracionales que surjan en el territorio colombiano principalmente”, sostiene Hernán Toro, uno de sus miembros.
Él cree que el porcentaje de ateos puede ser bajo “en el país del Sagrado Corazón de Jesús”, sobre todo porque esta postura resulta políticamente incorrecta. Pero sí estima que hay un despertar intelectual al respecto.
“Buena parte de políticos no aceptan su ateísmo o su agnosticismo porque son concientes del caudal de votos que le arrebataría semejante confesión en un país tan tradicionalista y religioso como el nuestro”, concluye Toro.

CONFESIONES DE 16 ATEOS

Carlos Gaviria Díaz, ex magistrado.
“La gente se llama católica o cristiana pero no organiza su vida de acuerdo con los valores cristianos. Si lo hicieran, este país sería mucho mejor. Acá no se reflexiona sobre Dios, y si se reflexiona, se hace de una manera muy poco lúcida y muy poco racional. Toda persona que ha tenido acceso a la educación deber reflexionar sobre su relación con Dios y aclarar cómo debe comportarse con él y con los mortales”.

Héctor Abad Faciolince
“La religión, quizá, desde la antigüedad, mitigó en algunos malévolos su maldad, por miedo al castigo de una potencia sobrenatural. La religión les dio a los justos la esperanza de que en el más allá los malos serían castigados y los buenos premiados, cosa que raramente ocurre en este valle de lágrimas. Hoy en día vivo mi ateísmo con serenidad –me atrevo a decir- de beato. Dios ya no es un problema para mí”.

Humberto de La Calle, ex ministro
“En realidad no tengo problema con Dios. Y creo que, si existe, tampoco Él los tenga conmigo. O al menos debo creer que carecería de tiempo para ocuparse de mis asuntos, en vista de las colosales ocupaciones que le exigimos los humanos. (…)Los humanos carecemos de instrumentos racionales para afirmar de manera tangible la existencia de Dios. Pero tampoco hay prueba empírica de lo contrario”.

Florence Thomas, sicóloga, escritora y columnista
“¿Cómo podría creer en Dios si el monoteísmo –sea judío, cristiano o islámico- odió, temió, satanizó y difamó a las mujeres? Ejemplos, son miles. (…) Y qué decir de la satanización de Eva, esta mujer pecadora, trasgresora, desobediente y culpable de todos los males de la humanidad por haber tenido la formidable osadía de morder el fruto del árbol del saber, pecado que desde hace siglos seguimos pagando”.

Daniel Samper Ospina, director de la revista Soho.
“Aprendí a andar por el mundo sin una religión que me ayude a encontrar consuelo cuando alguien cercano se muere, o a darle sentido a este irse agotando día tras día hasta que un día a uno lo aplaste la vejez, o un cáncer, o un carro. Llevó bastantes años en los que me he librado de muchos dolores que deben padecer los practicantes: si acusan a un sacerdote de abusar de los niños, no siento que un líder me traicione”.

Gustavo Álvarez Gardeazabal, escritor y periodista.
Durante toda mi infancia y mi adolescencia me enseñaron que Dios era el responsable de lo que pasaba a mi alrededor, de lo que me sucedía a mí y a mis seres queridos. Todo había que ponerlo bajo la tutela de ese ser incorpóreo, desconocido e inasible. Repetir hasta la saciedad y antes de todo acto la frase condicionante “Si Dios quiere”, concretaba el poder absoluto que sobre nuestras vidas ofrecía ese Dios.

Carlos Dáguer, subeditor general de la revista Cambio

“Por un instante, los devotos deberían abandonar sus miedos y preguntarse si no es delirante que unos tipos dotados con nuestras mismas facultades determinen la esencia de los querubines o la arquitectura del más allá, y nos hagan creer que las ideas de un pueblo primitivo, retrasado y jodido son mejores que las que tenemos hoy”.

Cienciología: religión de poca fe



Esta práctica, que es blanco de duras críticas en varios países, busca ser considerada oficialmente como una comunidad religiosa en Colombia. Sus voceros se defienden y dicen que son una organización sin ánimo de lucro que busca el crecimiento espiritual. Así crecen en el país del Sagrado Corazón.

JOSÉ ALBERTO MOJICA P.
REDACCIÓN VIDA DE HOY


Publicada en El Tiempo el 26 de abril del 2009.

Entre la multitud que camina acelerada por la carrera 15 con calle 87 en Bogotá, Jairo Alonso Ramírez, un antioqueño de 50 años, distribuye volantes que invitan a los transeúntes a diligenciar, gratis, una prueba de personalidad.
¿Tus fracasos pasados todavía te preocupan? ¿Te resulta difícil confesar todo y aceptar la culpa? ¿Comprarías a crédito con la esperanza de no retrasarte en los pagos? Esas son tres de las 200 preguntas que conforman el examen.
Carlos Ramírez no tiene ni idea de qué es la Cienciología, pero acaba de entrar al principal templo de esta religión en Colombia, atraído por el test gratuito de personalidad que ofrece identificar miedos y problemas de actitud a través de un método científico.
Se entrelaza las manos y habla agitado, dejando ver que está ansioso. Oriundo de Ocaña (Santander), de 43 años y mesero de oficio, confiesa que le interesó la invitación porque quiere mejorar sus relaciones personales. “Y porque es gratis”.
Se sienta a responder la prueba, pero se levanta cinco minutos después. Quiere llenarla despacio, en casa. Prometió volver con el documento lleno.
Según los cálculos de César Borda, encargado del contacto con el público en la Iglesia de la Cienciología en Bogotá, el 10 por ciento de aquellos que llenan la prueba, entre universitarios, desempleados, profesionales y amas de casa, siguen en el proceso.
Es decir, toman los cursos, que van desde 15 mil a 600 mil pesos de acuerdo con su complejidad. En pocas palabras, ese 10 por ciento ingresará al redil de la Cienciología en Colombia, donde los fieles llegan a 20 mil de acuerdo con sus directivas. Carlos Ramírez podría ser uno de ellos.

Crece en medio de la polémica
En Internet abundan los documentos de desprestigio sobre esta práctica, que se promueve como la gran religión del siglo XX y que se ha hecho famosa porque a esta pertenecen personajes de la talla de Tom Cruise, Jonh Travolta y Jack Nicholson.
En Colombia la siguen con fervor el humorista Andrés López (La pelota de letras) y la actriz Ruddy Rodríguez que, aunque es venezolana, ha vivido aquí gran parte de su vida. Y también, advierten sus directivos, son cienciólogos varios funcionarios del Gobierno nacional y algunos políticos, cuyos nombres se abstienen de revelar.
Que lava cerebros. Que es una secta de fanáticos. Incluso, se ha difundido una supuesta frase de su fundador, un filósofo y escritor estadounidense llamado L. Ronald Hubbard: “Me gustaría comenzar una religión. Ahí es donde está el dinero”.
Según los cienciólogos, Hubbard, el ‘profeta’ que les reveló la “verdad” y creó esta religión, nunca dijo eso. Aunque en países como Estados Unidos y Canadá, y en otros más cercanos como Venezuela, Brasil y Ecuador es reconocida oficialmente como una comunidad religiosa, no sucede lo mismo en países de Europa como Alemania, Francia y Bélgica. En Alemania, por ejemplo, en el 2007 fue publicado El libro negro de la Cienciología, de la experta Ursula Caberta, que junto con informe oficial de la inteligencia alemana denunció que es “una doctrina fanática y una forma de totalitarismo que pretende lograr el control de la mente de una persona, hasta el punto de cambiar su identidad y su voluntad”.
En Francia, donde la consideran una secta, el año pasado fue acusada de ser una “banda de estafa organizada”.
La Cienciología no hace parte del inventario de religiones registrado en el Ministerio del Interior de Colombia. Según su vocera en el país, Ana Elena Ochoa, están en planes de obtener ese registro.
Sin embargo, según ella, la ausencia de ese reconocimiento no es impedimento para que puedan funcionar, y menos para que siga creciendo. Eso sí, aclara que sí es una religión. O mejor: una asociación sin ánimo de lucro con fines religiosos.
Ella, ciencióloga desde hace 20 años, afirma que cada día son más las personas que ingresan a esta comunidad, gracias a una premisa contundente: “En Cienciología no hay que tener fe en nada. Solo si se ha comprobado, es verdad. No hay dogmas de fe. Esta es una tecnología exacta que busca liberar espíritus y que abraza el sueño de hacer del mundo un lugar mejor”. Y añade que unos 40 mil colombianos han conocido y aplicado las prácticas de esta religión en los 33 años que lleva de fundada en el país. Actualmente se estiman en 20 mil los cienciólogos activos. En el mundo hay 10 millones distribuidos en 164 países.
En Bogotá tiene tres sedes: la principal está en el barrio Chicó, donde trabajan 60 personas. Todos son cienciólogos voluntarios que desempeñan diferentes tareas, y que según esta organización, reciben un pago en especie y otro en formación. La sede principal tiene cuatro pisos, y allí, al igual que en el resto de iglesias de todo el mundo, hay una oficina vacía en tributo a Hubbard. Aunque está a la vista del público, un lazo azul con blanco impide el ingreso. Sobre el escritorio hay una placa dorada con su nombre, una máquina de escribir y un jarrón con margaritas frescas. Los gastos del lugar –explican allí- se subsidian gracias a los cursos que adquieren los cienciólogos, y que nunca terminan “porque el aprendizaje es infinito”.
Las otras dos sedes, en Bogotá, están en Chapinero y cerca de Corabastos. También hay sucursales en Cali, Medellín y Barranquilla. Y en Cartagena y La Guajira hay practicantes que esperan abrir pronto sus propias iglesias. Aseguran también que en esta iglesia no existe la figura del diezmo. Aunque sí se piden donaciones para campañas de difusión de libros, por ejemplo. “Esto no es un negocio. No promovemos cosas raras, solo el crecimiento de la mente y el espíritu. Tampoco seguimos a extraterretres”, explica Hernán Gamboa, miembro de la junta directiva de esta iglesia, y aclara que la existencia de un supuesto ser alienígena llamado Xenu que solo se les revela a los cienciólogos de cierto nivel, es un mito de Internet.
En la vitrina de la sede de Bogotá hay dos pendones: el que invita a realizarse la prueba gratuita de personalidad, otro que dice: “Estamos contratando”.
-¿Ofrecen empleo?
-Es un formalismo, responde Gamboa.
-¿Entonces qué ofrecen? La posibilidad de que participe en alguna de las áreas de la organización. No hay un contrato establecido, ni un pago. A cambio, la persona recibe el entrenamiento para que desempeñe su cargo y aprenda sobre Cienciología.
Aunque él no lo ve de esa manera, esta es una estrategia más para ‘reclutar’ nuevos devotos para la religión de L. Ronald Hubaard.

‘Viven robotizados’
Aunque en Colombia no ha suscitado controversias mediáticas, sus seguidores reconocen que han sido salpicados por las críticas surgidas en otros países.
“¿Qué pasó con los primeros cristianos?: los echaron a los leones. Este es un movimiento nuevo del que la gente suele hablar sin conocer”, añade Ana Elena Ochoa.
La teóloga Jenny Santamaría, quien realizó una investigación sobre tendencias holísticas y de la Nueva Era en Colombia -entre estas la Cienciología-, advierte que el crecimiento de esta práctica en el país tiene que ver con el auge mundial que invita a la búsqueda de nuevas espiritualidades.
Sin embargo, ella advierte sobre posibles peligros relacionados con una de las premisas de esta religión: la potencialidad del poder mental del hombre. “Como no hay una divinidad, todo gira alrededor del hombre, y cuando este crea que domina todo, solo creerá en sí mismo, no necesitará de los demás y limitará su capacidad afectiva”, cuenta la especialista.
Y añade que aunque en la Cienciología se predica la libertad, está puede convertirse en esclavitud. “La verdad para ellos la reveló Hubbard. Los cienciólogos terminan siendo robotizados, aunque se sientan liberados, porque siempre van a seguir lo que él recomendó”.

Así se extiende en el país
Para la organización de la Cienciología aumentar su redil es una de sus misiones fundamentales. Por eso, afirman, han distribuido miles de sus libros en la mayoría de bibliotecas públicas del país de manera gratuita.
También han extendido sus preceptos a través de varias organizaciones cuya metodología también fue diseñada por Hubbard.
Una de estas es Criminón, que significa (No crimen), y que pretende resocializar a los internos de las cárceles a través de cursos de derechos humanos y sana convivencia.
Según el Inpec, Criminón ha intentado, infructuosamente, ingresar a los penales del país. La más reciente fue hace algunas semanas, cuando se destapó un acercamiento entre las dos partes.
Según la directora del Inpec, Teresa Moya Suta, la fundación Escuela para una Nueva Vida –que representa a Criminón Colombia-, presentó una propuesta que consistía en dictar algunos cursos de manera gratuita, pero solo se quedó en eso: en una propuesta.
“El Instituto no tiene nada que ver con Cienciología; parto de que no creo en esas cosas, soy católica y creyente”, dijo Moya Suta, y aclaró que el Inpec no puede imponer creencias religiosas de ningún tipo porque Colombia es un país laico.
Por su parte Karina Alférez, subdirectora de Tratamiento y Desarrollo del Inpec, recuerda que en el 2005 y el 2007 se presentaron propuestas similares, que la entidad rechazó porque consideró que no eran convenientes.
“No prosperó nada porque no eran viables para la institución. El Instituto no se puede comprometer a construir saunas para los internos ni a suministrar medicamentos como lo establecían las propuestas”, explica Alférez, y aclara que en ese entonces las propuestas no era gratuitas porque, por cada interno, había que invertir más de un millón de pesos.
La funcionaria añade que aunque en dichas propuestas no pretendían enseñar Cienciología, al revisar el soporte técnico encontró que sí se sustentaban en ésta.
“En algunos países la consideran una religión o una secta altamente peligrosa, y el Instituto tiene la obligación de proteger la condición sicológica de la apersona privada de la libertad”, añade.
Según la Iglesia de la Cienciología, Criminón, al igual que el Camino de la Felicidad y Narconón (otras fundaciones que funcionan en el país), son iniciativas independientes que, aunque fueron creadas por Hubbard, no promueven la Cienciología y tampoco dependen de su organización.
Aunque el mismo ministro del Interior, Fabio Valencia Cossio, sostuvo que no sabía qué era Criminón y que tiene entendido que ésta nunca ha entrado en las cárceles colombianas, en la página de internet http://www.blogger.com/www.criminon.org.co hay un vínculo dedicado a su obra en el mundo.
Y allí aparece un diploma expedido en Montería (Córdoba) el primero de marzo de 2006, con el membrete del Ministerio del Interior y Justicia.
Según el Inpec, ese diploma pudo ser el resultado de un taller dictado en Tierralta (Córdoba) para los internos de justicia y paz, a través de un programa con la oficina del Alto Comisionado para la Paz.
Víctor Hugo Jiménez, representante de Criminón Colombia, se declaró sorprendido por el rechazo a su iniciativa, que según él, solo busca ayudar a los presos.
Y añadió que desde hace varios años su organización ha venido trabajando de la mano con varias cárceles colombianas, tal y como se pudo comprobar en Internet.


En esto cree la Cienciología
- El hombre es un ser espiritual inmortal.
- El aprendizaje avanza mediante la auditación. Un auditor (cienciólogo entrenado) revisa la evolución y la carga mental y emocional a través de un aparato diseñado por Hubbard: el E metro
- El espíritu ha tenido vidas pasadas, y evoluciona a nuevas vidas cuando el cuerpo muere.
- No veneran a un Dios, pero luego de pasar por ocho niveles (dinámicas) se tiene contacto con un ser supremo.
- Aceptan a personas de diferentes religiones.

Así se rigen
Tienen un código de honor con 15 puntos o ‘mandamientos’. Algunos de estos son: Nunca abandones a un compañero en necesidad, en peligro o en apuro: Nunca necesites elogio, aprobación o compasión y nunca temas dañar a otro en una causa justa.
También siguen los 21 preceptos del Camino de la Felicidad, un libro que invita a cuidar de sí mismo, a ser moderado, a renunciar a la promiscuidad, a ser digno de confianza y a ser competente.

El fundador
Lafayette Ronald Hubbard (1911-1986) fue un famoso escritor estadounidense. Psicólogo, ingeniero, físico, militar y piloto, investigó durante 50 años para crear la Cienciología. Primero diseñó la Dianética, un sistema anterior de técnicas de autoayuda. Su obra está compuesta por más de 3.000 conferencias, 84 películas, tres series enciclopédicas, más de 500 novelas y relatos breves y más de 40 millones de palabras escritas sobre Dianética y Cienciología.

En el corazón de los musulmanes guajiros



La imponente mezquita de Maicao es el refugio espiritual de la comunidad de árabes que llegó a Colombia en busca de un mejor porvenir y que se niega a perder sus costumbres religiosas. Allí reivindican su fervor por Alá.


Publicado en El Tiempo el 16 de septiembre de 2009-08-25
JOSÉ ALBERTO MOJICA P.
ENVIADO ESPECIAL DE EL TIEMPO
MAICAO (LA GUAJIRA)
Una voz extraña y aguda rompe de súbito la rutina de Maicao. Proviene de un parlante y llega hasta el último recodo de esta ciudad guajira de 123 mil habitantes. Es viernes, el reloj marca las 11:40 del día y el sol abrasador lo cubre todo.
Allahu akbar, Allahu akbar, Allahu akbar, se escucha a lo lejos. La frase, que en su traducción del árabe al español significa ‘Alá es grande’, hace parte del adhan, llamado a la oración con el que convocan a los musulmanes a la celebración de todos los viernes al mediodía.
La voz, grabada, sale del minarete, una torre de 31 metros de altura de la mezquita Omar Ibn Al Khattab, lugar que congrega a la comunidad colombo-árabe de la zona.
Es un refugio espiritual en el que sus fieles celebran, por estos días, su décimo aniversario. Su construcción, que tardó cinco años, se logró gracias a las donaciones de la misma comunidad que, cansada de rezar en salones comunes y corrientes, decidió levantar un templo con todas las de la ley, como lo manda Alá. Hoy, no solo es la mezquita más grande de Colombia (solo hay tres, la otras, pequeñas, está en San Andrés y Cartagena), sino en una de las más imponentes de Latinoamérica.
Allí también se concentra la celebración del ramadán, el ritual más importante de los musulmanes, que empezó el jueves y que dura un mes.
Al igual que el resto de sus compañeros de religión, los musulmanes de Maicao ayunarán 30 días y se abstendrán de cualquier relación sexual.
La gran diferencia es que ellos terminan el ayuno diario, al caer la tarde, con un banquete de frutas que acompañan con aguadepanela con limón bien fría.
“Nos sentimos colombianos, pero no olvidamos nuestras raíces”, dice Riad Darswish, presidente de la Asociación Benéfica Islámica, un libanés de 60 años que habla con un exótico acento mezcla de árabe con guajiro.
El ajetreado comercio que hizo famosa a la ciudad se paraliza cuando suena el llamado a la oración de los viernes.
Por las angostas y calurosas calles caminan decenas de hombres y mujeres que van acelerados rumbo a la mezquita. Ellos entran por la escalera principal del templo, custodiado por dos robustas columnas blancas y en cuya torre se levanta una media luna que representa el calendario que rige al Islam.
Van vestidos con ropas frescas, y a la moda. Ellas, discretas y esquivas ante las cámaras, lucen trajes que las cubren por completo, largos y oscuros, pese al calor inclemente. Sobre sus cabezas llevan una pañoleta o hijjab, que reviste sus rostros. Entran por una suerte de sótano, y se ubican en el segundo piso. No pueden estar con los hombres. “Entre mujeres estamos más cómodas”, dice Rima Kassem, de 26 años, hija de padre libanés y madre colombiana.
Antes de ingresar al gran salón de la mezquita, todos se lavan las manos, los pies, las orejas y la cara en baños diseñados para que los fieles se puedan enjuagar. “Hay que purificarse, lo dice el Islam”, cuenta Hussein Mahfouz, un niño de 8 años, de cejas muy pobladas y ojos negros de mirada profunda.
Los zapatos se dejan en un mueble lleno de compartimentos para las cerca de 500 personas que se congregan en cada oración. Nadie puede entrar con los pies calzados.
Adentro, se juntan de a dos o tres, niños y adultos. El grupo se ubica en dirección hacia la ciudad de La Meca (Arabia Saudita). Mirando al oriente.
Se arrodillan, extienden los brazos y descansan la cabeza sobre una alfombra gigante que cubre todo el templo. Reposan mientras el imam (sacerdote), Abdul Basit, da su sermón en árabe, que dura hora y media. Basit es un egipcio que no habla español, y a quien enviaron desde el Oriente Medio a dirigir la fe de los cerca de 1.200 colombo-árabes que hay en Maicao.
La mezquita, de paredes impecablemente blancas, tiene unos pocos cuadros colgados con versículos del Corán, huele a alfombra recién lavada y la única imagen que cuelga es una especie de reloj electrónico que indica las oraciones obligatorias del día.
“Empiezan a las 4:29 de la mañana y terminan a las 7:00 de la noche”, cuenta Pedro Delgado, un samario, musulmán converso hace 20 años (hoy tiene 47), que estudió el Islam en Arabia Saudita. Dirige el programa de religión del colegio Colombo Árabe Dar El Arkam.
Allí, según Delgado, 500 niños –la mayoría hijos de matrimonios entre árabes y colombianos–, aprenden la religión y el idioma de sus ancestros. Delgado también traduce el sermón del imam para quienes no hablan árabe.
Mohamed Hammoud (dicen que cuatro de cada diez niños musulmanes llevan el nombre del profeta Mahoma) combina sus oficios como imam y comerciante. Estudió religión en su Líbano natal.
Lleva 9 años en Maicao, tierra en la que, según él, sus coterráneos encontraron un paraíso después de huir del conflicto del Medio Oriente.
“Acá nos quedamos. Somos parte de la identidad de Maicao”, cuenta el hombre, de 34 años, soltero, quien agrega que lo único que no le gusta es que aún muchos, propios y visitantes, relacionan a su comunidad con terroristas, ‘hombres bomba’ y hasta con Osamma Ben Laden. “El Islam es paz. El mensaje de Alá no es armarse, es la palabra”.

Los hombres pájaro de México


Los indígenas totonacas rinden tributo al Sol arrojándose al vacío desde el tope de un poste de 35 metros de altura. Tienen que llenarse de coraje y hasta de castidad para poder ‘volar’.

JOSÉ ALBERTO MOJICA P.
ENVIADO ESPECIAL DE EL TIEMPO
PAPANTLA MÉXICO

El silbido de una flauta de guadua y los golpes repetidos sobre un tambor de cedro y cuero de gato producen una extraña melodía con la que se le rinde tributo al dios Sol y se le pide protección y fertilidad. La música indica que el caporal Víctor García, un joven de 19 años que dirige el ritual e interpreta los instrumentos, y cuatro indígenas totonacas más están listos en Papantla, un pueblo de 170 mil habitantes del estado de Veracruz –al este de Ciudad de México– para ejecutar la ‘Danza del volador’.La leyenda dice que el ritual surgió en el año 52 antes de Cristo.
Doce hombres fueron enviados a buscar el árbol más grande del bosque. Debían subirse a la cima y pedirle a sus dioses que les regalaran agua para salvar los cultivos de maíz y plátano.
De los 12, sólo cinco alcanzaron el copo del árbol, donde se convirtieron en pájaros y empezaron a volar.García lleva botas negras de cuero, un pantalón rojo de terciopelo con cintas de colores y flequillos dorados, una camisa blanca de arandelas y un penacho cubierto de flores y espejos.
Es el traje oficial de los voladores, que hace alusión a la naturaleza. El caporal sube los peldaños de un poste de 35 metros de altura y lo siguen sus compañeros.
Ya en la cima, empieza a bailar a brincos y a tocar la flauta y el tambor sin protección alguna, sobre una base redonda de unos 25 centímetros de diámetro. El muchacho muestra equilibrio y nervios de acero.
A su alrededor, en un cuadrado giratorio de madera de no más de dos metros por cada lado, están apostados sus compañeros y cada uno se amarra a una cuerda.
Los ‘hombres pájaro’ deben derrochar valor y entrega, y tener mucha concentración, para poder subirse al palo volador. Y no sólo eso: deben soñar que vuelan.
"No todos lo pueden hacer, el dios Sol no se lo permite a cualquiera”, dice Marcelino García, un abuelo totonaca de 58 años que lleva 40 volando. El viejo, que al sonreír deja ver un diente de oro y otro de plata, tenía 10 años cuando a través de un sueño supo que sería un volador.
“Soñé que flotaba en el aire –cuenta–. Esa fue la señal”.Los voladores también deben seguir al pie de la letra una especie de dieta. Cinco días antes del vuelo y cinco días después de este, no pueden tener relaciones sexuales ni consumir licor. “El vuelo puede ser peligroso. Todo depende de la concentración”, señala Cruz Ramírez, otro veterano volador. Tres de sus compañeros voladores han muerto en plena acción. El último fue Luis Arroyo, en marzo de 2006, quien pereció al caer de una altura de ocho metros.
“Ya estaba muy viejo y de pronto se desconcentró", explica Ramírez. Las edades de los voladores van de los 15 a los 60, y se estima que en todo el estado de Veracruz hay unos 800, que combinan este ritual de alabanza heredada de sus ancestros con labores agrícolas.
La milenaria tradición se ha convertido, también, en un modo de supervivencia. Muchos se presentan en fiestas patronales y en espectáculos en todo México y por cada vuelo reciben entre 100 y 200 pesos mexicanos (20 mil a 30 mil pesos colombianos).
Cuando el caporal García da la orden, los cuatro voladores que lo rodean, sentados, se arrojan de espaldas al vacío, para convertirse en ‘hombres pájaro’. Cada uno de ellos da 13 vueltas con los brazos abiertos y los ojos cerrados, para concentrarse.
Si se distraen, podrían sufrir un accidente. La cuerda sujeta a la cintura y a los pies, que regula la velocidad del vuelo, se desenrolla desde una especie de carrete, arriba en la cima del poste, donde el caporal sigue danzando. “Al principio da miedo, pero hay que vencerlo –cuenta Pablo Casas, de 22 años de edad y 6 de práctica–. El vuelo se disfruta. Es una sensación de purificación”.
Entre los cuatro suman 52 vueltas que representan las semanas del año y la formación del ciclo solar del calendario maya. Según sus creencias, cada 52 años nace un nuevo sol y todo comienza de nuevo.
Minuto y medio después, el vuelo termina. Cuando el caporal desciende deslizándose por una de las cuatro cuerdas, sus compañeros ya han pisado tierra.


Ahora las mujeres también vuelan

Hasta hace poco, las mujeres no tenían acceso al ritual de Papantla, porque las consideraban un elemento de distracción para el sexo opuesto en tan peligroso ejercicio. Pero todo eso está cambiando, aunque aún son pocas las que se atreven a ser voladoras.Una de ellas es Soledad Pérez Bautista, de 14 años, quien dice que ya no le da miedo lanzarse al vacío amarrada a la cuerda. “Eso fue solo la primera vez que volé”, relata la jovencita que, como todos, heredó la tradición de sus padres y abuelos, y lleva un año con ‘alas’. Si a los hombres les prohíben el sexo y el licor para poder volar, a las muchachas les exigen buenas notas en el colegio y un comportamiento ejemplar. Además de las mujeres, los niños también se están entrenando para conservar la tradición. Para ello se creó la Escuela de Voladores. Facundo Olmedo, quien tiene 10 años, también va desde el año pasado a esta escuela. En total, 50 niños aprenden allí la técnica con diversos ejercicios. Permanecer con los pies arriba durante varias horas, concentrados, es uno básico. Facundo ya vuela, aunque de un poste de madera de 15 metros y no de 35 como el de los grandes. Asegura también que ya no siente temor alguno: “Lo más importante es tomarse esto con seriedad, valorar nuestra cultura –dice el pequeño–. Esto no es un juego”.

*Invitación del gobierno del Estado de Veracruz (México).

Goles a la miseria



En el Chocó muchos jóvenes que abrazan el sueño de ser futbolistas para salir de la pobreza, entrenan con hambre en canchas de tierra, con guayos y balones rotos. En esta región, famosa por sus futbolistas, muchos talentos se pierden por falta de apoyo.

JOSÉ ALBERTO MOJICA P.
ENVIADO ESPECIAL DE EL TIEMPO
ANDAGOYA (CHOCÓ).

Publicado en El Tiempo el primero de mayo de 2009

El tañido de las campanas de la iglesia de Andagoya da cuenta de que son las 12 de un día caluroso pero sin sol.
En Andagoya suele hacer mucho calor, pero el sol permanece –casi siempre- oculto dentro de un cielo gris.
A unos 50 metros del templo está la cancha de fútbol de este corregimiento de 3.600 habitantes, cabecera del municipio de Medio San Juan, en el sur del departamento del Chocó y que fue famoso en el país por su producción minera.
Niños y jóvenes juegan en un campo sin césped, una mezcla entre tierra, arena y piedra; hacen goles en arcos sin malla, y patean balones resquebrajados, algunos, con tenis o guayos rotos.
Otros entrenan montados en unos zapatos de caucho que están de moda en esta región colombiana, conocidos como ‘putarras’ o ‘charangas’, y que venden a 10 mil pesos.
En Andagoya, como en casi todo el Chocó, la mayoría de niños y jóvenes tienen un sueño en común: ser futbolistas para salir de la pobreza, para comprarles una casa a sus papás y para no aguantar hambre nunca más. Pero muy pocos lo logran.
Quieren seguirles los pasos a leyendas del fútbol que han surgido de su pueblo como Pedro Juan Ibargüen, estrella del Atlético Nacional y el Medellín; a Alberto ‘El Chocó’ González, del Unión Magdalena y el América, y a Serveleón Cuesta, que hizo historia en Millonarios.
A John Jairo Moreno, de 17 años, le arde la boca del estómago. “A veces escasea la comida, y eso da gastritis”, cuenta el muchacho, de 1.85 de estatura, cuerpo fornido y pelo al rape, a quien conocen en el pueblo como ‘Ronaldo’.
Le dicen así porque tiene un juego y una patada similares a la del astro brasileño. Y porque, como él, en la cancha parece un tren desbocado al que nadie puede detener.
“También me dicen así porque tengo las muelas torcidas”, dice Jonh Jairo, y deja ver una sonrisa de dientes muy blancos y muy chuecos.
John Jairo cursa el grado décimo en el colegio de Andagoya, juega en la posición de delantero y vive en la vereda Boca de Suruco, a 15 minutos del pueblo, aguas abajo del río San Juan.
Tiene 15 hermanos, y su padre se gana la vida escarbando oro en las entrañas del río, o en lo que le salga para conseguir la comida.
Orgulloso, ‘Ronaldo’ muestra la camiseta del Atlético Nacional, su equipo del alma, al que anhela llegar algún día. Debajo de su cama están sus guayos, de una marca cualquiera y de material sintético, que ya se rompieron en los talones. A su papá le costaron 25 mil pesos. Fue su regalo en la pasada Navidad.
De su cuello cuelga un rosario de pepas de madera. Es devoto a la Virgen, y a ella le entregó sus sueños de futbolista.
El joven va a la escuela de fútbol del profesor Segundo Abraham Cabezas, un nariñense radicado en Andagoya hace varias décadas y docente de idiomas, quien lucha para que él y el resto de sus pupilos no repitan su misma historia.
De joven, Cabezas fue un futbolista extraordinario, pero nunca tuvo la oportunidad de mostrarse, y menos de ser descubierto por algún empresario.
Por eso compró, con sus ahorros, los uniformes, balones y demás implementos deportivos para su escuela, porque está convencido de que sus jugadores pueden llegar a ser grandes estrellas del balompié.
No ha recibido ningún tipo de apoyo para su pequeña institución que, además de formar a nuevos talentos, ha servido -según él- para rescatar a muchos jóvenes de los malos pasos.

Tierra de grandes
Y es que el Chocó no es solo es famoso por ser el departamento más pobre de Colombia, el de los peores indicadores. Allí, según el censo del Dane de 2005, el 79 por ciento de la población tiene sus necesidades básicas insatisfechas.
También es tierra de grandes futbolistas. Según lo estima el Instituto de Deportes del Chocó, de allí han salido unos 100 deportistas a hacer goles en equipos nacionales y extranjeros.
Mancio Amilio Agualimpia, director de ese despacho, afirma que el éxito de los chocoanos depende de su fisonomía y de su raza.
“El fútbol está en la sangre, en la piel de nuestra gente”, comenta Agualimpia al reconocer que un altísimo porcentaje de niños y jóvenes se acerca al deporte en busca de una mejor forma de vida, teniendo en cuenta las dificultades económicas de la región, el acceso limitado a la educación superior y a oportunidades de trabajo.
Según la Gobernación del Chocó, solo el 40 por ciento de bachilleres ingresa a la universidad.
Los demás se van a pagar servicio militar o ingresan a la Policía, se dedican a oficios varios o al mototaxismo. Y en el peor de los casos, alimentan las filas de los grupos armados ilegales.
“Muchos talentos se han perdido, y muchos más están por perderse”, asegura al explicar que por las condiciones económicas de estos jóvenes es casi imposible que se desplacen a una ciudad a mostrarse con equipos profesionales.
Más difícil, aún, es que los cazadores de talentos lleguen hasta sus lugares de origen. Muchos de ellos están escondidos entre la selva y solo se puede llegar navegando. Salir de allí no solo es complicado: es muy costoso.
Un tiquete en avión de Acandí a Quibdó, por ejemplo, cuesta 500 mil pesos. Y en lancha no baja de 200 mil.
Es cierto. El Chocó es tierra de futbolistas famosos. Sino que lo digan Wason Rentería, hoy titular de la selección Colombia y jugador del Sporting Braga en Portugal, o Danilson Córdoba y Carlos Sánchez, que triunfan en el Japón y en Francia, respectivamente, solo por nombrar a algunos.

El presupuesto no alcanza
Sin embargo, allí ni siquiera hay un equipo de fútbol que lleve el nombre del departamento, ni en las divisiones inferiores. Hay una liga regional, pero es poco lo que puede hacer por falta de recursos.
Tampoco hay escenarios deportivos, lo que obliga a los jóvenes a entrenar en potreros o en canchas de tierra, como la de Andagoya.
Hasta ahora se está levantando el primer estadio que tendrá el Chocó, cuyo costo total supera los 15 mil millones de pesos.
Sin embargo, su construcción ya ha levantado ampolla entre los chocoanos: unos lo ven como una oportunidad para poder explotar –por fin- el deporte, y otros creen que esos dineros se deberían invertir en infraestructura vial, salud o educación, necesidades sentidas y urgentes de los chocoanos.
Lo cierto es que ya se destinaron 2 mil millones de pesos para el escenario, y que las obras ya empezaron.
El presupuesto destinado para el deporte, por parte del Estado, no es suficiente. En el 2008, de acuerdo con el Instituto de Deportes del Chocó, se recibieron 1.076 millones de pesos que tuvieron que distribuir en los 30 municipios del departamento y en todas las modalidades.
Tampoco se cuenta con patrocinio de la empresa privada como sí sucede en otras regiones del país, porque en el Chocó las empresas son pocas.
“No nos alcanza para comprar guayos o uniformes, y menos para ayudar con refrigerios. Lo más triste es que muchos de estos jóvenes tienen que entrenar con hambre”, agrega Agualimpia.
Dewin Ferley Quiñones ya tiene 19 años y eso le angustia. Sabe que a su edad ya debería estar, al menos, en las divisiones inferiores de un equipo.
En el 2008 viajó a Bogotá a entrenarse en una escuela de fútbol. Tuvo acercamientos con un equipo capitalino pero no contó con suerte. El dinero para su sostenimiento, producto de los ahorros de su familia, se extinguió y tuvo que regresar a Andagoya.
Allí trabaja como mototaxista para ayudar con los gastos de la casa –maneja la moto de un tío-, y entrena en la escuela del profesor Cabezas. Juega de delantero y lo admiran por la velocidad que alcanza con sus piernas largas.
Sus sueños de futbolista aún palpitan, pero teme que se le pasen sus mejores años y que su único logro sea el de trasportar pasajeros desde Andagoya a la población vecina de Istmina a dos mil pesos el pasaje.
Si el destino no juega a su favor tendrá que irse para el Ejército. Pero tiene un problema: no le gustan las armas, le tiene miedo. No quiere un fusil sobre su espalda, en la que hoy lleva estampado el número 10 en la camiseta de su equipo.

El deporte, una esperanza
¿Se podría salir de la pobreza a punta de goles? Víctor Hugo Moreno, secretario de Gestión Administrativa del Chocó, cree que el fútbol podría ser polo de desarrollo si se estructurara una política pública.
Según él, habría que generar un sistema de corresponsabilidad con aquellos chocoanos que logran ingresar al fútbol profesional, y que según él, cuando alcanzan el éxito se olvidan de su tierra.
“Una vez mejoran su situación económica y la de sus familias, no hacen una retribución a la región, no traen ni siquiera un balón para los muchachos que quieren seguir su ejemplo”, afirma Moreno.
Higinio Serna Hinostroza, licenciado en educación física y uno de los entrenadores de fútbol más conocidos del Chocó, acaba de publicar el libro ‘La historia del fútbol chocoano’ en el que analiza otra situación: muchos jóvenes prácticamente se regalan para poder ingresar a un equipo, y al poco tiempo, estos los venden a otras selecciones en cuantías millonarias. Y de esa plata tampoco llega nada para el Chocó.
También se le podrían hacer goles a la guerra. Eso lo asegura Luis Enrique Murillo, asesor de Paz y Derechos Humanos del Chocó, al explicar que sí se apoyara al deporte muchos jóvenes no terminarían en el monte como guerrilleros o paramilitares.
Aunque no hay cifras oficiales –afirma Murillo- el reclutamiento por parte de estos grupos ha aumentado en los últimos tiempos.
“A algunos los reclutan a la fuerza, y a otros los seducen con el señuelo de darles un mejor futuro, aprovechando la marginalidad en la que viven y la nula presencia por parte del Estado”, sostiene Murillo.
El sudor recorre el rostro moreno de Freiser Augusto Dávila. De los jóvenes de Andagoya es de los que más juiciosos a la hora de entrenar. Tiene 17 años y ya decidió que será futbolista el resto de su vida. Por eso entrena tanto, porque quiere ser el mejor. No toma trago, y evita las malas amistades.
“Quiero conocer muchos países, conocer a los grandes futbolistas y comprar una casa bien bonita, con muebles y una nevera. Quiero ser uno de los grandes, pero para eso no solo hay que tener talento. Hay que ser una buena persona”.

El guión póstumo de Leo Garen




José Alberto Mojica Patiño
El Tiempo (Colombia)
21 de diciembre de 2006.
Cartagena de Indias.


Esta crónica es producto del taller de periodismo y literatura dictado por el maestro Francisco Goldman para la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, organización dirigida por Gabriel García Márquez.

Está muerto, pero no descansa en paz. Las carnes extintas de Leo Garen reposan sobre una bandeja en los cuartos fríos de la morgue del Instituto de Medicina Legal en Cartagena, desde hace 16 días. Ningún doliente ha ido a reclamarlo para darle cristiana sepultura. Es un muerto sin aparente derecho a velorio, ni a lágrimas. Tampoco a rezos ni sufragios. Ni una sola flor. Muerto sin luto.
Meses antes de advertir que quería quitarse la vida, comentó entre sus amigos que a cambio de un ataúd en un cementerio prefería que su anatomía inerte fuera calcinada en el horno crematorio de una funeraria. Anhelaba que la brisa cálida del caribe diluyera sus cenizas en la inmensidad del océano. No quería toneladas de tierra encima, ni gusanos engullendo sus despojos.
Proveniente de su natal Estados Unidos, Leo Garen llegó a Cartagena en el 2001, se enamoró de la ciudad y decidió que el ocaso de su vida transcurriría allí. En aquel entonces, los 66 años que llevaba a cuestas se reflejaban en su piel desgastada y surcada por las arrugas, por sus pasos desgastados, por sus respuestas lánguidas, saturadas de misterios y silencios.
Mujeres raizales que desquiciaban sus bajos instintos, calles plenas de balcones de flores coloridas, el mar susurrándole al oído, suelos empedrados, murallas y castillos. Era el lugar perfecto para ponerle fin a su desbocado trasegar, a sus días como guionista de películas desventuradas y de galán en decadencia; de sexo desenfrenado y noches en vela. Fin a su eterna y tormentosa melancolía. A su desahuciada y blandía virilidad.
Según reportes de las autoridades, su deceso se produjo en horas de la noche del pasado 6 de diciembre, a sus 70 años.
A las 7 de la mañana del día siguiente, una camarera del hotel Kokomo, en las paradisíacas Islas del Rosario – ubicadas a una hora de distancia de la ciudad, vía marítima-, halló el cuerpo sin vida de Leo Garen.
Estaba tendido en el suelo, las muñecas de sus manos presentaban varias cortaduras profundas y a su lado, en medio de un charco de sangre, flotaban dos máquinas de afeitar y un bisturí para cortar papel.
Al poco tiempo al complejo turístico, de aguas cristalinas y donde en medio de un acuario los turistas alimentan a los tiburones con peces recién muertos, arribó la Fiscalía a recoger el cadáver, que luego fue llevado hasta la morgue de Medicina Legal.
Al caer el día, las calles de la ciudad lucían esplendorosas. Era la tradicional noche de las velitas, víspera de la Navidad. Miles de velas iluminaban a Cartagena mientras las autoridades confirmaban su suicidio. Ninguna era para él.
Shirley Álvarez es una morena de caderas anchas, formas voluptuosas y caminar cadencioso. Es el tipo de mujeres por las que Garen deliraba y a quienes conquistaba con sus aires de ‘don Juan’ norteamericano. El extranjero seduce en el caribe colombiano. Y más en Cartagena, donde la prostitución se ha convertido en un dolor de cabeza para el gobierno local. Turismo sexual a la carta para los visitantes.
“Aunque tenía sus años, todavía conservaba su pinta, era muy elegante y coqueto. De joven debió ser muy atractivo”, confiesa sin ningún reparo la mujer, de 26 años y empleada doméstica del ambientalista cartagenero Rafael Vergara.
Leo Garen tenía una buena estampa. Ojos color miel, contextura corpulenta, 90 kilos de peso y 1.74 metros de estatura, facciones finas, una melena blanca pero ya descarpada, cejas espesamente pobladas y una cultura global con la que descrestaba a todo el mundo. Sobre todo a las mujeres que se llevaba a la cama. Muchas a la semana, a veces una cada día: entre nativas y prostitutas. A la que no le cobraba por breves instantes de placer, él le agradecía con dinero o regalos.
No fumaba, y pocas veces tomaba licor. Aunque admitía sin problema que de vez en cuando consumía marihuana para relajarse, sin ser un adicto consumado. Dijo haber nacido en un suburbio de Filadelfia (Pensilvania) y siempre llevaba en su cuello un cordón con una piedra volcánica en forma triangular. Una especie de amuleto. Nunca estudió una profesión. Se declaraba autodidacta.
En el restaurante El Bistró, de propiedad de un alemán y refugio para los extranjeros que viven en la ciudad, casi siempre ordenaba crepes de espinaca, helados, postres de manzana y uno más que le encantaba: picadura de abeja.
De sus frustrados matrimonios en Estados Unidos (tres) no surgió descendencia. Tampoco tenía hermanos, sólo algunos parientes a los que no veía hace mucho tiempo. Los mismos que lo criaron cuando su madre murió, cuando él tenía 10 años, y quien se separó de su padre cuando apenas pronunciaba sus primeras palabras.
Desde muy joven tuvo que ganarse la vida por su propia cuenta. Por un golpe de suerte ingresó a la selecta industria del cine, como utilero. Años más tarde empezó su incierta carrera como guionista.
Cuando Leo Garen y Rafael Vergara se conocieron, hace dos años largos, no pudieron evitar mirarse fijamente el uno al otro. Su parecido físico era tremendo. “Te pareces mucho a mí”, le dijo Garen a Vergara con su todavía enredado español. “Espanglish”.
Además de esa semejanza, compartían pasiones similares. El cine, la música y la literatura universal, al igual que un desprecio férreo por la institucionalidad que palpitaba trepidante en sus arterias, demarcaron el camino de una duradera amistad entre ellos dos.
No en vano, Garen se declaraba enemigo de las políticas imperialistas del presidente de su país, George W. Bush. Entre tanto Vergara, hijo de gobernador y descendiente de una familia prestante de la sociedad cartagenera, militó en las guerrillas del desmovilizado Movimiento 19 de Abril (M19), estuvo en el exilio durante 11 años en México y ahora se pelea con los gobernantes de turno en defensa de los recursos naturales.
En octubre, hace dos meses largos, Garen regresó de Estados Unidos luego de un viaje que no duró más de 45 días, aunque había prometido no volver. Dijo que se reencontraría con una ex novia que en Los Ángeles vivía en un barco, y que arreglaría asuntos pendientes con impuestos, con un carro y una casa que tenía en venta. También debía acercarse al sindicato de escritores de ese país, el mismo que le generaba los cuatro millones de pesos de su pensión mensual, dinero con el que sufragaba sus gastos, y que casi nunca eran suficientes.
Al llegar de nuevo a Cartagena se encontró absorto, solo y desvalido. El apartamento en el que vivía en plena Plaza de Bolívar, y en el que reposaban los afiches de las películas gringas en las que escribió guiones, con su nombre incluido y resaltado, ya lo habían arrendado.
Sus muebles y demás pertenencias las regaló días antes del viaje y tres meses atrás había terminado su relación con *Margarita, una esbelta morena (el tipo de Garen) con la que convivió durante tres años, y quien lo dejó porque no se aguantaba que fuera tan mujeriego. Dicen sus amigos que de todas las mujeres con las que estuvo (incluidas sus tres esposas), solo de Margarita se enamoró realmente.
Conservaba consigo, únicamente, su computador portátil, el mismo en el que seguía escribiendo guiones que supuestamente enviaba al Holiwood en el que fue flor de un día con películas y programas de televisión fracasados. En su laptop guardaba, además, un archivo de insinuantes fotografías de las mujeres con las que se acostaba, y que reflejaban su obsesión por el sexo, del que se declaraba adicto. Enfermo. Esas imágenes eran una especie de tesoro personal, culto a su ego de conquistador infalible.
Como no tenía donde dormir, buscó a su amigo Rafael Vergara, y le pidió que lo recibiera en su casa. Vergara, de 1.72 metros de estatura y abogado de profesión, 57 años, barba cana y pelo largo que forma una cola de caballo que llega debajo de los hombros, es la envidia de muchos que alguna vez en su vida soñaron vivir frente al mar. En su ventana se despliega imponente el océano, con sus playas blancas y sus aguas de colores y su aroma a sal.
No se pudo negar, y lo albergó durante tres días en el sofá de su vivienda. No había cuartos disponibles. Uno de sus hijos, Federico, productor de cine de profesión, estaba trabajando en el rodaje de la versión cinematográfica de una de las obras de Gabriel García Márquez, protagonizada por Javier Bardén: “El amor en los tiempos del cólera”.
Leo Garen perseguía a la muerte desde hace varios meses, pero esta le era esquiva. Estando con Vergara, le mostró sus muñecas. Varias heridas frescas todavía, en sus manos, como las del nazareno o como un pescado mal zanjado, evidenciaban que días antes, en su viaje fugaz a Estados Unidos, había intentado quitarse la vida.
Esas mismas marcas las volvió a abrir la noche en que se suicidó. Le explicó que cuando sus segundos se extinguían con la sangre que brotaba de su cuerpo, en un hotel barato de Los Ángeles, se arrepintió de morir y pidió ayuda. Los paramédicos lo salvaron, y el gobierno local lo internó durante varios días en un manicomio. Dijo también que regresó porque allá se sintió peor de abatido. “Haberme ido fue un error, regresar, también”, repetía entre sus allegados.
“Me confesó que ya no le encontraba sentido a su vida, que se sentía derrotado, solo, enfermo y sin ganas de seguir luchando”, narra Vergara, y agrega que mientras Garen le enseñaba las heridas aún abiertas en sus manos, le pidió que le consiguiera un revólver para no fallar una vez más en el intento por acabar con su existencia.
Después de pasar unos días al lado de Vergara, se hospedó en varios hostales de la ciudad, donde le lavaban la ropa y le daban dos de las tres comidas diarias a cambio de dos millones de pesos al mes.
Dos meses antes a Danny Corrales, un joven que podía ser su nieto (tiene 22 años) y quien se convirtió en su inseparable amigo luego de que no pudo conquistar a su madre (casada y con hijos), le pidió que le consiguiera un arma. Se la cambiaría por su computadora. Él se negó rotundamente.
“En los últimos meses, Leo repetía que ya no tenía sentido seguir viviendo, que quería morirse”, cuenta el muchacho, quien le ayudaba a manejar sus finanzas y quien le servía como traductor de su accidentado castellano.
Margarita, su última compañera sentimental estable, lo amaba con pasión y locura, pese a que cuando lo conoció tenía 31 años recién cumplidos. Podría ser su padre.
Al mes de estar juntos, se fue a vivir a su lado. “Me decía mi pajarita, me quería mucho. Era muy inteligente, me enseñó muchas cosas, hasta a hablar inglés”, dice la mujer.
Precisamente enseñar su idioma se convirtió en uno de sus pasatiempos, que distribuía con la lectura y el cine. En Cartagena creó un club (English Languaje Club), en el que compartía con estudiantes de inglés la práctica del idioma de lunes a viernes, en el restaurante de un amigo.
“Cuando nos conocimos, él me confesó que era maniaco-depresivo. Consumía 10 clases de medicamentos diferentes para manejar su depresión y para conciliar el sueño. Nunca pudo dormir sin la ayuda de esas pastas”, cuenta Margarita, quien en medio de su enamoramiento y del dolor de la traición, le perdonaba sus incontables infidelidades.
“Cuando me iba a trabajar, entraba a todo tipo de mujeres al apartamento. Yo lo perdonaba porque no me creía capaz de vivir sin él, además, él me decía que su apetito sexual era una enfermedad que se le salía de control, y yo le creía”, relata.
En mayo del 2005, Leo Garen tuvo la muerte soplándole la nuca. Estuvo hospitalizado durante dos meses en la clínica Medigel, en el exclusivo sector de Boca Grande, en Cartagena, que más bien parece una Miami chiquita. De ese tiempo, la mayor parte lo pasó en cuidados intensivos. Inconsciente.
Al parecer, una araña clavó su letal veneno en su mano izquierda. Con el paso de los días se recuperó y regresó a casa. Sin embargo, aquel incidente marcó el principio de su fatal desenlace.
Quedó débil, los recuerdos se fueron desvaneciendo de su memoria hasta olvidar las claves de sus tarjetas bancarias y la contraseña de su e mail. Sus robustas piernas se fueron quedando sin fuerzas, y se desplomaba con facilidad. Pero lo más grave para él fue descubrir que ya no podía complacer a las mujeres.
“Ya no se le paraba, y eso lo tenía muy afectado. Como si no tuviera 10 dedos y una lengua que sí le funcionaban. No aceptaba que ya estaba viejo, y que eso era normal”, comenta con desparpajo su amigo Rafael Vergara.
Su mujer, Margarita, lo dejó al poco tiempo de que su virilidad se tornara blandía e inservible. “No lo dejé por eso, lo entendía y le hacía chistes, pero con cariño. Me alejé de él porque no soporté más sus infidelidades”, advierte la mujer, secretaria de una cooperativa y quien regresó al seno de su madre y sus dos hermanas, y de su hijo, que hoy tiene 15 años.
Al sentirse solo en el mundo, sin familia ni motivos para seguir viviendo, el pasado 4 de diciembre Leo Garen emprendió rumbo hacia las Islas del Rosario. “Me dijo que pasaría allí unos días de descanso, y me dejó su computador”, indica Danny, su amigo y lazarillo.
Sólo cuatro días después, él y el resto de sus amigos supieron de su paradero. Lo hicieron a través de la prensa local, que reportó el suicidio de un guionista de cine norteamericano que se había cortado las venas.
En los reportes de los periódicos lo describieron como un escritor sin fortuna, relatando que sólo una serie televisiva en la que escribió varios capítulos, “I dream of Jane” (en español Mi bella genio), había arrojado buenos resultados.
Trabajar con directores famosos de la época como Jack Baran y con personajes ilustres como Norman Miller y el pintor Andy Warhol, no fue garantía de éxito. Era una estrella sin luz propia.
Películas que escribió y que llevó a la pantalla grande como “Hex” (1973), “Band of the Hand” (1986) y series de televisión como “Delvecchio” pasaron a la historia con más pena que gloria.
Rafael Vergara, Danny y Margarita, y otros cuantos amigos de Garen, intentaron sacar su cuerpo de la morgue de Medicina Legal para darle un entierro digno. No lo quieren metido en una nevera.
Sin embargo, desistieron porque debido a su origen norteamericano (aunque tenía nacionalidad colombiana, emitida por equivocación con la fecha 10 de mayo de 2036), no era posible enterrarlo, así no más, sin los trámites diplomáticos de rigor, que se han vuelto tediosos. También desistieron por temor a verse implicados en investigaciones judiciales. Es por eso que para quienes lo conocieron, él, aunque muerto, aún no descansa en paz.
Voceros de la entidad afirmaron que pese a las repetidas solicitudes hechas a la Embajada de Estados Unidos en Colombia, no han recibido ninguna respuesta ni solicitud para repatriar el cadáver.
Así que Leo Garen seguirá metido dentro de una fría nevera, para que sus carnes extintas no se pudran, mientras se decide qué hacer al respecto. Si pasa mucho tiempo, unos tres meses, será sepultado en una fosa oficial, sin deudos, ni lágrimas, ni flores, ni sufragios. Muerto sin luto.
A unos metros de su ‘tumba helada’, reposa el cadáver de otro norteamericano que, además de ser su paisano, padecía también de uno de sus lamentables males.
Es Michael Reynolds Brown, de unos 60 años y quien según informes de la policía, falleció de un infarto en una habitación del edificio Playa Mar, en el sector de El Laguito. Al parecer, ingirió una pastilla para aumentar su capacidad sexual, y sufrió un ataque al corazón que se lo llevó a la otra vida de un solo tajo. Dicen que su esposa no ha querido reclamarlo. Ni después de muerto le perdona haber buscado placer en otras mujeres.
Precisamente entre el 28 de octubre del año pasado, dos italianos, un canadiense, un francés, un griego, un sueco, un suizo y dos estadounidenses murieron en Cartagena en situaciones disímiles.
Cartagena, paraíso e infierno para los extranjeros. Vida y muerte a la vez. Meses antes de matarse, Leo Garen decía que todo lo que le pasaba era consecuencia de las cosas malas que había hecho. Nunca se supo a ciencia cierta a qué se refería. A esta historia aún no se le puede poner punto final.